-
Una fábula política sobre el día después: nuevas mayorías, viejas televisiones, periodistas conversos y pequeñas trincheras empeñadas todavía en seguir haciendo ruido.

Era el tercer domingo de marzo de 2027 —Domingo de Ramos— y Madrid amaneció con ese cielo grisáceo que parece pedido expresamente para una derrota. La gente salía a la calle con bufandas todavía, los turistas se protegían del viento en las terrazas de la calle Mayor y en los bares se oía el rumor apagado de quienes, ya de madrugada, seguían pegados al televisor. El sol, cuando asomó, lo hizo con pereza, como si también él hubiera perdido las elecciones.
Las generales anticipadas de ese mismo domingo habían dejado un resultado que, según las encuestadoras de siempre, nadie esperaba del todo, aunque muchos lo temían un poco. El Partido Popular y Vox sumaban 189 escaños. Mayoría absoluta. Incluido el voto de los nietos, esa legión de nuevos españoles llegados por la disposición de la Ley de Memoria Democrática que durante meses había alimentado sospechas, denuncias de «ingeniería electoral» y debates interminables sobre el censo. Feijóo y Abascal se daban la mano en una fotografía que ya circulaba por todas partes con el hashtag #EspañaVuelve.
Pedro Sánchez había comparecido pasada la medianoche con la voz ronca de quien acaba de ver cómo se le derrumba el edificio mientras aún está dentro. Rufián, desde Barcelona, había tuiteado una sola frase que se hizo viral en cuestión de minutos: «Se cumplió la pesadilla». Y luego apagó el móvil. Yo, que llevo décadas escribiendo y a veces fabulando desde Alcalá de Henares y que he visto de todo en este oficio, sentí aquella mañana un frío que no venía solo del cielo. Era el frío de las pantallas. El frío de un ecosistema mediático que empezaba a cambiar de dueño y en el que los nuevos dueños, como casi todos los dueños, preferían el eco de su propia voz al ruido incómodo de las otras.
Aunque, bien mirado, aquello había comenzado mucho antes. En noviembre de 2026, cuando las encuestas ya olían a alternancia y algunos empezaban a preparar las maletas antes incluso de perder las elecciones, un grupo de periodistas, productores y antiguos directivos de RTVE, laSexta y algún superviviente de los mejores tiempos de Ferreras presentó La Séptima. Fue el 7 de noviembre del finiqutado 2026. La anunciaron como «el último dique de contención», «la televisión que el PP y Vox no podrán tocar» y el refugio de la pluralidad en abierto. El eslogan tampoco dejaba demasiado margen para la duda: «Aquí no se apaga la luz».
El estreno tuvo algo de épico y algo de velatorio anticipado. Hubo presentadores con la voz quebrada, colaboradoras hablando de «resistencia democrática» y espectadores convencidos de estar asistiendo al nacimiento de una televisión llamada a cambiar la historia. Durante unas semanas funcionó. Después llegó la realidad, que suele tener peor audiencia que las revoluciones. Porque la gente, al final, muchas veces prefiere el entretenimiento al sermón y porque ningún medio vive exclusivamente de principios, por elevados que sean. La Séptima empezó a perder espectadores, publicidad y dinero.
Sus responsables probaron casi de todo. Tertulias con el tono de la vieja laSexta, investigaciones sobre corrupción que otras cadenas empezaban a mirar con demasiada prudencia, programas de humor y hasta un late night donde todavía se podía uno reír del poder sin consultar previamente el BOE. Después de las elecciones casi todos daban por hecho que desaparecería. Redujo plantilla, abandonó sus estudios demasiado grandes, se instaló en un local mucho más modesto y siguió emitiendo. Con menos brillo, menos dinero, peores audiencias y unas ojeras cada vez más visibles. No era heroico. Era testarudo. Y en un país que empezaba a acostumbrarse demasiado deprisa al silencio, la testarudez acabó convirtiéndose en una extraña forma de resistencia.
RTVE fue otra cosa. Allí el cambio llegó a velocidad de AVE. El lunes después de las elecciones comenzaron las reuniones, el martes llegaron las primeras dimisiones y poco después se anunció «una renovación profunda para devolver la neutralidad a la casa de todos», esa maravillosa expresión que en España sirve indistintamente para justificar que entren unos o que salgan los otros. Cambiaron presentadores, directores, tertulianos y escaletas, mientras todo el mundo juraba que absolutamente nada había cambiado salvo la recuperación de una pluralidad que, curiosamente, siempre suele coincidir con la opinión de quien acaba de nombrar al nuevo director.
