- Andarelli analiza cómo el relato, los algoritmos y la polarización desplazan los hechos y convierten al narrador en protagonista del debate público.

Hay tardes de julio en las que el calor deja de ser una circunstancia meteorológica para convertirse en un estado de opinión. El asfalto delira, los semáforos pestañean con la desgana de un funcionario en agosto y hasta los gorriones buscan la sombra con ese aire resignado de quien acaba de descubrir que tampoco este verano habrá rebajas en la sensatez.
Es entonces cuando España entra en esa estación del año en la que ya no importa demasiado lo que ocurre, sino quién lo cuenta. Hace apenas unos años discutíamos los hechos. Hoy discutimos el logotipo que aparece en la esquina superior de la pantalla. La noticia ha dejado de ser un acontecimiento para convertirse en una partido de fútbol. Cada ciudadano sale de casa con su bufanda perfectamente colocada y dispuesto a defender sus colores aunque el árbitro proyecte la repetición en una pantalla de cincuenta metros. Si el gol lo marca el rival, la tecnología está manipulada. Si lo marca el mío, bendita sea la inteligencia artificial.
Nunca hubo tantos especialistas en todo. Políticos que juegan a periodistas, periodistas que administran justicia, jueces convertidos en opinadores, opinadores convencidos de que son historiadores, economistas o geoestrategas, y tertulianos que hablan con esa serenidad con la que antiguamente sólo se equivocaban los oráculos. La separación de poderes ha terminado pareciéndose a una reunión de antiguos alumnos: todos hacen de todo y todos se conocen demasiado. Todo el mundo investiga. Nadie comprueba. Porque comprobar exige tiempo. Y la verdad, últimamente, siempre llega tarde al plató.
Uno de los síntomas más llamativos consiste en comprobar que cada bando ha terminado construyendo su propio universo paralelo. Allí los héroes nunca mienten y los villanos jamás dicen una verdad, ni siquiera por descuido. La realidad ya no se examina; se selecciona. Como quien escoge fruta en el mercado, cada cual se lleva únicamente la que confirma que tenía razón antes de entrar.
Resulta significativo comprobar que muchos ciudadanos ya no preguntan qué ha ocurrido. Preguntan quién lo ha contado. Si la respuesta coincide con su parroquia, asunto resuelto. Si procede del otro lado, ni siquiera merece ser leído. La información ha dejado de evaluarse por su contenido para hacerlo por el carné de identidad de quien la firma. La noticia ya no se lee. Se adopta. Y una vez adoptada, se la quiere con la fidelidad con la que antes se defendía al equipo de toda la vida.
En ese paisaje aparecen personajes que hace no tanto pertenecían al folclore televisivo y que hoy ejercen para miles de ciudadanos una función casi institucional. Ya no presentan programas. Administran certezas. Han descubierto que la duda nunca fue un buen negocio y que la revelación siempre obtiene mejores índices de audiencia.
Mientras algunos medios siguen empeñados en convencer al lector de que contrastar fuentes continúa siendo una saludable costumbre, otros han descubierto un procedimiento mucho más rentable: ofrecer respuestas donde apenas existen preguntas. La duda vende poco. La revelación vende muchísimo. Y si además se pronuncia con voz grave, iluminación dramática y una banda sonora que anuncia el Apocalipsis cada doce minutos, el éxito comercial está prácticamente garantizado. No hace falta demostrar nada. Basta con insinuarlo.
Porque la insinuación posee una virtud extraordinaria: nunca puede desmentirse del todo. Siempre queda un «¿y si…?». ¿Y si nos engañan? ¿Y si todo forma parte de un plan? ¿Y si precisamente la ausencia de pruebas demuestra la magnitud de la conspiración? Con semejante arquitectura intelectual cualquier realidad termina pareciendo sospechosa. La vieja España del «se comenta» ha encontrado la fibra óptica.
Y no deja de ser una ironía deliciosa. Hemos multiplicado la velocidad de las comunicaciones mientras reducíamos la velocidad del pensamiento. Nunca fue tan fácil acceder a la información y nunca pareció tan complicado distinguirla del ruido. En esa confusión prosperan industrias enteras dedicadas a fabricar agravios. No venden noticias. Venden emociones. No producen información. Producen pertenencia. Porque el verdadero negocio ya no consiste en convencer a quien piensa distinto, sino en alimentar diariamente la satisfacción de quienes ya están convencidos.
