El Lianchi que nadie quería pisar: Jorge Matías abre la frontera azul de la memoria de Alcalá

Hubo un tiempo en que pronunciar "Lianchi" bastaba para despertar prejuicios. Hoy, ese mismo barrio vuelve a la conversación gracias a La frontera azul, la novela del escritor alcalaíno Jorge Matías. A partir del perfil que El Periódico dedicó al autor y su obra, esta crónica recorre la memoria de un rincón de Alcalá marcado por la reconversión industrial, la heroína, el estigma y la dignidad de quienes lo llamaron hogar.

Fotocoposición de AH@
  • Una novela convierte al Lianchi en literatura y rescata una memoria obrera que también forma parte de la historia de Alcalá.
Collage de Pedro Enrique Andarelli

Hay libros que cuentan una historia y otros que consiguen rescatar un lugar entero del olvido. La frontera azul, la nueva novela de Jorge Matías (Altamarea, 2026), pertenece a esa segunda categoría. El magnífico perfil que El Periódico dedicó recientemente al escritor alcalaíno sirve como punto de partida para volver la mirada hacia un barrio que durante demasiado tiempo solo apareció asociado a la marginalidad y al estigma. Porque el Lianchi forma parte de la memoria de Alcalá, aunque durante años muchos prefirieran no mirar hacia allí.

En los últimos coletazos de los setenta, mientras España salía de la dictadura con la Transición todavía caliente, los niños de Alcalá de Henares se pegaban al televisor para seguir La frontera azul. Lin Chung, el joven rebelde que se enfrentaba al emperador desde las marismas de Liang Shan Po, se convirtió en un héroe de barrio. Aquel territorio legendario de justicia y lealtad dejó una huella inesperada entre los chavales del Polígono Puerta de Madrid, al otro lado de la A-2. Empezaron a llamar a su barrio Liang Shan Po. El nombre era demasiado largo para el uso cotidiano y terminó reducido a una versión mucho más castiza: el Lianchi.

El apodo no nació únicamente de la serie japonesa. También se alimentó de las primeras movilizaciones vecinales para reclamar una pasarela que permitiera cruzar con seguridad la entonces N-II. La intervención policial, tan propia de aquellos años, acabó fijando para siempre un nombre que mezclaba ficción televisiva y reivindicación ciudadana.

El Distrito II, al que pertenecía Puerta de Madrid, había sido concebido como un barrio planificado que pretendía romper con el crecimiento desordenado de otras zonas de Alcalá. En un principio estaba pensado para albergar a familias vinculadas al Ejército, aunque finalmente terminó acogiendo a vecinos de perfiles muy distintos, incluidos numerosos realojados. La realidad acabó muy lejos del proyecto inicial. Muchas zonas verdes nunca llegaron a completarse, los jardines tardaron años en existir, las fuentes permanecían secas y los parques infantiles envejecían antes de tiempo. Aquella promesa de un barrio moderno terminó convirtiéndose, en palabras recogidas por Matías, en «un símbolo de todo lo que está mal y no debía ocurrir».

Nacido en Alcalá en 1974 y criado entre aquellos bloques de ladrillo y hormigón, Jorge Matías conoce ese paisaje desde dentro. Obrero del metal durante años y escritor por vocación, ya había explorado parte de ese universo en Vinagre (2023), donde abordaba el alcoholismo. Con La frontera azul amplía la mirada y reconstruye un barrio marcado por la reconversión industrial, el paro, la heroína y el abandono institucional.

No busca idealizar aquella época ni convertir la marginalidad en literatura complaciente. Todo lo contrario. Su novela concede dignidad a quienes rara vez la tuvieron. «El yonqui más tirado, el chatarrero más sucio y el camarero más guarro merecen buenas palabras», escribe, reivindicando unas vidas que casi nunca ocupan el centro del relato.

El libro dibuja una cartografía íntima de la precariedad y de la memoria obrera. Aparecen las colas del antiguo INEM en la plaza de Cervantes, las fábricas que fueron cerrando una tras otra y los trabajadores que, después de décadas de esfuerzo físico, se encontraron sin empleo y sin expectativas. También aparece el alcohol, que el propio autor considera una de las grandes tragedias silenciosas de aquellas décadas, y la heroína, agravada en el barrio por la dificultad para conseguir jeringuillas nuevas, lo que obligaba a muchos consumidores a reutilizarlas en condiciones extremas.

Pero quizá la herida más profunda era otra: el estigma. Bastaba con escribir la dirección en un currículo para despertar recelos. Vivir en el Lianchi suponía cargar con una etiqueta de la que resultaba muy difícil desprenderse. «Aunque tú podías salir del Lianchi, el Lianchi no salía de ti», resume el escritor. Esa frontera invisible es, probablemente, el verdadero núcleo emocional de la novela.

Frente a la corriente de nostalgia que hoy envuelve los años ochenta y noventa, Matías adopta una posición radicalmente distinta. Considera que esa mirada edulcorada borra la dureza real de una época marcada por las desigualdades y por la exclusión de barrios enteros. Su ficción se construye precisamente sobre esa memoria incómoda, sin heroísmos fáciles ni sentimentalismos.

No es casualidad que la presentación de la novela, celebrada en marzo en la librería Diógenes, reuniera a antiguos vecinos del barrio, amigos de infancia y lectores que reconocieron fragmentos de sus propias vidas entre sus páginas. El libro, más que contar una historia individual, parece recuperar una memoria compartida.

