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La denuncia vecinal cuestiona el ritmo de las obras, las molestias diarias y la accesibilidad de una estación cuyo final sigue incierto.
- Crónica gráfica de Pedro Enrique Andarelli para ALCALÁ HOY
Hay obras públicas que, con el paso del tiempo, dejan de ser simplemente una actuación urbanística para convertirse en parte del paisaje cotidiano de una ciudad. La remodelación integral de la estación central de Cercanías de Alcalá de Henares pertenece ya a esa categoría. Comenzó oficialmente el 15 de junio de 2023 con el ambicioso objetivo de transformar una infraestructura claramente envejecida en una estación accesible, moderna y preparada para las próximas décadas.
Tres años después, nadie discute que la transformación avanza, pero tampoco que el calendario inicial quedó hace tiempo sepultado bajo el mismo polvo que todavía levantan las excavadoras. Lo que iba a ser una obra de unos veinte meses se ha convertido en un proyecto cuyo final sigue difuminándose en el horizonte, mientras la ciudad aprende a convivir con un escenario provisional que empieza a parecer permanente.
Cuatro meses después de nuestra última visita en profundidad a las obras, publicada el pasado 8 de marzo bajo el título La nueva estación de Alcalá empieza a tomar forma entre obras y debates políticos, ALCALÁ HOY ha regresado al entorno de la estación para comprobar cómo evoluciona una actuación que acumula ya más de tres años de ejecución. En esta ocasión lo hemos hecho acompañados por Juan Carlos Hernández Zurdo, vecino de la Plaza Once de Marzo y uno de los residentes que convive a diario con las consecuencias de unas obras que afectan directamente a su barrio. El objetivo era recorrer de nuevo la zona con calma, observar qué ha cambiado desde entonces y escuchar las inquietudes de quienes contemplan esta transformación desde la primera fila, lejos de los comunicados oficiales y mucho más cerca de la realidad cotidiana.
La estación que ya se intuye… y las dudas que aún permanecen
Cuatro meses después de nuestra última visita en profundidad a las obras, publicada el pasado 8 de marzo bajo el título La nueva estación de Alcalá empieza a tomar forma entre obras y debates políticos, ALCALÁ HOY ha regresado al entorno de la estación para comprobar cómo evoluciona una actuación que acumula ya más de tres años de ejecución. En esta ocasión lo hemos hecho acompañados por Juan Carlos Hernández Zurdo, vecino de la Plaza Once de Marzo y uno de los residentes que convive a diario con las consecuencias de unas obras que afectan directamente a su barrio. El objetivo era recorrer de nuevo la zona con calma, comprobar qué ha cambiado desde entonces y escuchar la opinión de quien contempla esta transformación desde la primera fila.
El cambio respecto a nuestra visita del pasado mes de marzo resulta evidente, aunque quizá no tanto como cabría esperar después de otros cuatro meses de obras. Las estructuras metálicas ya dibujan buena parte del futuro edificio de viajeros, los ascensores empiezan a perfilar la imagen definitiva de la estación y el paso inferior presenta avances apreciables. Sin embargo, Juan Carlos Hernández Zurdo sostiene que en las últimas semanas el ritmo de ejecución ha vuelto a ralentizarse, una percepción que le resulta difícil de conciliar con la continua ocupación del espacio público por contenedores, materiales y maquinaria. El vecino asegura, además, que algunos de esos contenedores de gran tonelaje habrían provocado grietas y fracturas en su propia vivienda, una circunstancia que, según afirma, también ha puesto en conocimiento de las administraciones competentes.
Sin embargo, esa imagen esperanzadora no disipa todas las incertidumbres. Hernández Zurdo no sólo pone el foco en las molestias derivadas de tres años de obras. También dirige la mirada hacia el futuro. Mientras observa los nuevos ascensores, se pregunta si, una vez inaugurados, funcionarán con la regularidad que esperan los usuarios. No es una inquietud gratuita. En Alcalá existen precedentes recientes de ascensores instalados en infraestructuras públicas que han permanecido largos periodos fuera de servicio, alimentando el lógico escepticismo de muchos vecinos cada vez que una nueva instalación promete resolver definitivamente los problemas de accesibilidad.
