Ganar no siempre basta | Por Pedro Enrique Andarelli

Pedro Enrique Andarelli reflexiona sobre la victoria de España en el Mundial y las recientes primarias del PSOE de Madrid para abordar una cuestión que trasciende el deporte y la política: la diferencia entre ganar y liderar. Una tribuna sobre la confianza, los proyectos colectivos y la convicción de que las victorias más importantes no nacen el día en que se cuentan los votos, sino mucho antes.

Foto de agencias
  • El verdadero liderazgo no empieza al ganar, sino cuando toca convencer también a quienes no te habían elegido.
Pedro Enrique Andarelli, director de ALCALÁ HOY

Confieso que este domingo me acosté con una sonrisa. España acababa de conquistar su segundo Mundial de fútbol tras una victoria épica frente a Argentina. No era solo un título. Era la culminación de un proyecto, el premio al talento, al trabajo colectivo y a la certeza de que los grandes equipos nunca se improvisan. Mientras millones de españoles celebrábamos una alegría compartida, casi al mismo tiempo, en un escenario mucho más discreto, el PSOE de Madrid cerraba sus primarias para elegir a su candidata a la Alcaldía de la capital. Dos victorias. Dos escenarios. Dos maneras muy distintas de ganar.

La comparación puede parecer forzada. Lo es, si nos quedamos en la superficie. El fútbol pertenece al terreno de las emociones; la política, al de las ideas. Uno se juega en un campo de césped y la otra en el de las instituciones. Pero ambos comparten algo esencial: detrás de cada victoria hay siempre un proyecto. Y es precisamente ahí donde empiezan las diferencias.

España no ganó un Mundial el domingo. Lo llevaba ganando desde hacía mucho tiempo. Desde que alguien decidió apostar por una forma de jugar, por una generación de futbolistas y por una idea reconocible dentro y fuera del terreno de juego. El triunfo frente a Argentina fue la fotografía final de una película que llevaba años rodándose. Ninguna selección levanta una Copa del Mundo por casualidad. Los campeones no aparecen de la noche a la mañana; se construyen.

Quizá por eso me resultó inevitable pensar, mientras veía las imágenes de la celebración, en otra victoria mucho menos ruidosa que se estaba produciendo ese mismo día. Las primarias del PSOE madrileño habían dado la victoria a Reyes Maroto frente a Enma López. Un resultado legítimo, claro, pero también mucho más complejo de lo que sugiere un simple titular. Porque una cosa es ganar una votación interna y otra muy distinta convencer a una mayoría social. Hasta aquí, el paralelismo termina. O quizá no.

Porque tanto el deporte como la política suelen dejarnos una enseñanza que olvidamos con demasiada facilidad: las victorias nunca significan lo mismo. Hay triunfos que ponen el broche a un proyecto colectivo y otros que apenas abren una etapa llena de interrogantes. Levantar una copa no es comparable a ganar unas primarias, por supuesto. Pero ambos acontecimientos obligan a hacerse la misma pregunta: ¿qué viene después?

En el caso de la selección española, la respuesta parece evidente. Después de la celebración llegará el inevitable relevo generacional, nuevas exigencias y la presión de seguir estando arriba. Pero existe una ventaja indiscutible: nadie duda del proyecto. Los jugadores cambian, los entrenadores pasan, las tácticas evolucionan, pero permanece una identidad reconocible. Esa identidad es la que convierte un éxito puntual en una trayectoria.

En política ocurre exactamente al revés. Con demasiada frecuencia se confunde la victoria con el punto de llegada, cuando en realidad solo representa el punto de partida. Ganar unas primarias resuelve una competición interna; no resuelve el verdadero desafío de cualquier dirigente político: convencer a quienes no estaban en la sala cuando se depositaron las papeletas.

Las cifras hablan por sí solas. Reyes Maroto obtuvo una victoria clara frente a Enma López, pero casi la mitad de los militantes optó por otra candidatura. Esa realidad no debilita a la vencedora; al contrario, define la magnitud del reto que tiene por delante. Liderar consiste precisamente en eso: transformar una mayoría suficiente para ganar en una mayoría amplia capaz de integrar. Y esa diferencia, que parece un simple matiz semántico, separa a los buenos candidatos de los grandes líderes.

Los partidos políticos dedican enormes esfuerzos a elegir quién debe encabezar un cartel electoral. Es lógico. Forma parte de su funcionamiento democrático. Sin embargo, a veces tengo la impresión de que invierten mucho menos tiempo en responder a una cuestión bastante más incómoda: ¿por qué deberían confiar los ciudadanos en esa persona? Son dos preguntas distintas. La primera la responden los militantes. La segunda solo puede responderla la sociedad.

