
- Andarelli retrata un ferragosto de áticos, eclipses y crisis fronterizas mientras el rumor de Cayetana agita el futuro político de Ayuso.

¡Ay, madrileños de mi alma, qué verbena nos ha caído este 15 de agosto de 2026! Mientras los bomberos bajaban el cuadro de la Virgen con el sudor de siempre y Almeida y Ayuso se hacían la foto de la unidad castiza entre palomas de bronce y chotis de orquesta, por los pasillos del Partido Popular se escuchaba otro soniquete, más de zarzuela de enredo que de verbena popular. Un rumor, un bombazo, un susurro de esos que empiezan en un canal de YouTube de nombre tan sutil como “La zurda televisión” y acaban rodando de barra en barra: que Isabel Díaz Ayuso, la presidenta de los áticos y de las mayorías absolutas, podría estar a punto de colgar el mantón de Manila antes de las elecciones de mayo, y que Alberto Núñez Feijóo, ese gallego de mirar largo y hablar corto, ya tiene preparada a la sustituta: nada menos que Cayetana Álvarez de Toledo, marquesa de Casa Fuerte, historiadora de salón y diputada de verbo afilado.
Uno no sabe si reír o echarse a llorar de la gracia. Porque resulta que el mismo partido que lleva años vendiendo a Ayuso como el milagro popular, la chulapa que habla como el pueblo y gobierna como Dios manda, ahora, según el rumor, se plantearía cambiarla por una aristócrata de pedigrí internacional. ¡Qué cambio de registro! De la verbena de la Paloma al baile de máscaras de un salón del siglo XVIII. De “dónde vas con mantón de Manila” a “dónde vas con blasones y doctorado”.
El pretexto, claro está, es el dichoso ático de Chamberí. Ese piso de casi quinientos metros, terraza de doscientos, cine privado y habitación para el servicio que la Comunidad compró en abril con dinero público, justificó como oficina temporal y luego puso a la venta a toda prisa. Una operación inmobiliaria de lujo disfrazada de gestión de crisis. Y mientras Ayuso decía que no era para ella y Almeida sentenciaba en plena verbena que “si todo lo que tienen es el ático, hay Ayuso para rato”, por dentro del partido algunos empezaban a hacer cuentas. Porque el ático no solo tiene metros: tiene olor a descontrol.
Pero no se vayan ustedes a creer que solo hay drama en Génova y en la Puerta del Sol. Este temido ferragosto venía cargado de otras verbenas menos alegres. Mientras en Madrid se discutía si el ático justificaba un cambio de cromos, en Ceuta se vivía (y se sigue viviendo) la resaca de la mayor crisis migratoria de los últimos tiempos: decenas de miles de personas cruzando la frontera a finales de julio, muertos en el mar, la ciudad colapsada, miles de menores aún en las calles y un nuevo intento de embestida este mismo sábado que, por fortuna, las fuerzas marroquíes y españolas lograron abortar. ¡Y qué decir del presidente del Gobierno! Pedro Sánchez, el de las vacaciones sagradas, el que no interrumpe ni un día de La Mareta aunque la ciudad autónoma se le desborde y Marruecos juegue al gato y al ratón con la frontera. “Es responsable y un traidor”, llegó a decir Ayuso. Y uno, aunque sea de izquierdas y mire con recelo los excesos de la derecha madrileña, no puede evitar asentir con la cabeza: hay críticas al gobierno sanchista que se han vuelto tan pertinaces como el calor de agosto, y no todas son inventos de la oposición.
