La cruz prestada que salva al que más se manchó | Por Pedro Enrique Andarelli

El director de ALCALÁ HOY, Pedro Enrique Andarelli, toma la pequeña cruz plateada que Víctor de Aldama luce en la solapa como punto de partida para reflexionar sobre la corrupción, la colaboración con la Justicia y la construcción de un relato público que, a su juicio, ha convertido al empresario en el símbolo de una nueva forma de sobrevivir al fango político y judicial.

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  • Una cruz prestada, un colaborador eficaz y un método que amenaza con crear escuela.
Pedro Enrqiue Andaelli, director de ALCALÁ HOY

Hay personajes que no caminan por la historia: la atraviesan como quien cruza un charco sin mojarse los zapatos. Víctor de Aldama pertenece a esa estirpe rara y peligrosa. Mientras el país se empapa hasta los huesos con el barro de las mascarillas, los hidrocarburos y las cloacas partidarias, él avanza con la americana impecable y una pequeña cruz plateada prendida en la solapa, como quien lleva un paraguas invisible contra la tormenta moral que él mismo ayudó a desatar.

La cruz no es una condecoración. No es una medalla al mérito ni un símbolo de una fe profunda. Según confesó el propio interesado, se la prestó una anticuaria de Madrid con la que coincidía mientras limpiaban sus zapatos. Aquella mujer discreta le puso en la mano el pequeño amuleto y le dijo, con la solemnidad de quien entrega un relicario, que lo llevara siempre en los momentos importantes. Desde entonces, la cruz ha viajado de juzgado en juzgado, de rueda de prensa en rueda de prensa, de comparecencia ante el Tribunal Supremo a salida triunfal con la pena suspendida.

Mientras José Luis Ábalos se enfrenta a una petición de veinticuatro años de prisión y Koldo García a otra de diecinueve, Aldama abandonaba el Supremo con las medidas cautelares levantadas, el pasaporte recuperado y la libertad de movimientos restituida. El milagro laico del siglo XXI: uno de los grandes beneficiarios de la trama es, por ahora, quien menos consecuencias personales soporta.

Y no es una forma de hablar. Todavía no ha devuelto ni un solo euro de los varios millones que obtuvo, según la investigación, en la trama de las mascarillas. La resolución del Supremo tampoco le impone la devolución de los 3,7 millones que inicialmente reclamaba la Fiscalía. La cruz de la solapa protege, al parecer, también del bolsillo.

No se trata de negar los hechos. Aldama fue el conseguidor, el intermediario, el hombre que sabía a quién llamar y cuánto cobrar. En la trama de las mascarillas obtuvo beneficios millonarios. En la de los hidrocarburos aparece como uno de los ideólogos de un fraude que supera los ciento ochenta millones de euros. La Unidad Central Operativa lo dibujó en su momento como el «jefe real» de determinadas operaciones. Y, sin embargo, aquí está: libre, con las medidas cautelares levantadas hace apenas unos días por el propio Tribunal Supremo —pasaporte recuperado, libertad de movimientos y sin obligación de comparecer periódicamente—, viajando a Paraguay si le place y convirtiendo cada aparición pública en un ejercicio de narrativa personal.

El fango no le alcanza porque ha aprendido a flotar sobre él. No es que esté limpio. Es que ha convertido la suciedad en combustible.

Hay algo profundamente español en este relato. En este país siempre hemos tenido debilidad por el pícaro que, llegado el momento, decide cantar. El refranero está lleno de ellos: el que confiesa se salva, el que tira de la manta se convierte en testigo protegido, el que señala al de arriba se gana el derecho a seguir mirando desde abajo.

La colaboración con la Justicia es un instrumento necesario. Sin ella, muchas tramas nunca llegarían a desarticularse. El problema aparece cuando el ciudadano percibe que el premio al colaborador resulta desproporcionado respecto a los beneficios que obtuvo durante los hechos investigados.

Eso es, precisamente, lo que convierte este caso en algo más que un procedimiento judicial. Es lo que podríamos llamar el método Aldama: participar del sistema, colaborar cuando el cerco se estrecha, señalar hacia arriba, aportar información útil y esperar que esa utilidad tenga reflejo procesal. No es un indulto formal. Es algo más sutil y, precisamente por eso, más revelador: la utilidad convertida en activo.

El resultado deja al ciudadano medio ojiplástico. Quien reconoce haber formado parte del engranaje obtiene importantes beneficios por colaborar, mientras otros soportan el grueso del procedimiento. La cuestión ya no es solo jurídica. Es también moral.

