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Miles de alcalaínos llenaron la Plaza de Cervantes para vivir unidos una noche histórica que terminó con España proclamándose campeona del mundo.
- Crónica gráfica de Ricardo Espinosa Ibeas y vídeo de Myriam Trujillo para ALCALÁ HOY
La Plaza de Cervantes volvió a demostrar este domingo que los grandes acontecimientos también se viven a pie de calle. Más de 7.500 personas se reunieron en el corazón de la ciudad para seguir, a través de la pantalla gigante instalada por el Ayuntamiento, la final del Mundial entre España y Argentina. Lo que comenzó como una tarde de expectación terminó convirtiéndose en una celebración que muchos tardarán en olvidar después del triunfo de la selección española por 1-0, culminado en la prórroga con el gol de Ferran Torres.
Desde varias horas antes del comienzo del encuentro ya era evidente que aquella no iba a ser una noche cualquiera. Familias enteras, grupos de amigos, parejas y numerosos jóvenes fueron ocupando poco a poco cada rincón de la plaza. Muchos vestían la camiseta de la selección; otros lucían banderas sobre los hombros o la cara pintada con los colores de España. Tampoco faltaban bufandas, bocinas y todo tipo de complementos rojigualdos que transformaron la Plaza de Cervantes en una enorme grada al aire libre.
La respuesta ciudadana superó todas las previsiones. Según informó posteriormente el Ayuntamiento, la Unidad de Drones de la Policía Local contabilizó 7.534 asistentes durante el segundo tiempo de la prórroga, el momento de mayor afluencia de una jornada que volvió a demostrar la capacidad de convocatoria de la Plaza de Cervantes cuando la ciudad decide celebrar unida.
Mientras el sol comenzaba a caer sobre el casco histórico, un DJ se encargaba de animar la espera con música y temas que el público coreaba entre aplausos. Las terrazas estaban prácticamente completas y los establecimientos del centro registraban un constante ir y venir de vecinos que aprovechaban en todo momento antes y durante el encuentro para comprar bebidas o algo de picar y helados. Ni siquiera las altas temperaturas desanimaron a una afición que estaba decidida a vivir una noche histórica.
El ambiente era festivo, pero también familiar. Se respiraba ilusión. Muchos recordaban todavía la Eurocopa conquistada dos años antes y soñaban con volver a celebrar un título mundial dieciséis años después del conseguido en Sudáfrica. En las conversaciones se mezclaban los pronósticos con los nombres propios de una selección que ha vuelto a ilusionar a varias generaciones de aficionados.
Noventa minutos de nervios compartidos
Cuando el balón echó a rodar, la música dejó paso al silencio expectante de miles de ojos pendientes de la enorme pantalla instalada junto a la Capilla del Oidor. Cada pase, cada recuperación y cada llegada al área argentina encontraba respuesta inmediata en la plaza. Los aplausos se alternaban con gestos de preocupación cuando la jugada no terminaba como todos esperaban.
España fue asumiendo poco a poco el control del encuentro, moviendo el balón con paciencia y obligando a Argentina a defender durante muchos minutos. Cada aproximación despertaba un murmullo que recorría la plaza de un extremo a otro. Bastaba una ocasión de peligro para que cientos de personas se llevaran las manos a la cabeza o se levantaran instintivamente.
Los minutos fueron pasando y el marcador permanecía inalterable. A pesar de ello, el optimismo no desaparecía. La sensación general era que el gol acabaría llegando tarde o temprano. Cuando el árbitro señaló el final de los noventa minutos reglamentarios y la final se marchó a la prórroga, la tensión era ya máxima. Se notaba en los rostros, en los silencios cada vez que Argentina cruzaba el centro del campo y en los suspiros colectivos después de cada oportunidad desaprovechada por España.
Ni siquiera el cansancio acumulado durante más de dos horas de espera hizo que nadie abandonara la plaza. Todo lo contrario. Cada minuto acercaba la posibilidad de vivir un momento histórico.
Del gol de Ferran al sobresalto del tanto anulado
La recompensa llegó en la segunda parte de la prórroga. Cuando Ferran Torres encontró el camino del gol en el minuto 106, la Plaza de Cervantes estalló literalmente de alegría. Los abrazos surgieron entre familiares, amigos e incluso entre personas que hasta ese momento no se conocían. Las banderas comenzaron a agitarse por encima de las cabezas mientras los gritos de «¡España, España!» y «¡Campeones!» resonaban por todo el centro histórico.
