Alcalá mira al cielo… y ve más de lo que querría | Por Pedro Enrique Andarelli

Pedro Enrique Andarelli, director de ALCALÁ HOY, aprovecha la víspera del eclipse solar que mañana oscurecerá el cielo de Alcalá para dirigir la mirada hacia otras sombras mucho más terrenales. Ceuta, la política migratoria, Marruecos, el polémico ático vinculado a Isabel Díaz Ayuso, las turbulencias internas de Vox y varios episodios de desinformación atraviesan una tribuna que mezcla actualidad, ironía y crítica política bajo una misma metáfora: hay eclipses que duran bastante más que unos minutos.

Fotocomposición AH@
  • Del eclipse  a Ceuta, Ayuso y Vox: una mirada crítica a las sombras políticas que ninguna estrella fugaz puede ocultar.
Pedro Enrique Andarelli, director de ALCALÁ HOY

Mañana, 12 de agosto de 2026, la Luna se interpondrá entre nosotros y el Sol como quien apaga la luz en medio de la fiesta. En Alcalá el eclipse será casi total —un 99 % de oscuridad que, para los que vivimos aquí, ya es bastante— y, cuando se retire la sombra, llegarán las Perseidas a terminar el espectáculo. El fenómeno comenzará hacia las siete y media de la tarde, alcanzará su punto máximo alrededor de las ocho y media, con el Sol apenas a unos siete grados sobre el horizonte, y se diluirá cerca de la puesta. Los vecinos ya tienen las gafas homologadas, el Ayuntamiento y la Agrupación Astronómica Complutense repartieron consejos el sábado en la Plaza de Palacio y todo el mundo se pregunta desde dónde mirar. Algunos subirán a la Torre Garena, el edificio más alto de la ciudad por ahora, con sus setenta y dos metros de oficinas y terraza que dominan el horizonte hacia el oeste. Otros se arrastrarán hasta el cerro del Ecce Homo, ese testigo de ochocientos treinta y seis metros que lleva siglos mirando a la vega del Henares como si ya lo hubiera visto todo: los carpetanos, las ermitas en ruinas, las cárcavas y el río que sigue su curso indiferente.

Yo, que soy de los que miran al cielo con escepticismo, propongo algo más simple: observar el eclipse y, de paso, observar el resto de las cosas que se oscurecen a nuestro alrededor. Porque la verdad es que llevamos semanas con la luz a medias. No es solo la Luna la que tapa el Sol. Hay otras sombras más densas, más humanas, que se han instalado sin necesidad de alineación cósmica.

Empecemos por lo más cercano. En Ceuta, el presidente Juan Jesús Vivas sigue diciendo que quedan entre 8.000 y 11.000 personas de las decenas de miles que entraron el 30 de julio. “Insostenible”, repite. “Aquí no va a haber papeles”. La ciudad se manifiesta, las cuatro comunidades religiosas se unen y el Gobierno central responde con la misma parsimonia con la que uno mira un eclipse parcial: “No es para tanto, ya casi se ha resuelto”. Mientras tanto, en Alcalá nuestra alcaldesa Judith Piquet confiesa en El Rincón de Espe una frase que debería grabarse en bronce: “En Alcalá no sabemos cuándo entran ni cuándo salen los inmigrantes”. Un centro temporal que iba a durar tres meses y a albergar a cien personas se convirtió en un almacén de más de 12.500 en dos años y medio. Los traen, los dejan, desaparecen y vuelven a traer. Como mercancía. Exactamente igual que los que limpiaban la playa del Trampolín en Ceuta pidiendo perdón a España mientras sus propios satélites militares pasaban once veces por encima de la ciudad el mismo día del asalto.