Y en aquella nueva RTVE de 2027 brillaba con luz propia la inefable toledana Arantxa Sánchez, convertida casi de la noche a la mañana en la pop star más improbable de la televisión pública. Con sus enormes gafas de pasta blanca y aquel bolígrafo azul Bic con el que tomaba notas compulsivamente, como si estuviera escribiendo la historia secreta de España mientras los demás discutían, había pasado de ser una desconocida para buena parte del público a fenómeno televisivo. Sus frases cortantes, su defensa sin complejos de Ayuso y su extraordinaria capacidad para sacar de quicio a media mesa hicieron el resto. Arantxa ya no era una colaboradora. Era la demostración de que el viento había cambiado y de que hasta unas gafas blancas podían convertirse en arma política.
También Beatriz Talegón había sabido interpretar los nuevos tiempos. Después de meses ejerciendo como colaboradora habitual y presentadora sustituta en el Horizonte de Iker Jiménez y Carmen Porter, encontró acomodo en uno de los nuevos espacios de «análisis y actualidad» de la televisión pública. Su pasado socialista permanecía allí, colgado del armario como uno de esos trajes que ya no se ponen pero que tampoco se tiran por si vuelve la moda. Talegón sonreía en las promociones mientras unos hablaban de conversión y otros, más comprensivos, preferían llamarlo evolución. En televisión, como en política, llegar cinco minutos antes suele ser más rentable que tener razón cinco años después.
En el otro lado de la parrilla, Laila Jiménez consolidaba su reinado en Todo es mentira. Risto Mejide se había tomado unas larguísimas vacaciones budistas en el Tíbet, y más allá de la orilla, la periodista catalana ocupaba su silla con sorprendente naturalidad, convirtiendo el programa en un espacio algo más sereno, aunque todavía con colmillos. Y en Telemadrid, el polemista alcalaíno Antonio Naranjo se instalaba cómodamente en el prime time con su conocido sueldo cercano a los ocho mil lereles mensuales, demostrando que, pasaran los gobiernos que pasaran, el talento para la bronca seguía cotizando estupendamente.
Mediaset tampoco tardó en comprender por dónde soplaba el viento. Horizonte pasó a ocupar todavía más espacio y las audiencias respondieron. Iker Jiménez y Carmen Porter habían entendido mejor que muchos ejecutivos que, cuando un país se polariza, millones de espectadores buscan un lugar donde les confirmen que sus temores estaban justificados. Misterio, sucesos, política, conspiraciones, tertulia y bronca formaban un cóctel difícil de resistir. Todo es mentira intentaba mantener el equilibrio y Cuatro descubría que la equidistancia también podía ser un género televisivo, aunque a veces resultara imposible saber exactamente a qué distancia estaba de cada sitio.
La Sexta resistía a su manera. Ferreras seguía allí, pero cada vez parecía más solo. Al Rojo Vivo mantenía el tono mientras empresas anunciantes y administraciones empezaban a medir cada euro con una sensibilidad ideológica que nadie reconocía públicamente. La publicidad institucional procedente de territorios gobernados por PP y Vox se evaporaba discretamente y algunos anunciantes privados empezaban a descubrir súbitamente que sus clientes preferían espacios «menos polarizados». Porque la censura moderna rara vez necesita un señor con tijeras. A veces basta con una llamada. Y otras, simplemente, con que el teléfono deje de sonar.
Mientras tanto, aquella proliferación de iniciativas voluntariosas en YouTube y Twitch que había llenado 2025 y 2026 empezaba a mostrar síntomas de agotamiento. La Zurda, Voces del Sur, Periodismo de Verdad, Resistencia Mediática y tantos otros canales habían prometido convertirse en el contrapoder que las televisiones tradicionales ya no podían o no querían ejercer. Algunos alcanzaron cientos de miles de seguidores y durante unos meses pareció que la batalla política del futuro se libraría desde pequeños estudios, habitaciones particulares y directos a las once de la noche donde se desmontaban bulos y se volvía a gritar «no pasarán».
Pero las revoluciones digitales también pagan facturas. Unos se moderaron, otros cerraron y algunos continuaron hablando para audiencias cada vez más pequeñas y cada vez más convencidas de antemano de todo lo que iban a escuchar. Y José Félix Tezanos, que todavía durante 2026 confiaba en que el pueblo terminaría diciendo «¡basta ya!» en las urnas, acabó convertido en protagonista involuntario de memes que circulaban por los grupos de WhatsApp de una izquierda que ya no sabía muy bien si reír o llorar. Dicen que Tezanos siguió escribiendo. Pero sus pronósticos empezaron a tener más éxito como género humorístico que como ciencia demoscópica.
