- Ibarra se despide con agradecimientos, autocrítica y advertencias sobre el clima político mientras el PSOE anuncia a Alba Ibáñez como sustituta en el Ayuntamiento.
- Cronica gráfica de Ricardo Espinosa y video editado por ALCALÁ HOY
El salón de plenos del Ayuntamiento de Alcalá de Henares vivió este martes uno de esos momentos que, sin ruido ni votaciones trascendentes, dejan poso. La renuncia de Blanca Ibarra Morueco a su acta de concejala, tras casi siete años de presencia en la corporación, no fue un trámite administrativo más. Fue, sobre todo, una despedida con contenido político, con carga emocional y con un mensaje que trascendió el gesto institucional para instalarse en el terreno incómodo de las “líneas rojas” y del deterioro del debate público.
Porque Ibarra no se fue de puntillas. Se despidió hablando. Y diciendo cosas. Desde el primer momento, la ya exconcejala dejó claro el tono de su intervención: agradecimiento, sí, pero también reflexión. “He pedido la palabra para despedirme… sencillamente dando las gracias”, arrancó, con esa sobriedad que suele anticipar discursos más densos de lo que aparentan.
Su primera parada no fue la política, sino la estructura que sostiene el Ayuntamiento. Funcionarios y personal municipal. Ibarra los situó en el centro del relato institucional, recordando que son quienes garantizan la continuidad frente a la intermitencia de los cargos electos. Definió el consistorio como “un barco gigante donde se toman muchas decisiones” y subrayó que, mientras los políticos “van y vienen”, hay una base estable que mantiene el rumbo.
Ese reconocimiento no fue retórico. Introdujo uno de los ejes de su intervención: la pandemia. Un momento que, en su relato, funcionó como prueba de estrés del sistema y como espejo del compromiso de lo público. “No había un manual de instrucciones ni un protocolo”, recordó, reivindicando el papel de quienes “estuvieron al pie del cañón” en un contexto desconocido.
Ahí empezó a dibujarse una despedida que no era solo personal, sino también política en el sentido más amplio: una defensa de lo público, pero también de cómo se ejerce la política dentro de esa estructura.
Las líneas rojas: cuando la política se degrada
El momento clave llegó cuando Ibarra giró el foco hacia la propia dinámica política del Ayuntamiento. Lo hizo con una advertencia clara, casi pedagógica, pero con un trasfondo evidente: el clima político importa, y mucho. “La política puede y debe ser confrontación de ideas, pero nunca debería convertirse en descalificación personal”, afirmó. No es una frase nueva en el repertorio institucional. Pero en este contexto una despedida adquiere otro significado. Es balance. Es diagnóstico. Y, sobre todo, es aviso.
Ibarra habló de “líneas rojas que nunca deberían sobrepasarse” y lanzó una reflexión que resonó más allá de los escaños: cuando la política cruza ese límite, “todos perdemos un poquito y la ciudadanía lo pierde todo”.
No fue un reproche concreto, ni un señalamiento directo. Pero tampoco fue neutro. En una corporación marcada en los últimos años por la tensión política y el endurecimiento del debate, el mensaje se interpretó como una llamada de atención general… y también como una toma de posición personal sobre cómo entiende ella la política.
Si el discurso hubiera quedado ahí, habría sido una despedida institucional con tono reflexivo. Pero Ibarra dio un paso más. Y ese paso es el que convierte su intervención en algo más relevante. Miró hacia su propia bancada. “La reflexión también la quiero hacer hacia adentro”, dijo sin rodeos.
Y a partir de ahí, el discurso subió de temperatura. Habló de “silencio cómplice”, de permitir ataques personales dentro de los propios grupos y de la tentación de deshumanizar al adversario político. No como algo ajeno, sino como una práctica que puede infiltrarse en cualquier formación. El núcleo de su mensaje fue directo: si se actúa igual que aquello que se critica, “quizá no estamos siendo lo que decimos ser”.
No es habitual escuchar una autocrítica de ese calibre en un pleno municipal, y menos en el momento de una despedida. Ahí es donde su intervención adquirió un carácter casi de cierre de etapa con ajuste de cuentas, no personal, sino político, sobre determinadas dinámicas internas. Sin nombres. Pero con destinatarios claros para quien quisiera escucharlos.
Política y afectos: el refugio personal
Tras ese tramo más áspero, Ibarra recuperó un tono más íntimo. Lo hizo mencionando a tres compañeros, Enrique Nogués, Miguel Castillejo y Alberto González a quienes definió como “familia”.
No fue una concesión sentimental gratuita. Sirvió para introducir otra idea: la política también se sostiene en vínculos personales, especialmente en los momentos difíciles. Habló de etapas “muy chungas”, de la sensación de que “el camión nos iba a pasar por encima”, y de cómo esas experiencias han generado un vínculo “indestructible”.
En ese punto apareció otra capa del discurso: la crítica a los relatos externos. Ibarra denunció que en ocasiones se han intentado construir divisiones internas o “historias que no tenían nada que ver con la realidad”. Y reivindicó que solo quienes han compartido ese camino conocen lo que realmente ha ocurrido.
Es, en cierto modo, una defensa de la trastienda de la política frente al ruido público. Y también una declaración de continuidad: “por vosotros pasa el futuro de esta ciudad”, dijo dirigiéndose a esos compañeros, dejando claro que, aunque ella se vaya, su espacio político sigue en marcha.
El último tramo de su intervención volvió a abrirse hacia fuera. Hacia la ciudadanía. Ibarra reivindicó el “honor” de haber representado a los vecinos durante estos años y, en un gesto poco habitual, introdujo una nota de humildad: “me habéis enseñado muchísimo más de lo que yo os he podido aportar”.
Hubo también espacio para la disculpa. Por no haber llegado a todo, por no haber sido siempre lo suficientemente ágil. Una forma de cerrar el círculo desde la responsabilidad individual. Y, finalmente, la frase que resume su salida: deja el cargo, pero no la ciudad. “Seguiré siendo ante todo una vecina más… nos vemos en las calles”.
Un cierre sencillo. Pero efectivo.
Reacciones: reconocimiento y relevo
Tras su intervención, el pleno volvió a su tono habitual, pero con un cierto clima de respeto.
Rosa Romero, portavoz de Más Madrid, optó por un enfoque personal. Recordó su relación con Ibarra en la etapa previa a su entrada en política y, especialmente, durante la pandemia, cuando la exconcejala gestionaba el área de Salud. Destacó su “mano tendida” y sus “palabras de aliento” en un momento “muy crítico y muy dramático”, poniendo en valor su perfil más allá de la confrontación partidista.
Por su parte, el portavoz socialista, Javier Rodríguez Palacios, situó la despedida en clave de continuidad. Reconoció los momentos duros vividos, de nuevo la pandemia como eje, y reivindicó el valor del compromiso político. Su mensaje fue más institucional: mirar hacia adelante “con esperanza” y quedarse con lo positivo.
Pero, además, introdujo el elemento práctico: el relevo. Anunció que Alba Ibáñez será quien ocupe el acta vacante, destacándola como “una gran persona” con ganas de asumir el papel dentro del grupo municipal. Con ese anuncio, el pleno cerró el punto. La maquinaria institucional siguió.
Entre los ausentes destacados en la sesión cabe mencionar a Cristina González, presidenta de la gestora del PSOE local, cuya no presencia en un momento de cierre de etapa como este no pasó desapercibida en el Salón de Plenos, si bien en ningún momento había anunciado su asistencia.
Pero la intervención de Ibarra ya había dejado su huella.




