La otra preocupación tiene que ver con el propio diseño de los itinerarios peatonales. A juicio del vecino, los nuevos pasos inferiores siguen planteando dudas para las personas con discapacidad visual y otros usuarios con movilidad reducida. Echa en falta elementos de guiado podotáctil y soluciones que permitan una orientación realmente segura y autónoma desde el primer día de funcionamiento. Son cuestiones que probablemente sólo podrán valorarse plenamente cuando la estación entre en servicio, pero que conviene plantear ahora, cuando todavía existe margen para corregir posibles deficiencias antes de la recepción definitiva de la obra.
Tres años dan para muchas promesas
Cuando ADIF presentó el proyecto, el objetivo parecía perfectamente definido. La reforma integral, presupuestada inicialmente en torno a los 13,3 millones de euros, debía resolver las históricas carencias de accesibilidad de una de las estaciones con mayor tráfico del Corredor del Henares. Nuevos ascensores, adaptación completa de andenes, reforma del edificio de viajeros, mejora del paso inferior y una imagen completamente renovada para una infraestructura que llevaba años reclamando una actuación profunda. Sobre el papel era una intervención necesaria y ampliamente compartida por usuarios, administraciones y colectivos vecinales.
Los problemas comenzaron cuando el calendario dejó de cumplirse. Tras un inicio razonablemente normal, los trabajos fueron perdiendo intensidad hasta entrar en una prolongada fase de parálisis asociada a modificaciones del proyecto y trámites administrativos cuya explicación pública nunca terminó de resultar demasiado convincente. Durante meses apenas hubo avances visibles mientras las fechas inicialmente anunciadas iban quedando atrás sin que apareciera un nuevo horizonte claro. Como suele ocurrir con demasiada frecuencia en las grandes obras públicas, las previsiones dejaron paso a las estimaciones y las estimaciones acabaron convirtiéndose en simples aproximaciones.
La reanudación progresiva de los trabajos devolvió cierto optimismo. Las máquinas regresaron, los andamios comenzaron a multiplicarse y el proyecto volvió a mostrar señales inequívocas de actividad. Hoy resulta evidente que la obra avanza y que el resultado final mejorará de forma notable la funcionalidad de la estación. Pero también es evidente que los veinte meses inicialmente previstos forman ya parte de esa literatura administrativa donde los plazos rara vez sobreviven al contacto con la realidad. Si finalmente la actuación concluye entre finales de 2026 y algún momento de 2027, habrá duplicado ampliamente el calendario con el que fue presentada a la ciudadanía.
No deja de ser curioso que esa circunstancia apenas provoque ya sorpresa. Quizá porque en España hemos terminado aceptando que los grandes proyectos públicos viven instalados en una elasticidad temporal casi infinita. Los vecinos ya no preguntan cuándo acabarán exactamente las obras; preguntan si esta vez la fecha será de verdad la definitiva. Es un matiz aparentemente pequeño, pero dice mucho sobre la confianza que generan este tipo de actuaciones cuando los retrasos dejan de ser excepcionales para convertirse en la norma.
La otra cara de la estación
Mientras los viajeros contemplan los avances desde los andenes, los residentes del entorno observan otra cara bastante menos amable del mismo proyecto. Para ellos, la remodelación no se mide únicamente en ascensores o en metros de estructura ejecutada. Se mide también en ruido desde primera hora de la mañana, en polvo, en maniobras de camiones, en desvíos peatonales, en ocupaciones temporales de la vía pública y en la sensación de vivir permanentemente junto a una obra de grandes dimensiones.
Juan Carlos Hernández Zurdo decidió hace unos días dar un paso que muchos vecinos comentan pero pocos llegan a materializar. El pasado 3 de julio presentó formalmente una denuncia en el Registro General del Ayuntamiento solicitando una inspección sobre las condiciones en las que se están desarrollando los trabajos en el entorno de la estación. En el escrito denuncia la acumulación prolongada de sacos de escombros y contenedores, la ocupación continuada de espacios públicos con materiales de construcción, la realización constante de operaciones de carga y descarga, elevados niveles de ruido y polvo, además de problemas de limpieza que, según expone, podrían haber favorecido incluso la aparición de ratas en la zona.
