La invasión del odio | Por Javier Bardón

El profesor de Psicología Social Javier Bardón analiza en esta tribuna cómo el odio deja de ser una reacción individual para convertirse en una construcción colectiva, alimentada por el miedo, la deshumanización y determinados discursos políticos y mediáticos. A partir de los recientes acontecimientos de Ceuta y del caso del pequeño Alí, el autor advierte sobre una industria que moviliza, monetiza y legitima la violencia, frente a la que reivindica la empatía como respuesta humana.

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  • Bardón alerta de que el miedo convertido en odio colectivo alimenta una industria política, mediática y violenta que deshumaniza a los más vulnerables.

      • Javier Bardón es profesor de Psicología Social, escritor y peatón»

Contrariamente a lo que la gente piensa, el odio no es una emoción, sino una actitud afectiva compleja; es decir, no es una respuesta automática ante un estímulo —veo un león, siento miedo—, sino una experiencia que se va construyendo y alimentando con el tiempo. Tiene, por supuesto, un plano emocional, en el que conviven el miedo, la ira y el asco, pero también uno cognitivo: la percepción de amenaza, la generalización, la deshumanización; y otro conductual: la hostilidad, la exclusión, la violencia. Tres planos estrechamente relacionados: sentir, pensar, actuar.

El odio se ha estudiado desde hace siglos por intelectuales de la talla de Averroes, el gran filósofo andalusí —y moro—, de cuyo nacimiento se cumplen ahora novecientos años. Averroes ya distinguía entre la ira, que nace de una ofensa o de un obstáculo, y el odio, que no necesita de un disparador concreto. La ira suele dirigirse contra individuos que nos han causado un perjuicio; el odio, en cambio, es más difuso y puede extenderse a grupos enteros. Señalaba otra diferencia: la ira tiende a desaparecer con el estímulo que la provoca; el odio es más persistente.

Ante el cariz que están tomando ciertos acontecimientos nacionales e internacionales, alguna gente se pregunta: ¿existe una industria del odio? Indudablemente, porque el odio moviliza y monetiza, o sea, proporciona poder y dinero. El odio factura, que diría aquella.

En las últimas semanas, Ceuta ha ocupado buena parte de la conversación pública. Constantemente escuchamos expresiones como «asalto a la valla», «invasión de menores», «avalancha de personas». No son términos neutros: construyen una narrativa que alimentan la maquinaria del odio. Invasión presupone un “nosotros” y un “ellos” e implica una amenaza, una intencionalidad hostil. También deshumaniza, pues apela a una masa anónima y homogénea, no a una suma de individuos con biografías particulares. Ante una invasión solo cabe defenderse.

¿Y cómo se defiende uno? Una de las formas de defensa, más antigua que el hambre, es azuzar el odio. El odio siempre ha sido una buena materia prima para la industria bélica, de ahí que ambas compartan cierta retórica: invasión es una palabra, pero hay más: enemigo, traidor, asaltante, soberanía nacional, amenaza, entrada masiva, expulsar, resistir.

Como toda industria, la bélica también necesita de una cadena de mando. Alguien marca la estrategia, provee del marco conceptual, apunta al enemigo. Hemos visto a políticos negándose a condenar actos de violencia o hablando de «cazar» migrantes. Otros actúan como correas de transmisión de los mensajes. Hemos visto a ciertos comunicadores con cámara, micrófono y hasta cerveza en mano, lanzando soflamas y apretando filas. El trabajo sucio, el mancharse las manos, se lo dejan, eso sí, a la tropa. Hemos visto a encapuchados en moto disparando contra los asentamientos. Uno de los perdigones alcanzó a Alí en la cabeza. Alí es un niño de ocho años que entró a nado en Ceuta y acampaba con su familia en la playa de El Príncipe. Alí presenta síntomas de estrés postraumático: tiene pesadillas, tiembla y la ansiedad le provoca dolores de barriga y vómitos. No es la primera vez. Hace tres años, otro menor casi muere por un disparo en el costado en ese mismo lugar. Hemos visto a vecinos disparando con una carabina desde un balcón. Hemos visto a gente pateando inmigrantes al grito de «moros de mierda» y grabándolo con un móvil. Hemos visto quemar las chabolas donde malviven. Hemos visto el odio.

Pero el odio no necesita que todos odien; solo que se vuelva socialmente legítimo. Primero se construye la amenaza, después se amplifica el miedo y se busca a un responsable. Finalmente, la hostilidad se presenta como una respuesta razonable. Tener miedo no convierte a nadie en xenófobo; el problema es cuando se atribuye a un grupo la responsabilidad de una conducta concreta realizada por uno o varios individuos.

La política tiene que ver con quién se hace cargo de las emociones. Del miedo, de la incertidumbre, de la rabia, de la frustración. ¿Quién convierte al miedo privado en odio colectivo? ¿Quién lo monetiza? ¿Quién le saca rédito electoral?

Frente al odio, la empatía. El odio generaliza y deshumaniza; la empatía singulariza y humaniza. Él se llama Alí. Tiene ocho años.

Hace nueve siglos, una vieja frase atribuida a Averroes resumía la fórmula: «La ignorancia lleva al miedo, el miedo al odio y el odio a la violencia».

Les soy franco: en lo que a mí respecta, la única invasión que me preocupa es la del odio.

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3 Comentarios

  1. A buenas horas activan los comentarios en este Artículo del día 20.
    Llevo pidiendo (por mail) que los activen desde el día 21 a las 12:51 AM, sin obtener ni respuesta.
    Ahora ya no me leería ni Perry. Por eso ya no lo pongo.
    No sé si habrá sido por descuido, por algún criterio que desconozco o por qué motivo.

  2. Sin acritud, como decía el otro, os pido que no me acuséis de buscar los tres pies al gato, ya que tras pediros por mail la activación de los comentarios el día 21 a las 12:51 y también a las 14:34 y de no obtener respuesta a dichos mails ni la activación de los comentarios, había admitido la posibilidad de que hubiera sido por descuido como podéis leer en mi anterior comentario.
    Había elaborado un extenso texto de respuesta al artículo pero, a estas alturas, ya no tiene sentido publicarlo porque no lo encontraría, posiblemente, ni el propio autor del mismo.
    Celebro que haya sido por descuido. Saludos.

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