AGOSTO DISTÓPICO: del musgo de Arantxa a las puertas de Ceuta y los currículums que se resisten a la luz

Pedro Enrique Andarelli, director de ALCALÁ HOY, firma una nueva tribuna de opinión en la que enlaza algunos de los episodios más llamativos y controvertidos de la actualidad de este verano: desde la polémica del "musgo" de Arantxa Sánchez en televisión hasta la crisis migratoria de Ceuta, pasando por la transparencia de los currículums públicos y la situación política de Alcalá de Henares. Un recorrido crítico por un agosto que parece empeñado en normalizar lo extraordinario.

  • Musgo, Ceuta, currículums ocultos y política local retratan un agosto donde la realidad supera cualquier ficción y obliga a mirar sin apartar la vista.
Pedro Enrqiue Andaelli, director de ALCALÁ HOY

Agosto, ese mes que en España siempre ha tenido algo de tregua y de rendición, se nos ha vuelto este año un espejo deformante. No hay playas lo bastante anchas ni aires acondicionados lo bastante potentes para disimular el calor que viene de más abajo: el de una política que ya no disimula sus gestos, el de una frontera que se desborda mientras unos celebran aniversarios de trono y otros apuntan con el dedo, el de unos currículums que se esconden detrás de sentencias y el de una tertulia televisiva donde alguien, con toda la naturalidad del mundo, habla de musgo para su belén mientras el país arde. Empiezo por ahí, por lo pequeño, porque a veces lo pequeño es el termómetro más preciso.

Arantxa Sánchez, la toledana de las grandes gafas blancas y el boli siempre listo para tomar apuntes, soltó en Malas Lenguas aquella frase que ya forma parte del folklore veraniego: el musgo para su belén. En medio de un debate sobre incendios y emergencia climática, la imagen resultó casi perfecta. No era solo una anécdota doméstica; era la metáfora involuntaria de una derecha que, cuando se habla de montes quemados y de pactos de Estado, prefiere bajar la mirada al pesebre. Sarah Santaolalla le contestó con esa mezcla de incredulidad y sarcasmo que ya es marca de la casa: “¿Pero tú te has escuchado, Arantxa? ¡Nos quedamos sin Belén!”. Y las redes, claro, hicieron el resto. Gafas, gestos de superioridad, el boli que no para, las miradas esquivas de Ana Samboal cuando alguien dice algo que no le cuadra… Todo el teatro de la tertulia quedó al descubierto una vez más. Como si el país entero estuviera tomando apuntes con bolígrafo mientras la realidad se escribe a golpe de llamas y de avalanchas humanas.

No es que Arantxa niegue el cambio climático con la crudeza de ciertos cantantes que aparecieron mencionados aquel sábado. Miguel Bosé y José Manuel Soto llevan años ofreciendo el mismo espectáculo: negar, relativizar, convertir la ciencia en conspiración y a los bomberos en figurantes de una película de propaganda. Luis Arroyo, el sociólogo que un día fue voz de Zapatero, lo resume con esa prudencia que a algunos les parece cobardía y a otros lucidez: no niega la emergencia, pero duda profundamente de que un pacto de Estado salga adelante cuando una parte del arco parlamentario necesita a Vox para gobernar y otra parte prefiere el teatro de la confrontación. Y mientras tanto, en Extremadura, el ejemplo se vuelve casi obsceno: más dinero para toreros y tauromaquia que para prevención de incendios. “Más toreros que bomberos”, han dicho. No es un eslogan; es una preferencia presupuestaria. Vox, fiel a su estilo, defiende la caza con la misma pasión con la que defiende los toros y con la que, de vez en cuando, alguien de sus filas propone “cazar” a los migrantes. Figaredo lo dijo sin demasiados rodeos: hay que cazarlos uno a uno, son invasores. La palabra cacería, que en agosto debería evocar solo monterías y perdices, se nos ha vuelto otra cosa.

