- La NATO ( por sus siglas en inglés) ha sido, desde mi punto de vista, uno de los problemas que nos han llevado a la situación actual.
- Santiago López Legarda es un periodista alcalaíno que ha ejercido en diferentes medios nacionales.
Muchos lectores de ALCALÁ HOY recordarán, quizás, la insuperable consternación que se apoderó de las filas socialistas cuando Felipe González anunció, en 1997, que no repetiría como Secretario General del PSOE. Josep Borrell retrató con agudeza aquella consternación al decir a la prensa: “papá se ha ido y ahora estamos solos y tendremos que gobernar nuestra vida por nosotros mismos”.
Recordé este episodio de nuestra vida política al ver en televisión las abrumadoras imágenes de la bronca que tuvieron en el Despacho Oval el Presidente de los Estados Unidos y el Presidente de Ucrania. Donald Trump le dijo a Volodimir Zelensky, con humillante y brutal franqueza, “usted no tiene cartas para jugar esta partida”. Y ese mensaje resonó estruendosamente en todas las sedes de los gobiernos europeos, que se han apresurado a anunciar un mayor gasto en defensa para tratar de hacer frente a la amenaza rusa.
Los europeos nos hemos quedado sin cartas, sin un papel relevante que cumplir en la escena geoestratégica mundial, en la que parecen perfilarse unos nuevos imperialismos – ruso, estadounidense, chino- que aspiran a repartirse el mundo en áreas de influencia, sin el menor respeto por los valores democráticos y por el papel de Naciones Unidas como garante de una pacífica convivencia internacional. Trump querría engullir a Canadá, también a Groenlandia, quiere que el Golfo de México pase a llamarse Golfo de América y acaba de emprender una guerra comercial con el resto del planeta, sin la menor consideración hacia Europa y otras partes del mundo que tradicionalmente se englobaban dentro de la denominación de “aliados occidentales”. Ya lo dijo con mucha rotundidad Warren Buffet, uno de los inversores más famosos de todos los tiempos: “los aranceles son un acto de guerra.” Así que de aliados hemos pasado a ser partes enfrentadas de un conflicto de momento comercial y no podemos confiar en que Estados Unidos siga asumiendo la parte del león de la defensa occidental a través del paraguas de la OTAN.
La NATO ( por sus siglas en inglés) ha sido, desde mi punto de vista, uno de los problemas que nos han llevado a la situación actual. Cabe preguntarse si fue prudente, una vez desaparecidos la URSS y el Pacto de Varsovia, extender más y más las fronteras de la Organización del Atlántico Norte hasta casi las cocinas del Kremlin. Es evidente que los rusos deberían preguntarse qué han hecho mal para que tantos territorios (los bálticos, Ucrania) corrieran a refugiarse bajo el manto protector de la OTAN y de la UE una vez desaparecida la URSS. Pero también es evidente que esos estados podrían haber optado por no integrarse en ningún bloque militar y buscar una convivencia pacífica con Rusia a base de buenos acuerdos comerciales, como hizo Alemania durante tantos años con las importaciones de gas.
No parece que la humanidad haya avanzado lo suficiente (y es muy probable que no lo haga nunca) como para superar aquella frase lapidaria de Julio César: “Si quieres la paz, prepárate para la guerra”. Podemos ser pacifistas, podemos orientar el gasto público hacia las necesidades sociales, podemos prometer que no seremos los primeros en atacar a nadie, pero no podemos permitirnos el lujo de no tener una defensa suficientemente disuasoria. ¿Qué significa eso? ¿Qué tenemos que dedicar al menos un 2 por ciento de nuestro PIB a Defensa? Sinceramente les digo que esos treinta mil millones de euros anuales, más o menos, me parecen una inversión razonable, incluso barata, si a cambio estamos garantizando el desarrollo de nuestra vida en paz.
Los líderes europeos posteriores a la Segunda Guerra Mundial, horrorizados por aquella experiencia, decidieron que la mejor forma de evitar nuevas guerras en suelo europeo era la cooperación comercial, la integración económica. De ahí nació el Tratado de Roma y todo lo que vino después hasta llegar a la actual Unión Europea.
Pero el actual presidente de los Estados Unidos no da la impresión de interesarse mucho por la historia, tampoco tiene buenos asesores o sí que los tiene, pero no les hace caso. Y desencadena una guerra comercial que traerá graves consecuencias para todo el mundo, empezando por los propios ciudadanos estadounidenses. Porque los aranceles, esa palabra tan bonita al decir de Trump, no los pagan los países ni las empresas, los pagan los consumidores a base de precios más elevados y los pagan los trabajadores, con la pérdida de empleos que traerá la recesión que ya se anuncia. En el peor de los casos, esta guerra comercial podría ser la antesala de unas cuantas guerras de verdad, quizá de una conflagración mundial. Desgraciadamente, los Estados Unidos de América, con Donald Trump en su papel de comandante en jefe, no solo han dejado de ser nuestros aliados, sino que se han convertido en una amenaza global.


















