La carta del silencio | EDITORIALES

La carta remitida este lunes 21 de septiembre a toda la militancia socialista complutense, a la que ha tenido acceso ALCALÁ HOY, pide diálogo, lealtad y unidad para cerrar la crisis interna del PSOE de Alcalá. Javier Rodríguez Palacios apela a caminar juntos después de su designación como candidato sin primarias, pero el relato tiene un llamativo silencio: apenas explica su propio papel en los acontecimientos que terminaron con su dimisión como secretario general.

"Javier Rodríguez Palacios, en una imagen de archivo. Su dimisión como secretario general dio paso a la actual Comisión Gestora del PSOE de Alcalá. "Foto de Ricardo Espinosa Ibeas
  • Rodríguez Palacios reclama unidad y diálogo en una misiva que omite buena parte de su protagonismo durante la reciente crisis socialista complutense.

Javier Rodríguez Palacios pide al PSOE de Alcalá diálogo, lealtad y que nadie deslegitime a sus compañeros después de una crisis que terminó con su dimisión como secretario general, una gestora al frente de la agrupación y su posterior designación como candidato sin primarias. La carta pretende cerrar una etapa, pero tiene un problema: para cerrar una historia primero hay que contarla entera.

La carta tiene tres páginas y una ausencia notable. Javier Rodríguez Palacios escribe a la militancia socialista de Alcalá de Henares para hablar de unidad, diálogo, responsabilidad, lealtad y futuro, pero apenas se detiene en el papel que él mismo desempeñó en la crisis que ahora pretende dejar atrás. Leyéndola, cualquiera que desconociera los últimos meses podría pensar que el PSOE alcalaíno fue víctima de una suerte de fenómeno atmosférico: aparecieron unas «tensiones», surgió demasiado «ruido» y algunos compañeros comenzaron inexplicablemente a deslegitimar a otros.

Lo que no encontrará el lector es un relato equivalente de los acontecimientos que precedieron a esa situación: la denuncia interna presentada por Rodríguez Palacios contra quien había sido su secretario de Organización, Enrique Nogués; la movilización interna de más de trescientos militantes; su posterior dimisión como secretario general; la constitución de una gestora de cartón y, meses después, su designación como candidato a la Alcaldía sin la celebración de las primarias que reclamaba la militancia. La dimisión y la movilización interna fueron documentadas públicamente en febrero. Esos son hechos; las responsabilidades políticas que cada cual extraiga de ellos pertenecen ya al terreno de la interpretación.

Por eso resulta especialmente llamativo uno de los pasajes de la carta. Rodríguez Palacios asegura que le gustaría que las tensiones se solucionaran mediante «el diálogo», «la sinceridad», «la responsabilidad» y «la lealtad», y añade que «el ruido no ayuda, ni ayuda tampoco deslegitimar a compañeros, al grupo municipal o a los órganos del Partido». La frase podría pasar inadvertida en cualquier circular de cualquier partido después de cualquier disputa interna. En Alcalá resulta mucho más difícil leerla al margen de lo ocurrido. Porque antes de convertirse en predicador contra la deslegitimación, Rodríguez Palacios estuvo personalmente implicado presentando una denuncia interna contra Nogués, una decisión que precedió al estallido de una crisis que acabó llevándose por delante la dirección de la agrupación.

Ahí reside quizá el principal ejercicio de cinismo político de la carta: Rodríguez Palacios describe las consecuencias con mucha más precisión que las causas. Habla de «tensiones vividas» como si él hubiera asistido a ellas desde la última fila del patio de butacas y no como instigador protagonista. Habla de ruido, pero no de quién tomó qué decisiones antes de que comenzara. Habla de compañeros deslegitimados, pero evita reconstruir la denuncia interna que presentó contra un compañero y que, ocho meses después, continúa sin resolverse. Y habla de una «espiral de confrontación y victimismo» que ahora considera perjudicial, una formulación extraordinariamente cómoda porque una espiral, a diferencia de una denuncia, una dimisión o una firma, no tiene autor. Simplemente gira.