Y hablando de satélites y de gente que mira para otro lado: Italia suspendió temporalmente Schengen con España. Dinamarca, la socialdemócrata de la tolerancia cero, firmó con Meloni una carta que acabaron respaldando 22 jefes de Gobierno. Algo huele a podrido en Dinamarca… y en Madrid, y en Rabat, y en Washington. Porque, según los que se dedican a enmarañar menos de lo habitual, esto no fue una avalancha espontánea de redes sociales. Fue una operación con tres vectores, dos satélites marroquíes, la gendarmería abriendo verjas y Mohamed VI celebrando el Día del Trono a 40 kilómetros en un yate. El Gobierno español, por su parte, tenía avisos desde el 8 de julio. El CNI avisó. La Asociación Unificada de la Guardia Civil pidió instrucciones escritas. Vivas llamó a Moncloa y no le cogieron el teléfono. Marlaska fue a la fiesta de la embajada marroquí la misma noche en que Ceuta se desbordaba. Y ahora resulta que la culpa es de las mafias y de la desinformación rusa. Claro. Como si la Luna necesitara que alguien le diga que se interponga.

Mientras tanto, en la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso acumula ya cinco denuncias judiciales por el ático de 6,3 millones que Planifica Madrid compró “para oficinas temporales” y que resultó ser residencial, sin expediente, sin licencia y justo enfrente de la casa de su madre. Su pareja vende los pisos a toda prisa. Silvia Inchaurrondo le hizo la vacilada histórica en televisión y hasta Cayetana Álvarez de Toledo dijo que no lo entendía. Cinco denuncias. Cinco. Como los cinco pisos que parecen orbitar alrededor de la presidenta. El juzgado de instrucción número 8 de Madrid ya los tiene todos juntos. Qué coincidencia astronómica. Uno piensa en la Torre Garena, tan limpia y vertical, y se pregunta cuántos áticos invisibles se esconden detrás de los cristales de la política.

Y por si el cielo no estuviera lo bastante nublado, García Gallardo confiesa que Vox está “aprisionado” por el entorno de Netanyahu, que la mujer de Abascal cobra 60.000 euros al año de una sociedad editorial que pierde dinero y que quienes deciden de verdad son unos señores que figuran como meros proveedores. Un votante de Vox pide a Dios una novia “de Vox” y que sea ella quien le busque. En La Vall de Gallinera tres chicos pegan a unas niñas de 14 años gritando “¡Viva Franco, viva Vox!”. En Argentina, las políticas de Milei van tan bien que la gente ha vuelto al trueque. En Colombia reconocen la soberanía marroquí sobre el Sáhara. Y Lucía Echeverría, con total impunidad, dice que Pedro Sánchez se fue a bucear en una zodiac de la Guardia Civil pagada con impuestos de autónomos… cuando la foto era de un rescate de 2023.

Uno mira todo esto y se pregunta si el eclipse no es más que una metáfora barata. La Luna tapa al Sol, Marruecos tapa la frontera, el Gobierno tapa los avisos, Ayuso tapa el expediente del ático, Vox tapa a sus proveedores y nosotros, desde la Torre Garena o desde el Ecce Homo, nos ponemos las gafas homologadas para no quedarnos ciegos. Desde lo alto del cerro se ve la vega, el río, la ciudad que crece y se contrae, los trenes que llegan y salen. Desde la torre se ve el mismo paisaje, solo que más cercano y más urbano. En ambos casos, la sombra cae igual.

Mañana, cuando el cielo se oscurezca a las ocho y media de la tarde, suban al cerro o al tejado. Miren el Sol con protección. Observen cómo la luz se retira, cómo los pájaros callan un momento, cómo la temperatura baja unos grados. Y, de paso, miren lo que hay debajo. Porque las Perseidas caerán después, sí —el máximo llegará en la madrugada del 12 al 13, con la Luna nueva favoreciendo un cielo limpio—, pero las estrellas fugaces no van a limpiar ni Ceuta, ni el ático, ni la frontera, ni la vergüenza. Caerán sobre los mismos problemas que ya estaban ahí cuando el Sol brillaba a pleno.

Alcalá sigue mirando al cielo. Ojalá algún día alguien mire también al suelo. Porque la oscuridad de un eclipse dura minutos. La otra, la que fabricamos nosotros, parece haberse instalado para quedarse. Y no hay gafas homologadas que baste para mirarla de frente.

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