EL RUIDO Y LA CIUDAD | Por Adolfo Carballo

Adolfo Carballo Albarrán, activista social, reflexiona en esta tribuna sobre el ruido que genera la confrontación política y el riesgo de que termine desplazando del debate público los problemas cotidianos de los vecinos. Desde Alcalá de Henares, reivindica una política municipal que vuelva a mirar a los barrios, escuche a la ciudadanía y mida sus resultados no por la intensidad de las polémicas, sino por su capacidad real para mejorar la vida de las personas.

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  • Carballo reivindica devolver a los vecinos al centro del debate público frente al ruido político, las polémicas partidistas y los relatos interesados.

¿Quién decide de qué hablamos cuando dejamos de hablar de los vecinos? «La democracia no se debilita únicamente cuando se limita la libertad de expresión. También se debilita cuando el ruido ocupa tanto espacio que deja de escucharse la voz de los ciudadanos.»

Cada mañana miles de vecinos de Alcalá de Henares salen de sus casas con preocupaciones muy parecidas. Hay quien acompaña a un padre mayor al centro de salud. Quien lleva a sus hijos al colegio sorteando aceras deterioradas. Quien espera un autobús que llega tarde. Quien pasea por un parque que necesitaría más cuidados. Quien abre la persiana de su pequeño comercio con la esperanza de que el barrio siga teniendo vida.

Son gestos cotidianos, casi invisibles. Sin embargo, en ellos se encuentra la verdadera medida de una ciudad. Ninguno de esos vecinos comienza el día pensando en estrategias electorales, en mayorías de gobierno o en disputas partidistas. Lo que esperan, sencillamente, es que su Ayuntamiento funcione. Que los servicios públicos respondan. Que las calles estén cuidadas. Que sus impuestos se traduzcan en una ciudad más amable, más accesible y mejor gestionada.

Y, sin embargo, basta seguir durante unas semanas la actualidad municipal para comprobar una paradoja. Conocemos con detalle las declaraciones de unos y otros. Analizamos quién ganó el último pleno, quién respondió con mayor contundencia en una rueda de prensa o qué partido atraviesa una crisis interna. Comentamos titulares, compartimos vídeos en las redes sociales y debatimos sobre polémicas que ocupan durante unos días toda la conversación pública.

Mientras tanto, las preguntas esenciales permanecen esperando. ¿Cómo están realmente nuestros barrios? ¿Por qué siguen existiendo calles con problemas de accesibilidad? ¿Qué ocurre con el mantenimiento de parques y jardines? ¿Avanza la limpieza al ritmo que merece una ciudad Patrimonio de la Humanidad?  ¿Escuchan nuestras instituciones con suficiente atención a los vecinos y a las asociaciones que trabajan por mejorar su entorno?Estas preguntas rara vez generan grandes titulares. Sin embargo, son las que condicionan la vida de miles de personas.

Quizá por eso convenga detenernos un momento y reflexionar sobre una cuestión tan sencilla como profunda: ¿Quién decide de qué hablamos? No se trata de buscar culpables ni de alimentar teorías conspirativas. Se trata de comprender cómo funciona el debate público y cómo se construyen las prioridades de una sociedad. Desde hace décadas, la ciencia política y la sociología estudian este fenómeno.

Uno de los conceptos más conocidos es la ventana de Overton. Explica que toda sociedad mantiene, en cada momento histórico, un conjunto de ideas y preocupaciones que considera aceptables, mientras otras permanecen fuera del foco. Esa ventana cambia con el tiempo. Lo que ayer parecía secundario puede convertirse mañana en una prioridad. Y lo que durante años ocupó el centro del debate puede desaparecer sin que apenas nos demos cuenta.

Otro concepto igualmente revelador es la espiral del silencio, formulada por la politóloga Elisabeth Noelle-Neumann. Según esta teoría, muchas personas dejan de expresar sus opiniones cuando creen que son minoritarias o que serán rechazadas. El resultado es paradójico: el silencio de unos acaba reforzando la sensación de que solo existe una opinión mayoritaria, aunque la realidad sea mucho más plural.

A ello se suma la reflexión de Noam Chomsky y Edward Herman sobre la fabricación del consentimiento. Su planteamiento no consiste en afirmar que alguien controle completamente lo que pensamos. Es algo mucho más sutil. Quien consigue decidir qué asuntos ocupan las portadas y cuáles permanecen en segundo plano influye también en la manera en que una sociedad interpreta su propia realidad.

Finalmente, Antonio Gramsci desarrolló el concepto de hegemonía cultural, recordándonos que el poder no se ejerce únicamente mediante leyes o instituciones, sino también cuando determinadas ideas llegan a percibirse como naturales, inevitables o como el único sentido común posible.

Estos cuatro conceptos no pertenecen únicamente a los libros de teoría política.También ayudan a comprender lo que ocurre cada día en nuestras ciudades. Y Alcalá de Henares no constituye una excepción. Como sucede en cualquier municipio democrático, el gobierno municipal defiende su gestión y la oposición ejerce su legítima labor de control. Es natural que existan discrepancias entre quienes gobiernan y quienes aspiran a hacerlo. También es lógico que figuras como la alcaldesa Judith Piquet, el concejal Víctor Acosta o las tensiones internas que atraviesan distintos partidos, entre ellos el PSOE, ocupen parte de la actualidad política. La discrepancia forma parte de la democracia. La crítica también.