Y como si no bastara con Ceuta, nos regalan el despilfarro del eclipse. El 12 de agosto, mientras media España miraba al cielo con gafas de cartón y la otra media hacía cuentas para llegar a fin de mes, cuatro ministros del Ejecutivo (Morant, Marlaska, López y Torres) se plantaban en el Observatorio de Yebes a contemplar el fenómeno total con zona VIP, catering, barra libre, carpas climatizadas y hasta concierto indie. Setenta y dos mil euros oficiales, según la factura, aunque Ayuso, con esa lengua afilada que tanto le gusta usar cuando no le toca a ella, exigía el desglose entero: conductores, escoltas, hoteles, comidas… “Fiesta a cuerpo de rey”, dijo. Y no le faltaba razón en el tono. Porque hay algo profundamente zarzuelero en un gobierno que organiza una verbena ministerial bajo el sol mientras en Ceuta se cuenta a los que no llegaron y en Madrid se pelean por un ático. El sanchismo, con su manía de convertir lo público en escenario propio, vuelve a regalar munición a quienes lo critican sin descanso. Y los críticos, pertinaces como el chotis de la orquesta, no dejan de repetir la misma copla: despilfarro aquí, abandono allá, y el presidente siempre de vacaciones.
Desde esta ciudad cervantina de Alcalá de Henares, donde el ingenioso hidalgo sigue cabalgando en la memoria de las piedras y donde uno escribe estas líneas con la retranca de quien observa el espectáculo de lejos pero con interés, la cosa se ve aún más clara. Aquí, en la cuna de Cervantes, estamos acostumbrados a las novelas de enredo, a los molinos que parecen gigantes y a los gigantes que resultan ser solo molinos. Y este ferragosto de 2026 parece escrito por el propio don Miguel: un gobierno sanchista que mira al cielo mientras la frontera se le desborda, un partido popular que se pelea por un ático como si fuera el yelmo de Mambrino, y un pueblo que, entre verbena y verbena, se pregunta cuándo llegará el sentido común. Desde Alcalá se observa con especial interés —y no poca inquietud— todo este circo, porque lo que ocurre en Ceuta, en Yebes o en los despachos de Génova y Sol no queda ahí: puede repercutirnos mañana en forma de presión migratoria, de presupuestos recortados, de discursos más crispados o de una Comunidad de Madrid que, si cambia de mando, cambiará también de prioridades. Aquí, a orillas del Henares, sabemos que las zarzuelas de Madrid y las crisis de la frontera acaban llegando, de un modo u otro, a nuestras calles.
Feijóo, según el cuento que corre, habría visto la jugada completa. El gallego no es tonto. Sabe que Ayuso es un activo electoral formidable, pero también un activo peligroso cuando se pone a comprar pisos de lujo. Y sabe que, mientras el gobierno de Sánchez acumula críticas por Ceuta y por el eclipse de los setenta y dos mil euros, él puede permitirse el lujo de reordenar su propia casa. Una Cayetana al frente del PP madrileño le daría otro perfil: más intelectual, más “de Estado”, menos de verbena y más de salón. La marquesa, que ya confesó que “todavía no he entendido lo del ático”, aparecía así como la solución elegante. Y detrás, los serranistas, dispuestos a traicionar si hace falta. ¡Qué hermosa es la lealtad cuando huele a sillón!
Uno se imagina la escena con la misma deleitación con que Campmany imaginaba las intrigas de antaño. Ayuso, la reina de la Puerta del Sol, bajando de su ático simbólico con el mantón arrugado. Feijóo, en Génova, haciendo números mientras el gobierno sanchista se atraganta con su propia frivolidad. Cayetana esperando en el proscenio. Y de fondo, el coro de Ceuta gritando que aquí hay gente que se ahoga y ministros que se gastan el dinero mirando a la Luna. ¿Será verdad el rumor de la dimisión? ¿O solo el sueño de un canal zurdo que se regodea viendo a los conservadores pelearse? No lo sé. Pero el rumor tiene la virtud de revelar más de lo que afirma: que el PP sigue siendo un teatro de ambiciones, y que el gobierno de Sánchez, con su mezcla de abandono fronterizo y despilfarro estival, les pone la mesa cada día.
