EL GRAN TEATRO DEL FUEGO | Por Pedro Gumiel y Gil de Hontañón

Pedro Gumiel y Gil de Ontañón, articulista de ultratumba y notario espectral del esperpento patrio, regresa desde las brumas del más allá para asomarse a un país donde las llamas nunca arden solas. En El gran teatro del fuego, el autor convierte los incendios forestales en una despiadada función donde desfilan políticos, cámaras y oportunistas, mientras la prevención permanece entre bastidores esperando un protagonismo que nunca llega.

Fotocomposicion AH@ sobre una foto de agencia aportada por Gumiel
  • Pedro Gumiel utiliza los incendios como espejo de una política dominada por el espectáculo, las contradicciones y la ausencia de prevención.

Hace unos días respiramos tranquilos. Encontraron sano y salvo a Alberto Núñez Feijóo en medio de dos consejeros, tal cual como Cristo entre los dos ladrones. Corrían rumores sobre su estado de salud después de permanecer más de un cuarto de hora sin decir ninguna tontería ni hacer el ridículo. Afortunadamente todo quedó en un susto. La empanada gallega salió del horno en perfecto estado de conservación, aunque nadie alcanzó a comprender del todo qué demonios quería decir quizás porque la hubiera abducido Mariano Ozores. Conviene reconocer que esa habilidad constituye una tradición venerable dentro de la derecha española. Manuel Fraga ya hablaba como Antonio Ozores, pero con más sílabas y algunos grumos.

La escena coincidió con los incendios que han vuelto a convertir media España en una gigantesca parrilla. Como cada verano, las llamas llegaron con puntualidad británica. Lo sorprendente no es que aparezcan. Lo sorprendente es que año tras año quienes llevan décadas gobernando buena parte del territorio afectado reaccionen con la misma cara de asombro que pondría un pasajero del Titanic al descubrir que entra agua por el casco.

En Madrid, Isabel Díaz Ayuso —un triunfo del aeróbic sobre la genética y una pequeña anomalía estadística en el proceso evolutivo— llevaba tiempo explicando que el cambio climático era poco menos que una conspiración de científicos subvencionados, ecologistas ociosos y comunistas aficionados a vivir de paguitas. Cada vez que pronunciaba semejante disparate, la bancada popular reía encantada y VOX asentía con el entusiasmo del alumno que por fin entiende una pregunta del examen.

Mientras se ridiculizaba el calentamiento global, el convenio de los bomberos forestales madrileños seguía congelado desde hacía años. Las plantillas permanecían bajo mínimos. Los propios profesionales denunciaban que faltaban efectivos y que un servicio de prevención no puede funcionar únicamente cuando ya huele a chamusquina. Pero eso cuesta dinero, y gastar dinero en evitar una catástrofe tiene un inconveniente político insoportable: si la prevención funciona, luego no hay catástrofes donde hacerse la foto.

Porque una fotografía con chaleco institucional vale mucho más que un monte que nunca llegó a arder. Madrid parece haber desarrollado una curiosa filosofía presupuestaria. Hay recursos abundantes para publicidad institucional, campañas propagandísticas y determinadas líneas editoriales agradecidas. En cambio, la prevención de incendios resulta bastante menos fotogénica. Nadie corta cintas inaugurando un cortafuegos. Ningún informativo abre con un monte que no se ha quemado.

Después llega el incendio. Entonces aparece el ritual. La presidenta viste pantalón de excursión, botas recién estrenadas y un chaleco con la palabra PRESIDENTA bordada en letras tan discretas que podrían verse desde la Estación Espacial Internacional. La escena recuerda menos a una responsable política que a un personaje escapado de una función de Valle-Inclán dirigida por Ionesco. Solo falta que aparezca un apuntador indicando cuándo hay que mirar con gesto compungido hacia el horizonte.

Y allí están las cámaras. Porque si algo caracteriza la política contemporánea es que las llamas duran unos días, pero las imágenes sobreviven para siempre.

Mientras tanto, algunos vecinos descargan toda su indignación sobre Pedro Sánchez. Es una escena fascinante desde el punto de vista antropológico. Los mismos ciudadanos que votan a quienes consideran que el cambio climático es una exageración, que los impuestos son un robo y que el Estado debe intervenir lo menos posible, exigen inmediatamente que ese mismo Estado despliegue todos sus recursos cuando el fuego alcanza sus urbanizaciones. Hay algo profundamente español en odiar al fontanero hasta que se rompe la tubería.

El Gobierno central envía medios extraordinarios. Nunca serán suficientes. Si llegan pronto, llegan tarde. Si llegan muchos, faltan más. Si llegan todos, alguien preguntará por qué no estaban allí el día anterior. La culpa siempre pertenece al adversario político. El incendio puede extinguirse; la oportunidad de sacar rédito electoral jamás.