¡ Nuestro canal en Telegram! Si te ha interesado esta información, únete ahora a







Totalmente de acuerdo, como siempre. Tan sólo una puntualización: a mí me parece importante diferenciar entre ser pacífico y ser pacifista, ya que son cosas muy diferentes. El pacífico se compromete a vivir en paz con sus vecinos y a no ser el primero en provocar un conflicto, pero manteniendo su derecho inalienable a la legítima defensa si alguien le ataca. En resumen, se trata de demostrar al matón que sabes defenderte y disuadirle de usar la violencia contra ti porque podría salir descalabrado, por lo que lo más prudente para él es no hacerlo.
El pacifista es el que renuncia voluntariamente a todo tipo de violencia incluida la inevitable dentro de la legítima defensa, lo cual estaría muy bien si todos en el mundo fueran pacíficos, algo que por desgracia no es así. Y estos matones, sean Putin, Trump o el acosador del patio del colegio, interpretan indefectiblemente esta postura como pura y simple debilidad, al tiempo que en su cerril manera de entender las relaciones personales, o las internacionales, para ellos debilidad es sinónimo de presa fácil exactamente igual que ven los lobos a las desvalidas ovejas.
Por lo tanto resulta suicida mostrar debilidad frente a alguien que no te va a respetar precisamente por ello y. en su retorcida y malsana lógica, encontrará la oportunidad para aprovecharse de ello. Yo, insisto, soy pacífico y en caso de conflicto, aun los más nimios, procuro agotar todas las vías de llegar a un acuerdo amistoso y satisfactorio para ambas partes. Pero si a pesar de ello veo a mi oponente con la intención de infligirme un daño físico o de otro tipo, haré todo lo posible por defenderme cuando sea éste mi último recurso.
Por esta razón, encuentro aberrante -aunque por desgracia esto es lo único que saben hacer- la actitud seudopacifista de la extrema izquierda, incapaz de aportar nada positivo pero experta desde siempre en poner chinas en los zapatos y palos en las ruedas. Yo estoy tan en contra de las guerras de Ucrania como lo puedan estar ellos, pero no hago teatro. En cualquier caso, si quieren protestar tendría más sentido que fueran a hacerlo a Moscú o a Jerusalén, que sí tendría mérito y no hacerlo por las calles de Madrid con unas frases que ya estaban anticuadas hace décadas.
Por cierto, uno tiene ya sus añitos y recuerdo que cuando la Unión Soviética invadió Afganistán, o cuando Cuba envió tropas a las guerras civiles de Angola y Mozambique para apoyar a las facciones afines a su ideología; y que yo sepa, entonces su «pacifismo» brilló por su ausencia.
Perdón, quería decir que estoy en contra de las guerras de Ucrania y Palestina, me comí lo último.
La Unión Europea está llegando a su fin. Y ya va siendo hora. ¿Usted que defiende y quiere, un SEAT fabricado en España o un FORD fabricado en Detroit? ¿Una naranja de Valencia o de Sudáfrica? ¿Unos tomates de Murcia o de Marruecos? Pues eso es lo que está haciendo este señor.
Y por favor, dejadnos de machacar continuamente con lo de que qué malo es y todos esos asuntos porque la gente en general ya se cansa, y no somos imbéciles.
No es cuestión de ideología, ni de simpatías o antipatías personales. Basta con tener unos mínimos conocimientos económicos -los míos no van más allá de lo normal en alguien que no es especialista en la materia-, e incluso tan sólo un poco de sentido común, para llegar a la conclusión de que el presidente norteamericano es lo que podríamos denominar un terrorista económico que ha puesto patas arriba la economía y el comercio mundiales simplemente en base a sus particulares e irreales convicciones.
En resumen, lo que ha hecho ha sido retroceder al menos cien años, si no más, en lo que a la economía internacional se refiere, algo condenado desde el principio al fracaso puesto que la situación actual es completamente distinta a la de entonces, y si bien la globalización ha acabado desarrollando consecuencias negativas que sería preciso corregir, volver atrás nunca suele dar resultado sino, en todo caso, puede contribuir a agravar los problemas. Y, conviene no olvidarlo, esta política económica si no provocó, al menos sí aceleró y agravó el estallido de la II Guerra Mundial.
Y lo irónico del caso es que según todos los indicios -le recomiendo que lea los periódicos-, aunque las consecuencias las acabemos pagando todos, es muy problable que los principales perjudicados sean los propios Estados Unidos.
Y no entro ya en el tema político, porque daría mucho que hablar la manera que entiende Trump del resto de los países, a los que divide en vasallos y enemigos.
No es antiamericanismo, eso se lo dejo a la extrema izquierda que ha hecho de ello una de las especialidades de la casa, mientras yo entiendo que americanos y europeos estamos en el mismo barco, sino simple sentido común.