
- La política convierte una tragedia en espectáculo mientras bomberos, voluntarios y vecinos afrontan el drama real de los incendios forestales.

Hay incendios que queman montes, hay incendios que queman casas y hay incendios que queman la poca dignidad que aún le quedaba a la política española. Este julio de 2026 nos está ofreciendo el pack completo. Mientras en la sierra oeste de Madrid el humo tapa el sol y más de diez mil personas han tenido que abandonar sus hogares con lo puesto, en Madrid capital se ha abierto otro frente: el de la guerra de los mamarrachos. Y no, no es una metáfora literaria. Es literal.
Isabel Díaz Ayuso, con esa capacidad que tiene para convertir cualquier crisis en un ring de boxeo verbal, soltó ayer la frase del día: «El primer mamarracho que se ponga por medio a calentar el ambiente, allá él». No hacía falta ser Sherlock Holmes para saber a quién iba dirigida. Óscar Puente, ministro de Transportes y campeón nacional de la réplica afilada, no se lo pensó dos veces y le devolvió el favor con género incluido: «Si hay una mamarracha en España, esa eres tú». Y como no podía faltar el comentarista oficial del equipo, Miguel Ángel Rodríguez, jefe de gabinete de la presidenta, elevó el insulto a categoría de efeméride lingüística: «La palabra del día es mamarracho».
Uno contempla el espectáculo y no sabe si echarse a llorar o a reír. Porque mientras ellos se disputan el título de mayor adefesio de la temporada, en Alcalá de Henares la concejala de Seguridad, Orlena de Miguel, supervisa personalmente el acondicionamiento del pabellón de Espartales para poder alojar a doscientas personas evacuadas. El pabellón del Val queda en reserva. Los centros escolares, en prealerta. Una veintena de voluntarios de Protección Civil llevan movilizados desde que se activó el nivel 3 de emergencia. La alcaldesa Judith Piquet lo ha dicho con la claridad que se le supone a quien tiene que gestionar de verdad: «Nuestra ciudad está preparada para responder con rapidez, responsabilidad y solidaridad». No ha llamado mamarracho a nadie. No ha necesitado el género gramatical para demostrar que sabe dónde están las prioridades.
Y es que el contraste resulta casi obsceno. En un lado, el mando único de la emergencia, la Unidad Militar de Emergencias, los bomberos forestales que llevan días sin dormir, los vecinos que miran desde la distancia cómo arde lo que era su paisaje cotidiano. En el otro, dos políticos de primer nivel dedicados a decidir quién es más ridículo, más chapucero, más mamarracho o mamarracha. Como si el fuego necesitara un árbitro lingüístico. Como si las hectáreas calcinadas se midieran en puntos de Twitter. Como si las familias que duermen esta noche en un polideportivo agradecieran el debate semántico sobre si el desastre tiene o no tiene vagina.
La retranca del asunto es que ambos tienen razón y ambos están haciendo el ridículo al mismo tiempo. Ayuso tiene razón cuando se queja de que hay quien prefiere calentar el ambiente político antes que apagar el ambiente físico. Puente tiene razón cuando recuerda que quien lleva años insultando al Gobierno central ahora le pide helicópteros y UME con urgencia. Ambos creen tener razones para reprocharse cosas. Lo que ninguno parece tener es sentido de la oportunidad. Y Miguel Ángel Rodríguez tiene razón… bueno, Miguel Ángel Rodríguez casi nunca tiene razón, pero esta vez al menos ha elegido una palabra con solera. Mamarracho viene del árabe, dicen algunos, y significa algo así como “cosa mal hecha”. Perfecto. Porque lo que estamos contemplando es, precisamente, una cosa mal hecha: la gestión política de una tragedia convertida en ring de gallos.
Lo más jocoso, si es que se puede usar esa palabra cuando hay gente que ha perdido su casa, es la velocidad con la que el insulto ha mutado de género. Ayuso lo lanzó en masculino genérico, ese masculino que según algunos es inclusivo y según otros es machista, según el día y la conveniencia. Puente lo feminizó con deleite. Y de pronto el país entero se ha puesto a discutir si es más grave ser mamarracho o mamarracha, como si el género del desastre fuera más importante que el desastre mismo. Uno imagina a los bomberos, negros de hollín, escuchando la radio entre dos frentes de fuego: «Oye, Pepe, ¿tú qué eres, mamarracho o mamarracha?». «Yo soy el que está intentando que no se queme el pueblo, majete. Tú sigue con tu debate de género».
En Alcalá, mientras tanto, se trabaja. Se preparan colchones, se revisan duchas, se organizan turnos de voluntarios. No hay tiempo para filigranas lingüísticas. Cuando el mando único llame, habrá que abrir las puertas y recibir a quien llegue con lo puesto y el alma en un puño. Eso es política de verdad. Lo otro es teatro. Un teatro de mala calidad, de esos que antes se llamaban mamarrachos y ahora, según el día, pueden ser mamarrachas.
Uno se pregunta qué habría pasado si, en lugar de dedicarse a intercambiar insultos de género, los dos se hubieran sentado cinco minutos a hablar de medios aéreos, de coordinación real y de por qué cada verano el mismo fuego nos pilla con los deberes a medias. Pero eso sería pedir demasiado. En España el fuego es de todos y la culpa es siempre del otro. Y mientras el otro sea un mamarracho o una mamarracha, la conciencia queda limpia. El monte, no.
Mañana sábado, cuando este periódico llegue a los quioscos de Alcalá, es posible que el pabellón de Espartales ya tenga ocupantes. Es posible que el humo siga visible desde la carretera de Madrid. Es posible que Ayuso y Puente hayan encontrado nuevas palabras para seguir peleándose. Y es casi seguro que Miguel Ángel Rodríguez habrá descubierto otra “palabra del día”. Mientras tanto, los que apagan fuegos de verdad seguirán sin dormir, los evacuados seguirán sin casa y los ciudadanos de a pie seguirán preguntándose en qué momento la política española decidió que el mejor modo de afrontar una catástrofe es discutir sobre el género gramatical del ridículo.
Hay incendios que se apagan con agua. Hay incendios que se apagan con responsabilidad. Y hay incendios que, simplemente, se alimentan solos porque a alguien le interesa que ardan. Los de este julio de 2026 pertenecen a las tres categorías a la vez. Y mientras los montes arden de verdad, en los despachos y en las redes se sigue discutiendo quién es el mayor mamarracho del reino.
Uno no sabe si reír o llorar. Así que, por si acaso, se queda en el punto medio: la retranca. Esa que permite mirar el espectáculo, negar con la cabeza y murmurar, con toda la educación del mundo: menudo par de mamarrachos. O mamarrachas. Según el día. Y según quién mande el siguiente tuit.
Porque al final, cuando el humo se disipe y las cifras de hectáreas calcinadas queden grabadas en los informes oficiales, nadie recordará si el insulto iba en masculino o en femenino. Solo recordaremos que, una vez más, mientras el país ardía, sus políticos se dedicaron a competir por el título de mayor adefesio. Y eso, señoras y señores, es de lo más mamarracho que se ha visto en mucho tiempo.
















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