El verano de Ayuso: áticos, incendios y pantalones cortos | Por Pedro Enrique Andarelli

En esta nueva tribuna, Pedro Enrique Andarelli, director de ALCALÁ HOY, reflexiona con ironía sobre la gestión política y la comunicación institucional de Isabel Díaz Ayuso durante el verano de 2026. La compra y posterior venta de un ático de lujo, el gran incendio de la Sierra Oeste y el recuerdo de la polémica visita en pantalón corto a un incendio anterior sirven al autor para construir una crítica sobre la distancia entre el poder, la imagen y la realidad.

  • Áticos, incendios y comunicación política se entrelazan en una crítica al relato construido por el Gobierno madrileño durante el verano de 2026.
Pedro Enrqiue Andaelli, director de ALCALÁ HOY

Hay veranos que se miden por el calor, por las vacaciones o por el número de veces que uno jura no volver a ponerse en un atasco de la A-2. Y hay veranos que se miden por la capacidad de una presidenta para convertir una tragedia en escenario y un despacho en ático con vistas. Este de 2026, el de Isabel Díaz Ayuso, ya tiene título propio: áticos, incendios y pantalones cortos. Un trío que suena a comedia de enredo, pero que, mirado de cerca, tiene más de esperpento que de sainete.

Empecemos por el ático, que es lo más reciente y lo más revelador. En abril, mientras la mayoría de los madrileños pensábamos en si el recibo de la luz nos iba a dejar sin vacaciones, la empresa pública Planifica Madrid, esa joya discreta del patrimonio regional,  compró un ático de 485 metros cuadrados más casi 200 de terraza en el Paseo del General Martínez Campos, Chamberí, una de esas calles donde el metro cuadrado cuesta lo que a muchos les cuesta un año de hipoteca. El precio exacto no lo han dicho. Nunca lo dicen cuando la cifra duele. Las estimaciones hablan de entre cuatro y seis millones de euros. La justificación, cuando por fin saltó a la luz el 29 de julio gracias a un periódico que no estaba de vacaciones: iba a servir de oficina temporal para la presidenta y un equipo reducido mientras se rehabilitaba la Real Casa de Correos. Obras que, por cierto, nadie había anunciado con bombos y platillos hasta que hizo falta una explicación.

Veinticuatro horas después, el mismo Gobierno que lo había comprado en silencio anunció que lo ponía a la venta, junto a otros cuatro inmuebles, para destinar lo recaudado, unos 20 millones en total, calculan,  a la reconstrucción de la Sierra Oeste tras el incendio. Es decir: compramos un ático de lujo para reuniones institucionales, pero como el fuego se ha comido media sierra y la gente está que trina, ahora lo vendemos y decimos que era para ayudar a los afectados. La velocidad del cambio de opinión es digna de estudio. En política, a veces la coherencia es un lujo que solo se pueden permitir los que no tienen que explicar nada. Aquí, en cambio, la explicación llegó tarde, mal y con olor a improvisación. Uno se pregunta si el ático tenía terraza suficiente para que la presidenta contemplara, desde la altura, el humo que subía desde el oeste. O si, simplemente, alguien calculó mal el timing y olvidó que en verano los incendios y los periodistas no se van de vacaciones.

Porque el fuego, el verdadero protagonista de este verano, no entiende de oficinas temporales ni de terrazas con vistas al Museo Sorolla. El incendio de la Sierra Oeste, ese monstruo que nació de la fusión de tres focos y se comió decenas de miles de hectáreas,  ha sido, según la propia Comunidad, el peor de la historia reciente de Madrid. Más de 34.000 hectáreas calcinadas solo en la región, cifras que en Ávila y Toledo se disparan todavía más. Más de 56.000 personas evacuadas o confinadas en el pico de la emergencia. Municipios enteros desalojados, residencias de mayores sacadas a toda prisa, carreteras cortadas, escuelas cerradas, ganaderos que perdieron todo y vecinos que volvieron a casa para encontrarse con un paisaje de ceniza y silencio. La situación llegó a nivel 3 de emergencia nacional. El Estado asumió el mando. Luego, cuando las cosas mejoraron, lo devolvieron. Mientras tanto, Ayuso hablaba de “tormenta perfecta”, de fuego “fuera de capacidad de extinción”, de ayudas de más de 100 millones y de reconstrucción “inédita”. Todo muy correcto, todo muy de manual. Pero al mismo tiempo, mientras las llamas avanzaban, el Gobierno regional se dedicaba a gestionar, o a oculta,  la compra de un ático residencial que, según el planeamiento, no se podía destinar a oficinas. Detalle urbanístico que, como casi todo lo que molesta, se descubrió tarde.