Porque, en el fondo, los proyectos colectivos no se sostienen únicamente sobre el éxito. Se sostienen sobre la confianza. El éxito puede llegar un domingo por la noche, al término de una final inolvidable o tras el recuento de unas primarias. La confianza, en cambio, tarda mucho más en construirse. Exige coherencia, paciencia y una dirección reconocible. Nadie sigue durante años a quien solo sabe ganar; la gente sigue a quien sabe hacia dónde quiere ir.

Quizá por eso siempre me ha parecido especialmente lúcida una reflexión de Hannah Arendt cuando afirmaba que el poder no pertenece a quien manda, sino a quienes son capaces de actuar concertadamente. No estaba hablando de fútbol ni de política municipal, naturalmente. Hablaba de algo mucho más profundo: de la capacidad de construir un proyecto compartido.

Eso fue, precisamente, lo que consiguió la selección española durante este Mundial. Más allá del talento individual de sus futbolistas, transmitió la sensación de que todos compartían una misma idea, un mismo lenguaje y un mismo objetivo. Los equipos verdaderamente grandes no se distinguen porque ganen una final. Se distinguen porque, cuando llega esa final, nadie duda de quiénes son ni de cómo han llegado hasta ella.

Hay una diferencia esencial entre formar parte de un proyecto y liderarlo. Los jugadores de la selección española sabían cuál era su papel y confiaban en el de sus compañeros. En política ocurre exactamente lo mismo. Un líder no es quien ocupa el primer puesto en un organigrama ni quien obtiene más votos en una elección interna. Un líder es quien consigue que personas con sensibilidades distintas acepten caminar en la misma dirección porque comparten un objetivo superior a sus diferencias.

Ese es, precisamente, el desafío que tienen por delante todos los vencedores de unas primarias. También Reyes Maroto. Nadie puede discutir la legitimidad de su victoria ni el respaldo obtenido entre la militancia socialista madrileña. Pero las primarias no eligen alcaldes ni presidentes; eligen candidatos. El verdadero liderazgo empieza al día siguiente, cuando toca convencer no solo a quienes te votaron, sino también a quienes apostaron por otra opción y, sobre todo, a quienes nunca participaron en ese proceso.

La historia reciente está llena de dirigentes que confundieron el respaldo de los suyos con el respaldo de la sociedad. Y también de otros que entendieron que una victoria interna no era un punto de llegada, sino el comienzo de una tarea mucho más difícil. Porque las primarias otorgan legitimidad para representar a un partido, pero la autoridad política solo la conceden los ciudadanos cuando perciben un proyecto creíble, integrador y útil para la mayoría.

Quizá por eso me gustan tan poco los discursos de los vencedores construidos alrededor del «hemos ganado». Ganar es una circunstancia; gobernar, o aspirar a hacerlo, exige algo bastante más complejo. Exige escuchar a quienes no te apoyaron, integrar el talento de quienes pensaban distinto y demostrar, con hechos, que el proyecto está por encima de las personas. Cuando eso ocurre, el liderazgo deja de ser una cuestión de autoridad para convertirse en una relación de confianza.

Quizá por eso la celebración de este domingo dejó una sensación difícil de explicar. España no solo había ganado un Mundial. Había transmitido la impresión de que llevaba mucho tiempo preparándose para ese momento. En política ocurre exactamente igual. Las victorias más sólidas nunca nacen el día en que se cuentan los votos. Ese día solo se recoge el fruto de lo sembrado mucho antes. Y cuando no hay nada sembrado, por brillante que parezca la cosecha, el éxito suele durar bastante menos que la fotografía de la victoria.

Quizá esa sea la principal enseñanza que nos han dejado este domingo el deporte y la política. Ganar importa, claro que importa. Nadie compite para perder. Pero las victorias solo adquieren verdadero sentido cuando son la consecuencia de un proyecto capaz de generar confianza antes incluso de llegar a la meta. Lo demás suele ser efímero.

España levantó su segunda Copa del Mundo porque durante mucho tiempo fue construyendo algo más sólido que un buen equipo: una idea compartida. Reyes Maroto ha conquistado legítimamente el liderazgo de su partido en Madrid. Ahora comienza una tarea mucho más exigente: convertir esa victoria interna en un proyecto capaz de ilusionar a una mayoría de ciudadanos.

Al fin y al cabo, las finales se juegan una tarde. La confianza, en cambio, se construye durante años. Y es ella, mucho más que cualquier trofeo o cualquier victoria en unas primarias, la que acaba decidiendo la historia.

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