La presencia de ratas aparece una y otra vez durante la conversación. Hernández Zurdo está convencido de que su proliferación no obedece únicamente a las obras, sino sobre todo a la acumulación de desperdicios orgánicos y restos de comida en distintos puntos del recinto y de su entorno inmediato. A su juicio, esa falta de limpieza favorece la aparición de roedores y agrava un problema que los vecinos llevan tiempo denunciando.
Durante el recorrido realizado por ALCALÁ HOY algunas de esas circunstancias resultan fácilmente comprensibles. La obra ocupa una superficie considerable, el movimiento de materiales es continuo y la logística necesaria para una actuación de esta magnitud condiciona inevitablemente la vida cotidiana de quienes residen junto a ella. Eso no significa que exista incumplimiento alguno de la normativa, extremo que corresponderá comprobar, en su caso, a los servicios municipales competentes. Pero sí explica que algunos vecinos consideren que el equilibrio entre la ejecución de la obra y la protección de su calidad de vida empieza a resultar demasiado frágil.
El propio Hernández Zurdo conserva además anotaciones manuscritas correspondientes a reuniones mantenidas sobre la situación de las obras, donde aparecen reflejadas cuestiones como la acumulación de residuos, la invasión de la vía pública por materiales de construcción, la generación de polvo, el almacenamiento de palés, la posible presencia de roedores, las dificultades para acceder a determinados servicios y la preocupación por la seguridad de los peatones. También figuran referencias a actuaciones pendientes relacionadas con la futura pasarela y los ascensores. Son documentos que muestran que las molestias no constituyen una preocupación sobrevenida, sino un asunto planteado desde hace tiempo por algunos residentes.
Una estación necesaria que merece un mejor final
Conviene no perder de vista la perspectiva. La estación de Cercanías de Alcalá necesitaba una reforma profunda y probablemente nadie discute ya que el resultado final supondrá una mejora sustancial para miles de viajeros. Las nuevas condiciones de accesibilidad, la modernización de las instalaciones y la eliminación de barreras arquitectónicas representan una inversión imprescindible para una ciudad que llevaba demasiado tiempo utilizando una infraestructura claramente desfasada. Sería injusto convertir esa realidad en víctima de la lógica política del «todo está mal».
Precisamente por eso resulta legítimo exigir que una actuación de esta importancia se gestione con la mayor eficacia posible y con una información transparente hacia quienes soportan sus consecuencias. Las molestias pueden ser inevitables; la incertidumbre permanente, probablemente no. Los vecinos entienden que una obra de estas características genere incomodidades. Lo que cuesta más comprender es que esas incomodidades se prolonguen durante años mientras las previsiones cambian una y otra vez sin demasiadas explicaciones públicas.
Durante nuestro recorrido cuesta imaginar cómo será este entorno cuando desaparezcan las vallas, se retiren las casetas de obra y vuelva a abrirse por completo la circulación de peatones. Seguramente será una estación muy distinta, más moderna y más funcional. También será fácil olvidar el polvo, el ruido y los desvíos que hoy forman parte del paisaje cotidiano. Las grandes obras tienen esa capacidad: cuando terminan, casi siempre consiguen que sólo recordemos el resultado y no el camino recorrido para alcanzarlo.
Pero todavía no estamos ahí. La estación sigue siendo, al mismo tiempo, una promesa de futuro y una molestia muy presente. Entre ambas realidades discurre la vida diaria de miles de viajeros y de decenas de vecinos que llevan tres años aprendiendo a convivir con una obra que parecía tener fecha de caducidad y que, como algunos trenes demasiado conocidos por los usuarios del Corredor del Henares, continúa acumulando retrasos. Ojalá esta vez el próximo anuncio de finalización sea el definitivo. No sólo porque la ciudad merece por fin una estación a la altura de lo que representa, sino porque también merece dejar de vivir instalada en la provisionalidad.

















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