La Soledad de Alcalá reina sobre el Viernes Santo y eleva la Semana Santa a su cumbre emocional

La procesión de la Soledad Coronada y el Sagrado Descendimiento elevó el Viernes Santo de Alcalá de Henares a una de sus cotas más altas de emoción, acompañada por una multitud entregada en las calles. La jornada se completó con la fuerza multitudinaria de la Trinitaria de Medinaceli y el sobrecogedor silencio del Santo Entierro, en una sucesión de escenas que confirmaron la extraordinaria vitalidad y profundidad de la Semana Santa complutense.

  • Soledad, Medinaceli y Santo Entierro dibujan un Viernes Santo multitudinario, solemne y profundamente emocional en las calles de Alcalá de Henares.
  • Crónica gráfica y video de Myriam Trujillo para ALCALÁ HOY

Alcalá de Henares volvió a detener el pulso en la tarde del Viernes Santo para asistir, una vez más, a uno de esos momentos que trascienden lo religioso para instalarse en la memoria colectiva de la ciudad. La salida de María Santísima de la Soledad Coronada y el Sagrado Descendimiento de Nuestro Señor Jesucristo no fue solo un acto litúrgico ni una cita marcada en el calendario: fue, sobre todo, una reafirmación emocional, casi identitaria, de lo que significa la Semana Santa complutense.

Había ganas. Muchas. Las suficientes como para que la calle Libreros se convirtiera desde mucho antes de la hora prevista en un hervidero humano, en un río de miradas expectantes que buscaban la puerta de la Iglesia de Santa María la Mayor como quien espera una revelación. El recuerdo aún reciente del año anterior, cuando la lluvia obligó a interrumpir la procesión, actuaba como un resorte íntimo. Este año no. Este año sí.


La salida: una ciudad expectante ante su Virgen

El cielo, limpio y azul como una promesa cumplida, y una temperatura más que amable, superando los veinte grados, terminaron de dibujar el escenario perfecto. No faltaba nada. Ni siquiera esa mezcla de silencio y murmullo previo que anuncia que algo importante está a punto de suceder. La escena se desplegaba con una precisión casi coreográfica. Y entonces, como siempre, llegó el instante: la puerta se abrió y el tiempo pareció dilatarse.

El primero en asomar fue el Sagrado Descendimiento. Sobrio, castellano, profundamente contenido. Un paso que no necesita artificios para conmover, que habla desde la austeridad y la verdad de sus formas. Las primeras levantás arrancaron los aplausos de un público que reconocía en ese gesto el inicio real de la procesión.

Las figuras, obra de Jesús Méndez Lastrucci, componían una escena de una fuerza plástica incuestionable. Nicodemo y José de Arimatea acompañando el descendimiento, el cuerpo de Cristo descendiendo con una gravedad que parecía extenderse más allá de la madera. Todo sostenido por cuarenta costaleros que imprimían al paso ese equilibrio delicado entre esfuerzo y elegancia.

Después, como un giro de guion perfectamente medido, llegó la Soledad Coronada. Y con ella, otro lenguaje. Otra forma de entender la devoción. La Virgen, tallada en 1961 por Antonio Castillo Lastrucci, avanzaba envuelta en una atmósfera completamente distinta: más luminosa, más emocional, más cercana al sentimiento popular que desborda.

El palio, la saya de terciopelo negro bordada en oro, el ritmo más cadencioso… todo contribuía a esa estética que conecta con lo sevillano sin perder su identidad alcalaína. Veintiocho costaleros sostenían no solo el paso, sino el peso simbólico de una imagen que en Alcalá es mucho más que una advocación: es referencia, es emoción, es memoria viva. Y en medio de ambos mundos, los capataces. Distintos en estilo, pero igualmente decisivos. Sus órdenes marcaban no solo el compás, sino el carácter de cada paso. Ahí, en ese diálogo entre mando y esfuerzo, se construye buena parte de la magia.


Recorrido, petaladas y una ciudad entregada

El itinerario, el esperado, permitió a la procesión desplegar todo su potencial escénico. De Libreros a Beatas, de ahí a la plaza de San Diego, y más tarde a Bustamante de la Cámara, donde la Virgen recibió una de esas petaladas que no se olvidan fácilmente. Un instante suspendido en el aire, casi cinematográfico.

Después, la plaza de Cervantes, corazón simbólico de la ciudad, y el discurrir por Cerrajeros, Ramón y Cajal, Mayor, Imagen, Santiago y Tinte hasta regresar al punto de partida. Un recorrido que no es solo geográfico: es emocional. Cada calle, cada esquina, aporta su propia atmósfera.

La presencia institucional, con el obispo Antonio Prieto Lucena y una nutrida representación de autoridades civiles, encabezadas por Gustavo Severién, Cristina Alcañiz, Lola López, Pilar Cruz y la corporación socialista con Javier Rodríguez Palacios, Enrique Nogués, Miguel Castillejo María Aranguren, Alberto Blázquez, y Rosa Gorgues, aportó el carácter oficial que requiere una cita de este nivel. Junto a ellos, los representantes de las Cofradías Penitenciales de Alcalá, con su presidente Gregorio Manzanares.