Lo más tragicómico, sin embargo, no era lo que se apagaba, sino lo que se encendía. Las tertulias de Telemadrid empezaron a convertirse en modelo para otras cadenas. La pluralidad consistía a veces en reunir a tres periodistas de derechas y a uno de centro-derecha encargado de poner cara de discrepancia. Palabras que apenas unos años antes pertenecían al lenguaje de los mítines entraban tranquilamente en los informativos. «Invasión migratoria». «Ideología de género». «Casta progre». «Medios del régimen». Todo pronunciado con perfecta dicción, americana bien planchada y sonrisa profesional. Todo muy correcto. Todo muy «nosotros solo informamos».
Y los periodistas hicieron lo que hacemos los periodistas cuando cambia el viento. Algunos resistieron. Otros se adaptaron. Otros descubrieron repentinamente que siempre habían pensado exactamente lo contrario de lo que llevaban veinte años diciendo. Algunos se jubilaron antes de tiempo y otros se refugiaron en Substack, YouTube o pequeñas cabeceras digitales donde podían continuar escribiendo sin pedir permiso a un consejo de administración. Unos pocos acabaron en aquella Séptima pobre, marginal y obstinada que seguía emitiendo desde los márgenes como el último bar abierto de una calle en la que habían apagado todas las demás luces.
Yo observaba todo aquello desde Alcalá con la distancia que da el tiempo y la cercanía que da el oficio. He visto construir relatos y he visto cómo se derrumbaban. He visto políticos jurar que jamás tocarían una televisión pública para convertirla después en una prolongación del gabinete de prensa. De unos y de otros. He visto periodistas convencidos de que eran intocables acabar defendiendo aquello de lo que años antes se burlaban. Y he visto a la gente de verdad, la que no escribe columnas ni participa en tertulias, cambiar simplemente de canal cuando el discurso se vuelve demasiado denso, demasiado rabioso o demasiado previsible.
Porque ese era quizá el mayor peligro de aquel marzo de 2027. No que una parte de la opinión fuera silenciada. Ni siquiera que otra conquistara casi todas las pantallas. El verdadero peligro era acostumbrarnos al silencio. Dejar de echar de menos las voces que ya no estaban. Aceptar como normal que la televisión pública pertenezca al Gobierno de turno, que las redes sean un campo de batalla donde solo sobreviven quienes pueden pagarlo y que el periodismo de contraste termine convertido en un lujo para minorías, refugiado en pequeños digitales, canales de internet y aquella Séptima que se negaba obstinadamente a morir.
Ahora solo quedaba mirar hacia el 23 de mayo. Ese domingo se celebrarían las elecciones municipales y autonómicas y el mapa podía cambiar otra vez o terminar de consolidarse. Nadie lo sabía. Pero para entonces el ecosistema mediático que habíamos conocido entre 2018 y 2026 ya no existiría. Se habría convertido en otra cosa. Más ordenado, según unos. Más asfixiante, según otros. Más «español», según quienes ahora mandaban. Más triste, según quienes acababan de dejar de mandar. Y La Séptima seguiría probablemente allí, débil, pobre y testaruda, como una luz pequeña empeñada en no apagarse mientras alrededor todos empezaban a acostumbrarse a la penumbra.
Y uno, que es periodista y por tanto incorregible, se sienta delante del teclado y escribe. Aunque sea desde Alcalá de Henares. Aunque sea en un periódico local. Aunque lo lean cuatro gatos. Porque mientras alguien siga escribiendo y haya otro dispuesto a leer algo distinto de lo que ya piensa, la pantalla no estará completamente apagada. Puede que cada vez se oiga menos, puede que duela más y puede que el silencio termine siendo mucho más cómodo que la discrepancia. Pero todavía quedará alguien dispuesto a hacer ruido.
Esta es solo la primera parte de la fabulación. La segunda, sobre el régimen post-sanchista de Feijóo y Abascal, y sobre lo que quedó de nosotros, la contaré otro día. Si para entonces todavía nos dejan fabular.
















¡ Nuestro canal en Telegram! Si te ha interesado esta información, únete ahora a






