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Ambos partidos afrontan un nuevo ciclo político con estrategias opuestas pero determinación compartida.

La jornada de este sábado 5 de julio de 2025 pasará a la historia reciente como uno de esos momentos que, sin generar titulares dramáticos, retratan con crudeza el estado real de las cosas. Coinciden en Madrid el XXI Congreso Nacional del Partido Popular y el Comité Federal del PSOE, dos eventos que, aunque concebidos para públicos distintos y con objetivos específicos, funcionan como un espejo político donde se refleja, sin filtro, el presente de los dos grandes partidos de la democracia española.
En el Palacio Municipal de Congresos de IFEMA, el Partido Popular, liderado por Alberto Núñez Feijóo, cierra filas en un cónclave diseñado para fortalecer su papel como alternativa real al Gobierno. La reelección de Feijóo, sin sobresaltos ni debate interno, marca un momento de estabilización para el PP tras años de sobresaltos. La retirada de Isabel Díaz Ayuso de cualquier tentativa de disputa interna permite al partido escenificar una unidad estratégica. No hay sorpresas, pero sí movimiento: Miguel Tellado es nombrado nuevo secretario general, y Ester Muñoz asume el liderazgo del grupo parlamentario en el Congreso. Ambos, perfiles de absoluta confianza del presidente, consolidan una cúpula fuerte, con capacidad para ejercer presión parlamentaria y territorial de forma sostenida.
El tono del congreso popular es claro: España necesita orden, eficacia y liderazgo. Y el PP quiere asumir ese papel. Se denuncia con dureza lo que los populares llaman “Cerdansanchismo”, una fusión simbólica entre el presidente del Gobierno y el exsecretario de Organización del PSOE, Santos Cerdán, ahora en prisión por su presunta implicación en una red corrupta. La apelación a la regeneración democrática se combina con una defensa cerrada de la gestión regional del PP, especialmente en comunidades como la Valenciana, y con la puesta en valor de hitos como la atracción de inversiones estratégicas.
No muy lejos de allí, en la sede socialista de la calle Ferraz, el PSOE afronta su Comité Federal con un ánimo bien distinto. No hay ambiente de fiesta, ni unidad celebrada, pero sí voluntad de resistir. Pedro Sánchez mantiene el control del partido en uno de los momentos más difíciles de su trayectoria. La presión judicial, el descrédito mediático, las críticas internas y el desgaste de la coalición con Sumar dibujan un contexto adverso. Y sin embargo, el líder socialista no cede.
Reorganiza su ejecutiva, promueve algunos relevos —entre ellos, la designación de la valenciana Rebeca Torró como nueva secretaria de Organización— y evita caer en la autocomplacencia. Sánchez también anuncia el nombramiento de Alma Ezcurra como vicesecretaria de Coordinación Sectorial, un perfil técnico que refuerza el enfoque de gestión. Frente a la tormenta mediática y judicial, el presidente busca apuntalar su liderazgo reforzando estructuras internas y proyectando firmeza. No rehúye el peso del momento: su respuesta es más institucional que emocional, más estratégica que táctica. Reivindica el legado socialdemócrata del PSOE no desde la nostalgia, sino como base para resistir con identidad clara y programa propio.
El Comité Federal, más sobrio en las formas pero cargado de fondo, cumple con su papel: proyectar unidad, cerrar filas y marcar rumbo político. Sirve también para debatir estrategias con las que fortalecer al partido frente al ascenso del PP y una ultraderecha que crece con fuerza en determinadas plazas. No se abordan en profundidad asuntos sensibles como la singularidad de Cataluña, pero sí se insiste en una defensa del federalismo como marco estable y útil. En tiempos de ruido y tensión, ese gesto de contención tiene valor político.
Sánchez cuenta aún con el respaldo de federaciones clave, como el PSC, y con el apoyo sólido de figuras como María Jesús Montero. Su liderazgo no está en duda, aunque sí exigido al límite. Críticos como Emiliano García-Page marcan perfil propio y piden “menos victimismo y más responsabilidad” ante la crisis provocada por el caso Cerdán. Pero la estructura interna del partido, reforzada tras la reforma estatutaria de 2017 que dio más poder a la militancia frente al Comité, permite al presidente controlar los tiempos y contener los choques.
El contraste entre ambos partidos es nítido. El PP exhibe músculo, organización y una estrategia clara de construcción de alternativa. El PSOE se repliega, se reordena y busca recuperar credibilidad sin perder su base social. Uno se prepara para atacar; el otro se esfuerza por resistir.
Pero sería injusto negar al PSOE una virtud que no abunda en la política actual: la capacidad de autodefensa sin recurrir al oportunismo ni al juego sucio. Frente al relato monolítico de un PP que cabalga sobre los escándalos ajenos, el PSOE insiste en políticas públicas, en feminismo inclusivo, en lucha contra la desigualdad, en reformas complejas como la ley trans o la prohibición de la prostitución. Esa agenda, más ideológica que táctica, sigue definiendo a un partido que, incluso en sus horas bajas, no renuncia a sus banderas.

Y como suele ocurrir, también hubo episodio local en este Supersábado. Una delegación del PP de Alcalá de Henares, encabezada por la alcaldesa Judith Piquet, el secretario general Jorge de la Peña, la coordinadora general Isabel Ruiz y los compromisarios Bartolomé González y Nikolay Yordanov, asistió con entusiasmo a la apertura del congreso nacional, bajo el lema “Unidos por España”. La presencia de Piquet, además, adquiere especial relevancia tras confirmarse su inclusión en la nueva Junta Directiva Nacional del PP, a la que accede en el puesto número 20 de la lista, consolidando así su ascenso dentro del organigrama del partido.
La presencia institucional, sin embargo, fue objeto de crítica. El portavoz socialista en Alcalá y diputado nacional, Javier Rodríguez Palacios, reprochó a la alcaldesa su “escondite” en el photocall de Madrid mientras, ese mismo sábado por la mañana, se celebraba en la ciudad una concentración no autorizada frente al centro de acogida de migrantes. Una concentración en la que se corearon himnos franquistas, se insultó a la policía y se vertieron mensajes de odio. Según el PSOE, la alcaldesa “legitimó” con su actitud un acto que se desbordó peligrosamente.
Y es que la política nacional no viaja en una urna de cristal. Lo que se dice en Ferraz o en Génova tiene consecuencias en los barrios, en los plenos municipales, en los centros cívicos y en las plazas de ciudades como Alcalá. En tiempos de polarización creciente, conviene no olvidar que lo local también exige responsabilidad, templanza y respeto institucional.
En definitiva, este Supersábado deja claro que los dos grandes partidos de España atraviesan momentos muy distintos. El PP se siente fuerte, y lo dice. El PSOE se sabe cuestionado, pero no se rinde. La partida sigue. Y lo que ocurrió este sábado marcará, sin duda, el relato político de los próximos meses.

















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