Y aquí llega el tercer elemento del título, el más ligero en apariencia y el más revelador en el fondo: los pantalones cortos. No es de este verano exacto, pero el recuerdo es tan fresco que parece de ayer. Agosto de 2025. Incendio de Tres Cantos. Ayuso, recién llegada de Miami, aparece en la zona afectada con camiseta verde, pantalón corto azul y botas de montaña. Frente a bomberos uniformados y consejeros de manga larga, ella iba de excursionista. El crítico de moda Pedro Mansilla, en El Intermedio, lo dijo sin anestesia: parecía Dora la Exploradora. Literalmente. La niña de la mochila que se adentra en la selva preguntando “¿dónde está?”. Solo que en este caso la selva era un monte calcinado y la pregunta que muchos se hacían no era geográfica, sino política: ¿dónde está el sentido de la oportunidad? ¿Dónde está la idea de que, cuando la gente pierde casas y el ganado se asfixia, quizás no sea el momento de lucir piernas y gafas de sol como si uno estuviera de ruta por el Camino de Santiago?

La metáfora de Dora es perfecta porque resume el estilo. Ayuso no es una presidenta que se ponga el mono de trabajo cuando toca. Es una presidenta que se pone el disfraz que mejor le queda para la foto. A veces es la de la libertad frente al centralismo. A veces es la de la víctima de una campaña de desprestigio. A veces es la de Dora, explorando el terreno quemado con la mochila de la imagen personal bien puesta. El problema no es el pantalón corto en sí. El problema es la distancia que se crea entre la ropa y el momento. Entre el ático de Chamberí y las casas de Chapinería o Villa del Prado. Entre la terraza de 200 metros y el ganadero que vio cómo explotaban las piñas “como bombas”. Esa distancia no se mide en metros cuadrados. Se mide en empatía, y la empatía, por lo visto, también tiene uso residencial exclusivo.

Hay quien dirá que exagero. Que la compra del ático era legítima, que las obras de la Casa de Correos son necesarias, que el dinero de la venta ahora irá a buen fin y que los pantalones cortos son solo ropa. Todo eso puede ser verdad a medias. Pero la política no se juzga solo por lo que se hace, sino por lo que se prioriza y por el momento en que se prioriza. Comprar un ático de lujo en silencio mientras se gestiona (o se deja de gestionar) una emergencia climática y forestal de dimensiones históricas no es una anécdota. Es un síntoma. Venderlo al día siguiente de que se sepa, invocando a los afectados por el fuego, es otro síntoma: el de quien sabe que la opinión pública todavía tiene memoria, aunque sea corta.

En Alcalá de Henares, desde este periódico de barrio y de ciudad, lo vemos con la distancia justa. No somos de Chamberí ni de la Sierra Oeste, pero el humo no entiende de códigos postales y el dinero público tampoco. Cuando una administración compra un inmueble de varios millones para “reuniones institucionales” y tres meses después lo pone a la venta porque el fuego se ha llevado por delante el relato, uno se pregunta si no hubiera sido más sencillo no comprarlo. O anunciarlo. O, al menos, comprobar antes si el planeamiento permitía usarlo como oficina. Detalles, ya se sabe. Detalles que solo molestan a los que no tienen terraza.

El verano de Ayuso no es solo de áticos, incendios y pantalones cortos. Es el verano de la distancia. De la distancia entre el despacho y el monte. Entre la foto y el desalojo. Entre la justificación de ayer y la venta de hoy.»Dora la Exploradora siempre terminaba encontrando el camino . Aquí, el camino parece más bien el de siempre: primero se hace, luego se explica, y si la explicación no cuadra, se vende y se dice que era para ayudar. Qué suerte tienen los afectados. Ahora, además de ceniza, tendrán la satisfacción de saber que su desgracia ha servido para que un ático de Chamberí cambie de dueño.

Uno escribe estas líneas desde Alcalá, con el calor de finales de julio y la certeza de que el próximo verano traerá más de lo mismo. Más fuego, más justificaciones y, quién sabe, más pantalones cortos. Porque mientras haya terraza con vistas y cámara delante, siempre habrá alguien dispuesto a explorar. Aunque lo que quede detrás sea solo humo.

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