Sus poco más de cien páginas bastan para devolver al lector los parkings vacíos, los perros sueltos, la Plaza Primero de Mayo, la autopista que separaba dos mundos y los bares que llegaron mucho antes que algunos servicios públicos. Un paisaje reconocible para varias generaciones de alcalaínos que rara vez había encontrado espacio en la literatura.

En una ciudad como Alcalá, que ha crecido, se ha modernizado y a veces parece mirar hacia delante sin querer mirar atrás, La frontera azul funciona como un espejo incómodo pero necesario. Nos recuerda que hay violencias visibles, la heroína, el paro, la dejadez institucional,  y otras invisibles: el estigma que se hereda, la resignación aprendida, la distancia que se mide con el alma. Nos recuerda que los barrios como el Lianchi no son una anécdota del pasado, sino parte de nuestra cartografía emocional. Que la memoria de clase no es un lujo literario, sino una forma de dignidad.

Jorge Matías, el paisano que se fue pero que sigue llevando el Lianchi dentro, ha hecho lo que pocos se atreven: abrir esa frontera azul sin filtros, sin mitos y sin la nostalgia que todo lo blanquea. El resultado es un libro pequeño en extensión y enorme en sustancia. Un libro que duele, que incomoda y que, sobre todo, honra a quienes vivieron, y sobrevivieron en el margen. Porque hay barrios que nadie quería visitar. Y hay escritores, como este alcalaíno de pro, que se atreven a entrar, a mirar y a contarlo como realmente fue.

La frontera azul ya está en librerías. Y el Lianchi, gracias a Matías, ya no es solo un nombre que se susurraba con vergüenza. Es literatura. Es memoria. Es parte de lo que somos.

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8 Comentarios

  1. Las viviendas del Polígono Puerta de Madrid nunca fueron destinadas a militares, sino viviendas de protección oficial de promoción pública directa a través del Instituto Nacional de la Vivienda. Las viviendas militares eran promovidas entonces por el Patronato de Casas Militares del Ejército de Tierra, del Ejército del Aire y de la Armada.
    El Polígono del Puerta de Madrid fue de las primeras promociones de viviendas (la primera fue el Polígono de las Fronteras de Torrejón) que se adjudicaron por una junta en la que participaba el INV, el Ayuntamiento correspondiente y las Asociaciones de Vecinos.
    Dado el resultado de las adjudicaciones, concentrando un gran número de realojos de personas provenientes de poblados con gravísimos problemas previos, lo que derivó en la generación de un gueto, habría que calificar el nuevo sistema de adjudicación como un auténtico fracaso.
    El Polígono Puerta de Madrid nació estigmatizado por esa circunstancia de concentración de personas que debieron haber recibido un tratamiento social y habitacional, en algunos casos también penal, diferentes.
    Hoy en día continúa siendo un barrio estigmatizado, es más, esa condición se ha extendido a una parte importante del Distrito II.
    Por cierto, en el Polígono Puerta de Madrid siguen los jardines como un erial y las fuentes sin agua.
    Tampoco se puede esperar mucho cuando se observa el estado de suciedad a la entrada del edificio del Distrito II, así como la lamentable apariencia de las banderas, que aparecen sucias, rotas y enredadas, como escondiendo sus vergüenzas, en las astas.
    ¿Verdad señor concejal del distrito? ?¿Verdad señor Acosta?

      • Cierto. El diseño de las viviendas y el barrio son exactamente iguales que la colonia de cuatro vientos en Madrid. Allí si, fueron ocupadas por militares. Tocó repartir el cupo del macrochabolismo de la capital y ese fue el destino final del poligono puerta de madrid. Yo creo que el problema ha sido que ha sido dejado a su suerte sin una reurbanización integradora por las sucesivas corporaciones, tal como han hecho en madrid en la avenida guadalajara, pozo tio raimundo o mas recientemente pan bendito. Se han limitado al bus de la metadona al principio y a cosmetica barata a continuacion. Y no veo visos de cambio. La urbanizacion se limita a torres colmena o residenciales al otro lado de la antigua a2

      • PGOU del Ayuntamiento de Alcalá de Henares: «La construcción residencial salta también la vía férrea en los márgenes de las carreteras secundarias a Daganzo, Camarma y Meco; ello se lleva a cabo con una carencia de las infraestructuras necesarias de saneamiento y lo que provoca para corregir este caos, una primera actuación planificada -denomina Plan Parcial Puerta de Madrid (1973)- llevada a cabo por el Instituto Nacional de la Vivienda.»

    • Los males del «Lianchi» ninguna relación tienen con la reconversión industrial, ni con el desempleo, ni con cualquier otra circunstancia relacionada con la clase trabajadora.
      Los males del «Lianchi» nacieron con el barrio, son congénitos, y se llaman subproletariado, siempre inconsciente aliado del empresariado y de la oligarquía, drogadicción y alcoholismo.

  2. Soy alcalaína. No he vivido en el Lianchi, pero sí en un barrio obrero. «La frontera azul» me ha encantado. Un texto real y de conciencia social, que llegará a ser memoria histórica, si no lo es ya, de los que allí vivieron o de todos los coetáneos, como yo, de aquel tiempo. Las drogas, el alcoholismo, el trabajo precario, la recorversión industrial y muchos más temas están tratados con dignidad y sin romanticismos, fiel espejo de una realidad. Enhorabuena Jorge por tu excepcional trabajo. Creo que es una obra que todo alcalaíno debería conocer.

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