La memoria de la carta funciona, además, de manera curiosamente selectiva. Rodríguez Palacios recuerda con extraordinario detalle sus ocho años como alcalde. Recuerda la COVID, Filomena, la peatonalización, los fondos europeos, las inversiones en calles, edificios y parques y hasta el momento en que, según su propio balance político, los socialistas recibieron en 2015 una ciudad «arruinada» y la transformaron «a mejor». Su memoria puede recorrer una década cuando se trata de reivindicar su gestión, pero pierde súbitamente resolución al aproximarse a los últimos años de vida interna del PSOE. Allí desaparecen los protagonistas y las decisiones concretas y quedan palabras abstractas: tensiones, ruido, confrontación, victimismo. Ocho años merecen memoria; ocho meses, aparentemente, requieren amnesia.

La paradoja se hace todavía más evidente cuando la carta invoca la necesidad de encontrar «un camino compartido hacia el futuro». Ese camino compartido comienza después de que una de las decisiones políticas más importantes —quién encabezará la candidatura socialista de Alcalá en 2027— ya haya sido tomada. La Comisión Federal de Listas designó a Rodríguez Palacios y Alcalá quedó fuera de las primarias que reclamaba una parte de la militancia. Después de aquello, el candidato ofrece escuchar. En la última página anuncia reuniones, propuestas individuales y colectivas, un canal permanente con los militantes y la creación de un comité electoral que preparará la campaña y contribuirá posteriormente a formar la lista. Es decir: primero se decide quién conduce y después se invita a los pasajeros a participar en el diseño del viaje. Puede ser perfectamente defendible desde el punto de vista orgánico si las normas del partido permiten ese procedimiento; lo que resulta más discutible, desde el punto de vista político, es vender después el resultado como el nacimiento espontáneo de un proyecto construido entre todos. Máxime, cuando ya el candidato impuesto se vanagloria en numerosos foros periodísticos, formales e informales de que expulsará a los concejales Enrique Nogués, Miguel Castillejo, Alberto González y Alba Ibáñez. Curiosa forma de tender la mano.

Y luego está la palabra «lealtad». Pocas palabras son tan útiles en las crisis de partido porque casi nunca vienen acompañadas de complemento directo. Lealtad, sí, pero ¿a quién? ¿A las siglas, a los estatutos, a los órganos superiores, a la agrupación local, a los militantes, al grupo municipal, al candidato? La carta no resuelve la cuestión. Rodríguez Palacios apela a la lealtad precisamente cuando la dirección federal ya ha resuelto a su favor la cuestión fundamental de la candidatura. Desde esa posición, la reconciliación corre el riesgo de adquirir un significado bastante sencillo: la crisis termina cuando quienes han perdido la batalla interna aceptan que ha terminado. La unidad deja entonces de ser un proceso de reconstrucción para convertirse en una exigencia dirigida principalmente al discrepante.

Lo que sí permite la sucesión de acontecimientos es señalar una contradicción difícil de esconder: quien ocupó la secretaría general durante el estallido de la crisis, protagonizó uno de sus principales enfrentamientos y terminó dimitiendo reclama ahora diálogo, lealtad y que no se deslegitime a compañeros sin dedicar un espacio comparable a explicar su propia participación en aquello que ocurrió.

Tal vez por eso lo más interesante de la carta no sea lo que dice, sino el punto exacto en el que decide comenzar la historia. Bien parece una carta de un recién llegado y no de alguien que aspira a ocupar el mismo sillón municipal cobrando del erario público durante 25 años, un cuarto de siglo.

La carta termina apelando, cómo no, al equipo: «Lo haremos como sabemos hacerlo los socialistas, en equipo», escribe Rodríguez Palacios. Quizá sea precisamente ahí donde el texto alcanza su mayor carga irónica. Después de meses de enfrentamientos, denuncias internas, centenares de firmas, una dimisión, una gestora, militantes reclamando primarias y una candidatura finalmente resuelta desde arriba, el hombre que estuvo en el centro de aquella tormenta regresa para anunciar que ha llegado el momento de caminar juntos. Pero la reconciliación tiene una condición incómoda: no exige olvidar, sino recordar cómo se llegó hasta allí.

Porque el ruido, como lo llama Rodríguez Palacios, no apareció solo. Y antes de pedir silencio quizá convendría contar quién encendió los altavoces.

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