La cruz de la solapa se ha convertido, sin pretenderlo, en el símbolo perfecto de esta historia. No es la cruz de Covadonga ni la de los conquistadores. Es una cruz prestada, provisional, que deberá ser devuelta cuando termine el periplo. Como la libertad procesal de su dueño. Como la reputación que intenta reconstruir cada vez que aparece en una tertulia o en una manifestación contra el Gobierno.

Aldama no es un ideólogo. Su trayectoria parece adaptarse mejor a las circunstancias que a las convicciones. Primero operó en el entorno del PSOE. Después descubrió las ventajas de la colaboración con la Justicia y, de paso, comenzó a dejarse ver en actos respaldados por la derecha y la extrema derecha. No porque necesariamente comparta sus postulados, sino porque allí encuentra un altavoz y, quién sabe, alguna oportunidad de futuro. Si un día cambia el viento político, el hombre de la cruz prestada ya habrá sembrado la idea de que él, al fin y al cabo, ayudó a limpiar el establo. Y lo más inquietante es que el método parece haber empezado a crear escuela.

Ahí está el caso de Julio Martínez, el conocido como Julito, investigado en la causa relacionada con el rescate de Plus Ultra. También él ha decidido colaborar con la Justicia, presentar escritos y declarar ante el juez señalando pagos, mediaciones y responsabilidades ajenas. La partitura empieza a sonar conocida. Quien ayer guardaba silencio descubre hoy las ventajas de convertirse en testigo útil. Solo falta saber quién le prestará a Julito su propia cruz de solapa. Porque los métodos que funcionan rara vez tardan en encontrar imitadores.

La metáfora del fango es inevitable. En los últimos años España ha conocido un lodazal de corrupción que salpica a casi todos los rincones del poder. Contratos de pandemia, fraudes millonarios en carburantes, intermediarios que se enriquecían mientras el país se protegía detrás de las mascarillas y una estructura de «fontaneros» que, según las denuncias de Aldama, intentaba silenciar a quien hablaba de más.

En ese escenario, el empresario de la solapa brilló con luz propia. No porque fuera el más limpio, sino porque entendió antes que nadie que el fango también puede servir de trampolín. Mientras otros se aferraban al silencio o a la negación, él eligió la colaboración selectiva. Y el sistema respondió valorando esa utilidad.

Tampoco conviene olvidar el enfrentamiento con Leire Díez, la llamada fontanera. Allí se vio al hombre de la cruz en estado puro: irrumpiendo en una rueda de prensa, señalando con el dedo y acusando de sinvergüenza a quien, según su versión, formaba parte de las cloacas que intentaban frenarle. Fue un espectáculo de alto voltaje. Dos supervivientes del mismo ecosistema acusándose mutuamente de ser el verdadero problema. El fango, una vez más, mirándose al espejo.

La pregunta que queda flotando es si este modelo resulta sostenible. La colaboración con la Justicia seguirá siendo imprescindible. Sin ella muchas tramas permanecerían ocultas. Pero cuando quien más se benefició económicamente proyecta la imagen de regenerador del sistema, mientras el dinero obtenido sigue siendo objeto de controversia y los ciudadanos contemplan el espectáculo con creciente resignación, algo en el equilibrio moral se resquebraja.

Aldama no inventó este juego. Solo lo juega mejor que la mayoría. Lleva la cruz prestada como quien lleva un seguro de vida simbólico. Sabe que, en este país, la imagen cuenta casi tanto como las pruebas. Y ha construido una imagen poderosa: la del hombre que, en medio del lodazal, no solo no se hunde, sino que parece caminar sobre las aguas turbias con la americana seca, la solapa reluciente y las medidas cautelares ya en el cajón de los recuerdos. No es casual que, hace apenas unos meses, se dejara ver en la llamada “Marcha por la Dignidad”, convocada contra el Gobierno de Pedro Sánchez y respaldada por PP y Vox. Allí acudió —según dijo— «como un español más que está colaborando con la Justicia», fue recibido con aplausos, posó para fotografías con numerosos asistentes y terminó convirtiéndose, por unas horas, en una suerte de héroe para quienes veían en él al hombre que había destapado las cloacas del poder. También esa imagen forma ya parte del método.

Quizá cuando devuelva la cruz a la anticuaria el amuleto habrá cumplido su ciclo. Lo que será mucho más difícil de devolver es la sensación que deja su recorrido: la de un país donde el fango no siempre hunde a quienes más se manchan, sino que, a veces, impulsa a quienes aprenden antes que nadie a nadar sobre él. Y, con el método ya en circulación, siempre habrá alguien dispuesto a preguntar, antes de entrar en el juzgado, dónde puede conseguir una cruz prestada.

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1 Comentario

  1. Si no fuera por los «colaboradores» con la Justicia, una trama tan poderosa y complicada sería imposible de descubrir. La ley los contempla. Son rufianes necesarios. Con cruz o sin ella

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