Pero, más allá de cargos y nombres, lo verdaderamente importante era otra cosa: la gente. Porque si algo quedó claro es que Alcalá salió a la calle. En masa. Con respeto, con emoción, con esa mezcla de fe, tradición y orgullo que convierte estas procesiones en algo único.


Medinaceli: la fuerza del Nazareno y la marea morada

Si la Soledad representa la culminación emocional del Viernes Santo, la procesión de la Trinitaria de Medinaceli encarna su dimensión más multitudinaria. Y este 2026, además, con un valor añadido: el de haber recuperado plenamente sus dos procesiones tras años marcados por la meteorología.

  • Fotos de Myriam Trujillo para ALCALÁ HOY y del Ayuntamiento

La salida desde el Colegio de Málaga volvió a reunir a centenares de personas en sus alrededores. No era para menos. Hacía tres años que Alcalá no podía disfrutar con normalidad de ambas estaciones de penitencia de Medinaceli. Esta vez, sí. El Nazareno, acompañado por la escena de la Sacra conversación, con San Juan Evangelista y María Magdalena, avanzó entre una auténtica marea morada de penitentes. Cerca de 1.600 esclavos conforman esta cofradía, la más numerosa de la ciudad, y eso se nota. Se siente. Se impone.

El momento de la salida, con la interpretación de la Marcha Real por la Agrupación Musical Jesús de Medinaceli, marcó el tono de una procesión que combina solemnidad y espectacularidad. La presencia del Cuerpo Nacional de Policía, la Guardia Civil y los veteranos de la Brigada Paracaidista añadió un componente simbólico de gran fuerza.

Entre las autoridades presentes se encontraban el segundo teniente de alcaldesa, Víctor Acosta, Orlena de Miguel, Antonio Saldaña,  Santiago Alonso, del equipo de gobierno y los concejales socialistas Enrique Nogués y Miguel Castillejo, junto al obispo Antonio Prieto Lucena.

El recorrido, clásico y perfectamente medido, Colegios, Trinidad, Cárcel Vieja, Santa María la Rica, Empecinado, Escritorios, Santa Úrsula y regreso, permitió a miles de personas acompañar al Nazareno en su caminar. Porque Medinaceli no se contempla: se vive.


Santo Entierro: el silencio que sobrecoge a la ciudad

La noche cayó sobre Alcalá, pero la emoción no se apagó. Más bien al contrario. A las 23:00 horas, la salida de la procesión del Santo Entierro desde la Catedral Magistral ofreció uno de los momentos más sobrecogedores de toda la Semana Santa.

  • Fotos del ayuntamiento y del PSOE

Aquí no hay aplausos. No hay música triunfal. Hay silencio. Un silencio denso, casi físico, que lo envuelve todo. El juramento en la Lonja de la Magistral marcó el inicio de una  procesión distinta. “¿Juráis acompañar a nuestro Santísimo Cristo Yacente en absoluto silencio?” Y la respuesta, unánime, selló el compromiso colectivo: “Sí, lo juro”.

La salida de la Catedral Magistral del Santísimo Cristo Yacente estuvo precedida del Himno Nacional y, a continuación, tuvo lugar el tradicional juramento de silencio en la Lonja de la Magistral, uno de los instantes más solemnes y reconocibles de toda la Semana Santa complutense. En la salida estaban presentes el obispo, Monseñor, Antonio Prieto Lucena, y, entre las autoridades civiles, la concejal Esther de Andrés,  Víctor Cobo, Pilar Cruz, del equipo de gobierno. Asimismo Javier Rodríguez Palacios, bien avenido por una noche con el recogimiento, la gravedad del momento y las virtudes del silencio, y las concejalas y concejales socialistas Alberto Blázquez, María Aranguren y Rosa Gorgues, además de los representantes de las Cofradías Penitenciales de Alcalá encabezados por su presidente, Gregorio Manzanares.

A partir de ese instante, solo el sonido del tambor y la campana del barandales rompía la oscuridad. Porque las calles se apagan. Literalmente. Y en esa ausencia de luz, la ciudad se transforma. El Cristo Yacente, talla anónima vinculada a la escuela de Gregorio Fernández, se convierte en el eje de una procesión que es, ante todo, introspección. A su alrededor, la cruz y la Virgen de los Dolores completan una escena de una belleza austera, casi sobrecogedora.

El paso por la calle Mayor, ya sin bullicio, permite comprender la verdadera esencia de esta procesión. No es espectáculo. Es experiencia. Es silencio compartido. Y así, entre sombras, recogimiento y memoria, Alcalá cerró un Viernes Santo que no solo cumplió las expectativas: las superó. Porque cuando la ciudad se reconoce a sí misma en sus tradiciones, lo que sucede no es solo una procesión: es algo mucho más profundo.

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