Porque al fin y al cabo, este ferragosto de 2026 ha sido una verbena de tres escenarios. En Madrid, el ático y el rumor del recambio. En Yebes, el eclipse de los setenta y dos mil euros y las gafas de los ministros. En Ceuta, la crisis que no cesa y el presidente que no aparece. Y desde esta Alcalá cervantina, donde se observa todo con el interés de quien sabe que las consecuencias pueden llegar hasta aquí, solo podemos decir: ¡que siga la función! Que baile Ayuso su chotis, que Feijóo calcule sus pasos, que Cayetana prepare su entrada, que los ministros se pongan las gafas y que Sánchez disfrute de La Mareta. Y que el pueblo, ese gran personaje que nunca falla, decida al final si prefiere el mantón manchado, el blasonado de la marquesa o, sencillamente, un gobierno que no convierta cada crisis en una nueva copla de despilfarro y abandono.
Que la Virgen de la Paloma nos coja confesados. Y que el próximo baile, sea quien sea el que saque a la dama, tenga al menos la dignidad de no costarnos ni áticos de seis millones ni eclipses de setenta y dos mil mientras en Ceuta se sigue contando a los que no llegaron. Desde Alcalá, con la pluma de quien mira, se interesa y se pregunta por lo que nos pueda repercutir, quedamos a la espera del siguiente capítulo de esta zarzuela de verano.















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Soy de la opinión de que la izquierda (el PSOE sobre todo) ha fracasado sistemáticamente en Madrid, tanto en su estrategia frente a Ayuso como en la idoneidad de los candidatos propuestos para sustituirla. Los delegados del Gobierno, de forma sucesiva, han buscado el cuerpo a cuerpo —presumiblemente siguiendo instrucciones— para debilitar su posición. Sin embargo, lo han hecho con tanta torpeza que solo han logrado fortalecerla y presentarlos como candidatos frente a ella ha sido un error mayúsculo. La hostilidad permanente hacia su entorno familiar y sentimental, el uso despectivo del acrónimo «IDA» o los insultos de gravedad extrema proferidos por toda la izquierda, (asesina), sumados a la ausencia de un proyecto serio para la región —más allá del empeño ciego por derribarla—, han encumbrado a la presidenta autonómica por encima de sus propios y numerosos patinazos.
La denuncia del PSOE y otros colectivos por la compra del inmueble apunta a convertirse en otra ofensiva estéril. En el escenario más adverso, el proceso judicial salpicará al responsable de la empresa pública compradora, pero nada sugiere que Ayuso vaya a resultar siquiera encausada. Eso sí, la causa penal proporcionará munición política para los próximos meses y permitirá al PSOE y a toda la izquierda exigir unas responsabilidades políticas que el PSOE esquiva ante sus propios escándalos internos. En las filas socialistas, frente a condenas de sobra conocidas, la respuesta habitual se ha limitado a blindar la honorabilidad de las siglas e incluso de los condenados, tachar de parcial a la justicia o vender el relato de que la depuración política concluye con la dimisión del encausado o una expulsión disciplinaria.
Creo que lo de Álvarez de Toledo no es más que otra serpiente de verano; una especie de sueño para una izquierda consciente de que, a menos que Ayuso meta mucho la gamba, su victoria en las urnas está casi garantizada, más que con cualquier otro candidato. Por otra parte, incluso una dimisión pactada de Isabel Díaz a cambio de algo mejor en el partido, presentándose como una mártir a manos de la izquierda, podría también encumbrar a Álvarez de Toledo. Lo que no veo claro es que forzar la salida de Ayuso beneficie al PP; no creo que el partido dé ese paso ni que ella lo acepte por las buenas. Al fin y al cabo, una vez en la calle, las promesas y los pactos se los lleva el viento.
En fin, Pedro, que el final del verano se presenta emocionante. Me voy a comprar unos kilos de palomitas y a observar, expectante, cómo se desarrolla el culebrón. Porque, oye, que se vienen más cositas, ¿no?
No pensaba que esta web fuese otro panfleto de política. Una pena
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