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La realidad debe poner siempre a prueba nuestras ideas, nunca adaptarse para confirmar un relato previamente construido por brillante que resulte.
Hay columnas que invitan a asentir. Otras, a discrepar. Y unas pocas obligan a detenerse y pensar, precisamente porque plantean una cuestión que trasciende el asunto del que aparentemente hablan. Eso me ocurrió al leer Nunca es solo fútbol, recordadlo siempre, el artículo que Arcadi Espada publicó en El Mundo el pasado 22 de julio.
Conviene decirlo desde el principio. Arcadi Espada es uno de los periodistas de opinión más brillantes de este país. Se puede compartir o no su mirada, pero resulta difícil negar su capacidad para construir argumentos incómodos, para provocar al lector y para convertir cualquier asunto de actualidad en una reflexión de mayor alcance.
Su última columna utiliza el Mundial de fútbol como punto de partida, aunque en realidad el fútbol ocupa un papel secundario. Lo que verdaderamente analiza es España. La tesis arranca con una frase que funciona como declaración de intenciones: «Nunca es solo fútbol». A partir de ahí sostiene que las selecciones nacionales acaban reflejando el estado moral, político y cultural de los países que representan. Los jugadores serían el espejo de la sociedad que los produce y el resultado deportivo una consecuencia, nunca un hecho aislado.
Hasta ahí, pocos podrían discrepar. El deporte ha servido muchas veces para explicar un país, tanto en la victoria como en la derrota. Pero Espada lleva esa idea mucho más lejos. Uno de los pasajes más reveladores aparece cuando afirma que «la selección había sido patrocinada como símbolo de una España trans: mestiza, igualitaria y risueña». Es una frase de enorme carga política porque sitúa inmediatamente el debate fuera del terreno deportivo. La selección deja de ser un equipo para convertirse en la representación simbólica de un determinado proyecto de país.
A partir de esa premisa desarrolla una crítica mucho más amplia. El talento extraordinario de Lamine Yamal sirve para ilustrar una sociedad que, según el autor, desconfía de la excelencia y termina subordinando el mérito individual al funcionamiento del colectivo. Recupera incluso la célebre sentencia de Alfredo Di Stéfano, «Ningún jugador es tan bueno como somos todos juntos», para sostener que, convertida casi en dogma, esa filosofía acaba anulando precisamente aquello que hace diferentes a los mejores.
El análisis abandona entonces casi por completo el césped. Espada habla de un sistema educativo que sospecha del mérito, de una legislación que confunde igualdad con nivelación, de un debate público entregado a la demolición de las reputaciones y de una sociedad incapaz de premiar la excelencia sin sentir cierta incomodidad por ello.
Según su razonamiento, los futbolistas no son una excepción. Son hijos de esa misma cultura y, por tanto, también acaban reproduciendo sus virtudes y sus defectos. El artículo termina convirtiéndose en un diagnóstico político y moral de la España contemporánea. El supuesto fracaso de la selección aparece como la consecuencia lógica de un país que habría sustituido el esfuerzo por el conformismo, el mérito por la igualdad mal entendida y la ambición por una permanente sospecha hacia quien sobresale.
La conclusión resume toda la tesis con otra frase contundente: «Ninguna selección fracasa sola». No fracasarían únicamente once futbolistas; fracasaría el país que se proyecta sobre ellos. Hasta aquí, el pensamiento de Arcadi Espada. Y aquí comienza mi reflexión. Porque existe un detalle imposible de ignorar. El artículo fue publicado cuando España acababa de proclamarse campeona del mundo.
No conozco las circunstancias de su elaboración. Ignoro si fue escrito antes de la final y publicado después por un error editorial; si existían distintas versiones preparadas para cada desenlace; o si, deliberadamente, el autor decidió mantener un escenario hipotético porque consideraba que el resultado deportivo era irrelevante para su argumentación. No tengo ningún dato que me permita afirmar una cosa u otra. Y precisamente por eso no voy a hacerlo.
Pero sí creo que ese hecho plantea una cuestión periodística enormemente interesante. A mi juicio existen tres posibles explicaciones. La primera es la más dura. Que el desenlace deportivo reforzaba tan poco la tesis del artículo que el resultado terminó siendo secundario frente al relato que se quería construir. No tengo prueba alguna para sostener esa interpretación y, por tanto, tampoco sería honesto convertirla en una acusación.
La segunda resulta mucho más sencilla. Un artículo preparado con antelación pudo acabar publicándose sin la revisión necesaria después de que la realidad hubiese cambiado por completo el contexto. En una redacción, especialmente en grandes periódicos, estas cosas ocurren más veces de las que imaginamos. Pero existe una tercera hipótesis que, personalmente, me parece la más sugerente.
Quizá el resultado del Mundial nunca fue lo verdaderamente importante. Quizá Arcadi Espada no estaba escribiendo sobre fútbol. Quizá escribía sobre una idea de España que ya tenía completamente elaborada y el campeonato era únicamente el escenario elegido para exponerla. Si eso fuera así, la victoria o la derrota de la selección apenas modificarían la esencia del artículo, porque el verdadero asunto nunca fue el marcador, sino el país.
Y ahí aparece una reflexión que nos afecta a todos los que escribimos opinión. Los columnistas no somos cronistas neutrales. Interpretamos la realidad desde nuestras convicciones. Es inevitable y, probablemente, necesario. La opinión consiste precisamente en eso. El problema aparece cuando el relato adquiere tanta fuerza que los hechos dejan de dialogar con él. Cuando la realidad ya no sirve para poner a prueba nuestras ideas, sino únicamente para ilustrarlas.
Cuando empezamos a seleccionar los acontecimientos que confirman nuestras tesis y a ignorar los que las contradicen. Ese riesgo no pertenece a una ideología concreta. Nos acecha a todos. A periodistas de derechas y de izquierdas. A columnistas conservadores y progresistas. Y, por supuesto, también a quienes escribimos desde medios pequeños convencidos de que nuestra independencia nos inmuniza frente a los prejuicios. No es así. Todos corremos el mismo peligro: enamorarnos de nuestro propio relato.
Quizá por eso la columna de Arcadi Espada resulta tan interesante. No por lo que dice sobre el fútbol. Ni siquiera por lo que dice sobre España. Sino porque nos recuerda, aunque sea involuntariamente, una vieja lección del oficio.
Las opiniones pueden ser brillantes. Los relatos pueden estar magníficamente construidos. Las tesis pueden resultar intelectualmente seductoras. Pero los hechos siguen teniendo la última palabra. Y el mejor periodismo de opinión no consiste en conseguir que la realidad confirme nuestras ideas. Consiste, precisamente, en lo contrario: en aceptar que, cuando la realidad las contradice, quizá haya llegado el momento de revisarlas.

















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