- José Antonio Tello Sáenz es poeta y crítico musical especializado en Clásica. La escritura es el oficio del alma que logra guiar su mirada artística polifacética.
«¿Cree en Dios?» Una señora me persigue con un panfleto religioso que ha de pasar obligatoriamente, es lo que intenta ella, de su mano a la mía. A pocos metros, un hombre se rodea de público y de algunos teléfonos móviles que le graban. De momento, son escasos. El showman monologa a grito pelado de los peligros morales que nos acechan y del amor providencial que nos salva. Más o menos eso. Nada nuevo bajo el sol que antes no haya estado reverberando en templos, solemnemente declamado en oficios religiosos o extendido con paciencia santa en misiones.
Le acompañan a sus pies, parece que como utillaje de una puesta en escena, una guitarra clásica y la maqueta artesana de un precioso barco pesquero. Predican (del latín predicare, que significa publicar, hacer patente y claro algo), unos con discursos y otros con conversaciones. Se han olvidado de que son unos extraños para nosotros, los paseantes, los señores del camino, y por eso acceden a la intimidad de un silencio mental que nadie debiera violentarnos. Pero ellos están más en el poder que en el deber.
Quienes recorremos esa preciosa calle, al fin peatonal y suntuosamente urbanizada, venimos sorteando a niños desbocados, a pedigüeños incansables que no dan abasto con tanto censo de paraíso vespertino, al salpicado big bang de las terrazas de bar, a palomas entregadas al suelo rico en nutrientes procesados, a fortuitos coches patrulla de paso lento… Es una preciosa tarde de primavera venida a más, lo suficientemente valiosa como para que uno se enfade sin pizca de paciencia con todo el que se atraviese para cambiarla.
La señora insiste en conectarme a su cable espiritual de alto voltaje, que ya no es solo papel. Tras su gesto altruista se vislumbra una actitud inquisitiva, amasando imperativos y sin atender a mi secuencia de negativas. La miro y le sonrío, la dejo atrás mientras le digo ingeniosamente que si tan valioso es lo que me ofrece, me puede la generosidad de rechazárselo porque en sus manos vale más que en las mías. Entonces, desafinado en mis cálculos, enciendo la llama de su furia, y ella se acerca de nuevo a mí con urgencia y peligrosa seriedad. Poseído por una valentía bien calibrada, yo la espero de perfil.
Aquella pregunta llega de su boca, candidata a ser la del millón libre de impuestos, para medir mi espíritu y arrancar otra indeseable fase de conversación, ahora apasionada y de mucho más interés para su intrusión. «¿Cree en Dios?» Estamos frente a frente, yo no dejo de sonreír hasta que le respondo: «Y a usted qué le importa». Recupero después mi sonrisa, y la conversación se cierra con un desorientado aspaviento de su brazo libre, en retirada y compañía del eco ininteligible de algunas citas sagradas.
La situación no va de dioses ni de teologías, va de respeto. Del respeto de los extraños que deciden acceder a las conciencias y creencias de los otros. De su respeto y del mío. De las preguntas íntimas a desconocidos y de las incómodas respuestas defensivas. Pero también, y sobre todo, del terreno obviamente inexistente donde no podemos ejercer de humanos libres sin proteger el bien primordial de todas las libertades. Creer no es un bien a compartir con aventura, y las palabras emanadas en coherencia tampoco son ley para ordenar el silencio del resto. No necesito sus creencias y no quiero que ustedes necesiten las mías. Sencillo y tolerante: si no media confianza, dejemos a los demás en paz (léase lo más literal posible).
















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Pues hijo, tampoco me parece a mí tan ofensivo y punible el que una persona con creencias fanáticas le pregunte por su grado de fé en Dios por nuestra recién peatonalizada y adoquinada calle libreros. Junto con algún mendigo casino habitual, algún personaje friqui plan nota llamando la atención, turista extranjero despistado, quinceañera adolescente en plena efervescencia, policía patrullando enlatado en su coche cara aquí estoy yo para protegerte y algunos otros personajes así, componen el paisanaje de esta ciudad. Casi incluso deberíamos protegerlos que algunos están en peligro de extinción.
En la memoria tengo a los Hare Crismas, soldados americanos de la base formato negro armario, militares desfilando primero con cetme y luego no camino de maniobras en el rio, paracas radio casette XXL a todo volumen al hombro sobre la oreja, congregaciones de monjas y curas de paseo, militares alta graduación con los galones, el gitano con la cabra la escalera y el órgano tocando sin tocarlo el solito el pasodoble de Alcalá, los cansinos Testigos de Jehová…y tantos y tantos otros.
..Y no nos rasgabamos las vestiduras. Que aquí hay «gente pa to»
Desde hace siglos, la religión pide, exige respeto pero ellos son incapaces de respetar a nadie: las procesiones, las campanas, los folletos, los altavoces… cuando no el acoso personal… crean siempre un estado de opresión sobre la persona absolutamente intolerable. Si quieren respeto, empiecen por darlo. Cada acto religioso en la calle es un atentado a mi intimidad, a mi forma de pensar. Respetamos sus creencias, ¿por qué ellos son incapaces de respetar las nuestras? Tienen cientos de iglesias, catedrales, dinero en abundancia… ¿por qué no se quedan en esos espacios sin invadir los de los demás?
Pues prohibamos también las celebraciones futbolísticas, las manifestaciones de zurdos y diestros, y las de centro, las de los maestros, o las de la sanidad, incluso ¿por qué no?, las carreras populares, las ciclistas, hasta las cabalgatas de ferias; obviamente hay muchas ideas, creencias, celebraciones, fanatismos, etc. que no comparto y no por ello voy por ahí rezongando por lo bajini, protestando por sentirme invadido.
Pero sí, hay una cosa que me sorprende: qué entre todo este tipo de actos sólo hagas hincapié en los de la iglesia católica… No se, Paco, ¡háztelo mirar!