Al otro lado de la frontera administrativa, Castilla y León tampoco vive precisamente un verano relajado. Resulta curioso observar cómo buena parte del mundo rural apoya con entusiasmo a quienes cuestionan las políticas europeas mientras sigue dependiendo en gran medida de las ayudas europeas para sobrevivir. Del mismo modo, muchas explotaciones agrícolas funcionan gracias a trabajadores inmigrantes mientras respaldan discursos que consideran la inmigración el origen de todos los males.

La realidad posee un sentido del humor extraordinario. Y hablando de contradicciones pintorescas, aparece Carlos Sainz Jr., preocupado —y seguramente con razón— por la amenaza que los incendios representan para la enorme finca familiar situada en Ávila. Nadie discute que uno sufra cuando peligra su patrimonio. Lo llamativo es comprobar cómo algunos descubren de repente las virtudes del Estado cuando el fuego se aproxima a su puerta. Durante años se puede vivir tan ricamente en Mónaco para disfrutar de una fiscalidad más amable, como hace Carlos Sainz Jr. Pero cuando los montes empiezan a arder, los bomberos españoles recuperan de golpe todo su atractivo. Es una curiosa versión patriótica del «que inventen ellos». Los dineros, en el extranjero; las emergencias, en casa. Eso sí. La pulserita con la bandera nunca falta en la muñeca de los Sainz.

Mientras tanto, las redes sociales hacen lo que mejor saben hacer: fabricar teorías delirantes a velocidad industrial. Unos descubren conspiraciones internacionales. Otros ven pirómanos organizados por el Gobierno. Algunos convierten una cosechadora en la explicación universal de todos los incendios peninsulares. Da igual que la realidad sea mucho más compleja. Las conspiraciones siempre tienen la ventaja de que ahorran la molestia de pensar.

Pensar exige leer informes. Pensar obliga a escuchar ingenieros forestales, meteorólogos, climatólogos y especialistas en gestión del territorio. Y eso resulta muchísimo menos entretenido que reenviar un meme por las redes. Hay gente pidiendo que quienes cobran el paro vayan a apagar incendios. Siguiendo esa brillante lógica, si faltan cirujanos, mandamos a los del ingreso mínimo a quirófano y listo.

Los incendios forestales son bastante aburridos desde el punto de vista científico. Sequías prolongadas, temperaturas extremas, acumulación de combustible vegetal, abandono rural y episodios meteorológicos cada vez más agresivos. No hay masones, ni reptilianos, ni laboratorios secretos. Solo décadas de advertencias cuidadosamente ignoradas porque estropeaban determinados discursos electorales.

Pero admitir todo eso obligaría a gobernar. Y gobernar siempre resulta bastante más complicado que inaugurar polémicas. España vive instalada desde hace tiempo en una representación permanente. Arniches habría disfrutado escribiendo algunos diálogos. Valle-Inclán habría añadido un espejo cóncavo. Ionesco apenas tendría que corregir un par de escenas para convertirlas en teatro del absurdo.

No hace falta viajar a Almagro, Mérida o al Festival de Teatro Clásico para contemplar grandes interpretaciones. Basta con encender el televisor cualquier tarde de verano. Allí desfilan presidentes autonómicos vestidos como exploradores, líderes nacionales que descubren competencias administrativas únicamente cuando conviene políticamente y comentaristas capaces de explicar cualquier desastre sin pronunciar una sola vez las palabras «prevención» o «cambio climático».

Todo muy patriótico. Todo muy solemne. Todo extraordinariamente inútil. Al final, las llamas no distinguen entre votantes de izquierdas y de derechas. Tampoco preguntan quién negó el calentamiento global ni quién recortó presupuestos. El fuego tiene la desagradable costumbre de comportarse como un fenómeno físico en lugar de atender a los argumentarios de los partidos.

Nada nuevo, pues, detrás del telón. El gran teatro del mundo resiste a danas e incendios. Si el público fuera exigente, con el libreto político y sus intérpretes, sería un arte digno. Con la dignidad que se merecen los afectados por el fuego, cuyo infierno queremos que acabe pronto y bien. Prescindiendo de las habilidades escénicas.

He rescatado de mi hemeroteca una efeméride. Una ocurrió el 17 de septiembre de 1999 en el programa Día a día de Tele 5. Una mujer de 80 años responde a la presentadora: «Debes ser muy lista porque te haces muy bien la tonta».

No sé por qué he vuelto a acordarme de aquella escena. Supongo que será porque algunos políticos han convertido ese viejo consejo en un auténtico programa de gobierno. Y porque, mientras seguimos representando esta interminable comedia de enredos, los montes continúan ardiendo con una falta absoluta de sentido del humor.

Paseando por el maravilloso puerto peruano de Iquitos hace años circulaba una furgoneta con un potente altavoz que anunciaba: «Funeraria Modus Vivendi. ¡Tu funeraria!». Creo que esa sería la empresa adecuada para solucionar el dilema.

Y termino con otro recuerdo que apunté en su momento. En el programa de humor de mayor audiencia en Estados Unidos se señalaba que, de la misma manera que Bolivia, sin mar, tiene Ministerio de Marina, España tenía Ministerio de Justicia. Era solo un chiste.

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