Muchos móviles se alzaron para inmortalizar el momento. Otros prefirieron olvidarse de grabar y vivir la celebración sin intermediarios. Durante unos minutos todo fueron sonrisas, saltos y emoción colectiva. Pero la final todavía guardaba un sobresalto más.
España volvió a marcar en los últimos minutos de la prórroga y durante apenas unos segundos la plaza volvió a explotar de alegría creyendo que el título quedaba definitivamente sentenciado. Sin embargo, la revisión arbitral terminó anulando el tanto. El grito colectivo dio paso a un gesto de decepción casi sincronizado. Hubo manos a la cabeza, exclamaciones de incredulidad y alguna que otra protesta dirigida a la pantalla.
La frustración apenas duró unos instantes. El público recuperó inmediatamente el ánimo, consciente de que España seguía por delante en el marcador y de que quedaban muy pocos minutos para conquistar el Mundial. Cuando llegó el pitido final, ya no hubo lugar para más sufrimiento.
Una ciudad unida en torno a La Roja
La celebración se prolongó durante largos minutos. Sonó el himno nacional al principio y al final, volvieron los cánticos y miles de banderas rojigualdas ondearon sobre una Plaza de Cervantes completamente entregada a la selección española.
La alcaldesa de Alcalá de Henares, Judith Piquet, siguió el encuentro junto a los vecinos acompañada por otros miembros de la Corporación Municipal. Tras el partido destacó el comportamiento ejemplar de los asistentes y agradeció la colaboración de todos los servicios municipales que hicieron posible el desarrollo del evento.
El dispositivo preparado por el Ayuntamiento funcionó con absoluta normalidad. Policía Local, Policía Nacional, Protección Civil y los servicios municipales permanecieron desplegados durante toda la tarde y buena parte de la noche para garantizar la seguridad y el correcto desarrollo de una convocatoria multitudinaria.
Los equipos de limpieza comenzaron a trabajar prácticamente al mismo tiempo que los aficionados abandonaban la plaza. En pocos minutos fueron desapareciendo vasos, papeles y otros restos de una celebración que había reunido a miles de personas en el corazón de la ciudad.
Mientras tanto, los drones captaban desde el aire la espectacular imagen de la Plaza de Cervantes completamente teñida de rojo y amarillo. Desde el suelo, los fotógrafos buscaban los abrazos, las lágrimas de emoción, los niños sobre los hombros de sus padres y las banderas agitadas al ritmo de los cánticos. Imágenes que, sin duda, quedarán como testimonio de una de las noches más multitudinarias y festivas que ha vivido el centro histórico en los últimos años.
Mucho más que un partido
La victoria de España dejó un nuevo título mundial para el deporte español, pero en Alcalá de Henares también sirvió para recuperar esa sensación, cada vez menos frecuente, de compartir un acontecimiento colectivo.
Durante más de tres horas desaparecieron las prisas, las diferencias de edad, de profesión o de procedencia. La Plaza de Cervantes se convirtió en un enorme salón al aire libre donde miles de personas vivieron las mismas emociones al mismo tiempo: la tensión de los noventa minutos, la incertidumbre de la prórroga, la euforia del gol de Ferran Torres, la decepción momentánea del tanto anulado y, finalmente, la alegría desbordante del pitido final.
Poco a poco la multitud fue abandonando la plaza. Algunos emprendieron el camino hacia sus casas; otros prolongaron la celebración por las calles del centro histórico comentando las mejores jugadas del encuentro. Los más pequeños seguían corriendo con la bandera al cuello mientras muchos mayores recordaban inevitablemente la noche del Mundial de 2010.
Cuando las luces comenzaron a apagarse y el bullicio fue desapareciendo, la Plaza de Cervantes recuperó su tranquilidad habitual. Quedaba ya limpia, casi vacía y silenciosa, pero durante unas horas había vuelto a convertirse en el gran punto de encuentro de una ciudad que quiso celebrar unida un nuevo éxito de la selección española.