Y llegó Ceuta. Decenas de miles de personas cruzando a nado o caminando, decenas de muertos, una ciudad autónoma desbordada y un Gobierno que se ve obligado a improvisar mientras la oposición grita invasión. No es Torre Pacheco, aunque algunos lo intentaron. Los ultras mediáticos y los de Núcleo Nacional bajaron a la ciudad con su teatralidad habitual y se encontraron con vecinos, de origen español y marroquí, gritando “esto es Ceuta, no Torre Pacheco”. Tuvieron que ser escoltados hasta el puerto. Hay algo de esperanza en ese rechazo, aunque sea mínima. Pero la esperanza se vuelve amarga cuando uno ve a periodistas que un día acusan a Sánchez de arrodillarse ante Mohamed VI y al siguiente aparecen como invitados de honor en la fiesta del propio monarca. Nacho Abad fulminó al presidente por su debilidad frente a Marruecos y por vivir de rodillas ante el rey alauí. Casi en las mismas horas, el periodista acudía a la recepción VIP organizada por la embajadora de Marruecos en Madrid para celebrar el XXVII aniversario de la entronización de Mohamed VI. Allí coincidió con Felipe González, el juez Pedraz y un ministro del Gobierno. La hipocresía, como el calor de agosto, no necesita justificación: se siente. Y se fotografía.

En medio de este delirio, el sábado 1 de agosto, la Casa Real sacó un comunicado. Felipe VI, desde Palma, expresó su “gran preocupación e indignación” por los “graves acontecimientos” de Ceuta. Había hablado con Sánchez, con Feijóo y con los presidentes de las dos ciudades autónomas. Les transmitió “palabras de ánimo y firmeza”. Y remató con esa frase que ya suena a epitafio institucional: “El Estado debe velar por su seguridad y por evitar que estos hechos, que, además, se han traducido en una triste y trágica pérdida de decenas de vidas,  vuelvan a repetirse”. Es el tono correcto, el que se espera de un jefe de Estado. Pero en este agosto distópico resulta casi conmovedor: el Rey pide que no se repita lo que acaba de ocurrir mientras una parte del país sigue discutiendo sobre musgo y otra se hace selfies en la embajada del país desde el que partieron las avalanchas. La indignación real, al menos, no necesita gafas ni boli para apuntar.

Y por si el verano no fuera suficientemente denso, el Tribunal Superior de Justicia de Madrid obliga a la Complutense a pronunciarse sobre el expediente académico de Isabel Díaz Ayuso. Tres años de resistencias, recursos y opacidad para que por fin se abra la puerta a lo que debería ser transparente: el currículum de quien preside una comunidad autónoma y fue nombrada alumna ilustre. No es solo una cuestión de notas. Es la sensación de que, en este país, algunos expedientes se protegen con más celo que las fronteras o los montes.

Desde Alcalá de Henares, ciudad que conoce bien las gestoras y los pactos rotos, se mira todo esto con una mezcla de cansancio y de ironía local. Aquí el gobierno de PP y Vox lleva meses en crisis abierta: la alcaldesa Judith Piquet retirando competencias al portavoz de Vox, denuncias de acoso, modificaciones presupuestarias unilaterales de decenas de millones y un socio que acusa de ruptura del pacto. Mientras tanto, el PSOE local sigue dirigido por una gestora, como si la provisionalidad se hubiera convertido en estado natural. Alcalá, que un día fue escaparate de la transición y de la universidad, se ve ahora reflejada en el mismo espejo distópico que el resto del país: gobiernos que no se hablan, oposiciones que no terminan de reconstruirse y una ciudadanía que, entre el calor y las noticias, empieza a sospechar que el belén de musgo y la cacería de fronteras son solo dos caras de la misma moneda.

Hay quien dice que el pesimismo es una forma de inteligencia. Puede ser. Pero también puede ser una forma de rendición. Este agosto distópico, que empezó con una tertuliana hablando de musgo y ha terminado con cadáveres en las costas de Ceuta, con un Rey indignado que pide que no se repita y con tribunales pidiendo expedientes universitarios, deja un poso amargo. Sin embargo, en medio de la acidez, queda un rayo, pequeño, casi invisible,  de esperanza: los vecinos de Ceuta que echaron a los ultras, los periodistas que siguen pidiendo transparencia aunque les cueste años de litigios, la gente que, a pesar de todo, sigue tomando apuntes con boli mientras el país se escribe a sí mismo con fuego y con hipocresía. Porque, como dijo alguien que sabía de estas cosas, la esperanza no es la convicción de que algo saldrá bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, independientemente de cómo salga.

En Alcalá, como en el resto de España, seguimos mirando. Y mientras miramos, seguimos escribiendo. Aunque sea con retranca, aunque sea con sarcasmo, aunque sea con la certeza de que el próximo agosto volverá a sorprendernos con su particular talento para convertir lo absurdo en normalidad. El musgo de Arantxa ya es historia. Las puertas de Ceuta siguen abiertas. Y los currículums, algunos al menos, por fin empiezan a verse obligados a dar la cara.

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