En la nueva economía de la información, las pruebas cotizan a la baja y las sospechas pagan dividendos. Necesitan enemigos con la misma urgencia con la que los tiburones necesitan nadar. Hoy el adversario es un juez. Mañana un periodista. Pasado mañana un científico. Después un actor. Y cuando escasean los enemigos siempre queda el recurso más antiguo de la política y de la propaganda: fabricarlos. La imaginación nunca ha cotizado tan alto.
Lo verdaderamente curioso es que todos estos ecosistemas presumen de combatir la manipulación mientras convierten la sospecha permanente en método de conocimiento. Ya no hace falta demostrar que algo es cierto. Basta con repetir que los demás mienten. Es una fórmula extraordinariamente eficaz. Muchísimo más sencilla que el periodismo. Porque el periodismo tiene un defecto insoportable: obliga a rectificar de vez en cuando. La propaganda jamás rectifica. Simplemente cambia de objetivo.
Entretanto, la política observa fascinada el espectáculo y decide copiarlo. Los partidos ya casi no aspiran a convencer al adversario. Sólo necesitan mantener movilizados a los convencidos. Gobiernan algoritmos que saben perfectamente que el enfado produce más clics que la serenidad y que un insulto bien administrado obtiene mucha mejor difusión que una explicación razonable.
La democracia, que siempre fue una conversación incómoda entre personas distintas, empieza a parecerse peligrosamente a un estadio de fútbol donde algunos aficionados insultan al árbitro antes incluso de que empiece el partido. España siempre fue un país de cafés. Ahora empieza a parecerse demasiado a un país de comentarios. No conviene engañarse. Nadie posee el monopolio de los sesgos. Toda comunidad política fabrica sus silencios, sus indulgencias y sus cegueras. Cambian los protagonistas, cambian los colores y cambian las consignas. El mecanismo suele ser exactamente el mismo.
Ser progresista no consiste en cambiar un catecismo por otro. Consiste, precisamente, en aceptar que también los tuyos pueden equivocarse. La inteligencia empieza donde termina la obediencia automática. Quizá por eso sigo creyendo que el periodismo continúa teniendo una utilidad modesta pero irrenunciable. No la de dictar sentencia. No la de repartir carnés de buenos y malos. Ni siquiera la de tranquilizar conciencias.
Su obligación consiste en algo bastante menos heroico y mucho más incómodo: molestar a todos por turnos. Comprobar. Preguntar. Dudar. Volver a comprobar. Y aceptar, llegado el caso, que uno estaba equivocado. Lo demás pertenece al entretenimiento, a la propaganda o a esa nueva religión civil que confunde el número de seguidores con la autoridad moral.
Escribo estas líneas en una tarde abrasadora de julio. Puede que el mercurio haya derretido alguna neurona y mañana descubra que todo esto no era más que un delirio estival. No sería la primera vez que el calor conspira contra la literatura. Pero sospecho que no. Sospecho que el verdadero verano español no es el que llena las playas ni vacía las ciudades.
Es el que derrite el sentido crítico hasta convertir cualquier pantalla en un púlpito, cualquier tertulia en un tribunal y cualquier narrador en un profeta. Don Quijote confundía los molinos con gigantes. Nosotros hemos perfeccionado el método: confundimos los algoritmos con los oráculos y el eco con la verdad. Quizá sea ésa la gran paradoja de nuestro tiempo. Nunca habíamos dispuesto de tanta información. Y, sin embargo, nunca habíamos necesitado con tanta urgencia a alguien que nos ayudara a distinguir el ruido de la realidad.
Y cuando una sociedad deja de preguntarse si algo es verdad para limitarse a celebrar que lo diga el profeta adecuado, el problema ya no es político. Empieza a ser climático. Quizá simplemente llevemos demasiado tiempo tomando el humo por el incendio y confundiendo el eco con la voz.
















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