Lo preocupante aparece cuando la confrontación deja de ser un instrumento para mejorar la ciudad y se convierte en el principal contenido de la política. Cuando el relato termina desplazando a la realidad. Cuando el ciudadano deja de ser el protagonista para convertirse en un simple espectador. Mientras discutimos sobre estrategias, declaraciones o polémicas, la ciudad continúa esperando.

Continúan esperando los vecinos que cada mañana recorren unas aceras que todavía presentan barreras para personas mayores o con movilidad reducida. Esperan quienes reclaman un mantenimiento más constante de parques y zonas verdes. Esperan quienes piden mayor limpieza en determinados barrios, una iluminación más segura, una movilidad mejor planificada o una respuesta más ágil cuando presentan una incidencia al Ayuntamiento.

No son grandes debates ideológicos. Son problemas cotidianos. Pero precisamente porque son cotidianos deberían ocupar el primer lugar en la agenda de cualquier administración local. Hace apenas unos meses, la crisis del agua nos recordó hasta qué punto la confianza también forma parte de los servicios públicos. Más allá de las causas técnicas o de las responsabilidades administrativas, muchos ciudadanos sintieron incertidumbre. En situaciones así, la gestión no consiste únicamente en resolver el problema, sino también en comunicar con claridad, ofrecer información transparente y transmitir seguridad. Cuando esa confianza se resiente, no solo se cuestiona una decisión concreta; se debilita el vínculo entre la institución y la ciudadanía.

Alcalá de Henares posee un privilegio del que pocas ciudades pueden presumir. Es Patrimonio de la Humanidad, cuna de Miguel de Cervantes y referente universitario desde hace siglos. Esa herencia no debería ser únicamente un motivo de orgullo histórico; también debería convertirse en una exigencia democrática.

Una ciudad que ha sido durante siglos un lugar de conocimiento, diálogo y pensamiento crítico no puede conformarse con una política reducida al intercambio permanente de reproches.Porque una ciudad no se gobierna únicamente administrando presupuestos. También se gobierna administrando prioridades.  Y las prioridades se reflejan en aquello de lo que hablamos cada día.

Si durante semanas la conversación pública gira exclusivamente alrededor de enfrentamientos políticos, resulta inevitable que otras cuestiones pierdan espacio. No porque hayan dejado de ser importantes, sino porque el foco se ha desplazado.Quizá ahí vuelva a aparecer la ventana de Overton.

Terminamos aceptando como normal que la política municipal consista, sobre todo, en una sucesión de declaraciones cruzadas. Nos acostumbramos a medir el éxito de un pleno por la dureza de los discursos y no por la calidad de las propuestas que se aprueban. Confundimos la intensidad del debate con la eficacia de la gestión. La espiral del silencio también encuentra aquí su lugar.

Muchos vecinos dejan de participar porque sienten que nadie les escuchará. Otros prefieren no expresar sus opiniones para evitar ser etiquetados inmediatamente como partidarios de un partido u otro. Y así, poco a poco, la participación ciudadana se empobrece. Sin embargo, existe una realidad que rara vez ocupa titulares y que representa una de las mayores fortalezas de nuestra ciudad.

Es la de las asociaciones vecinales, entidades culturales, clubes deportivos, organizaciones sociales y plataformas ciudadanas que dedican parte de su tiempo a mejorar Alcalá.Son vecinos que no esperan a que alguien resuelva los problemas por ellos.Recorren las calles de sus barrios. Hablan con otros vecinos. Recogen firmas. Presentan propuestas. Asisten a los plenos municipales. Mantienen reuniones con responsables públicos. Insisten una y otra vez hasta conseguir que una necesidad cotidiana encuentre respuesta. Su trabajo rara vez abre un informativo. Pero constituye uno de los mejores ejemplos de democracia participativa.

La experiencia demuestra que muchas mejoras urbanas no nacen únicamente en un despacho. Nacen cuando un vecino decide no resignarse. Cuando una asociación persevera. Cuando un colectivo recuerda a las instituciones que detrás de cada expediente existe una persona. Lejos de interpretarse como una molestia, esa participación debería entenderse como un patrimonio democrático. Una administración que escucha sale fortalecida. Una oposición que propone enriquece el debate.Y una ciudadanía que participa hace mejor a su ciudad. Porque la democracia no consiste únicamente en elegir representantes. Consiste también en mantener una conversación permanente entre quienes gobiernan y quienes son gobernados.

Cuando esa conversación desaparece, cuando la política deja de escuchar y los ciudadanos dejan de hablar, todos perdemos algo. No solo pierde la administración. Pierde la ciudad. Quizá por eso conviene volver la mirada hacia una idea que los antiguos griegos comprendieron hace más de dos mil años. El ágora no era únicamente una plaza. Era el lugar donde los ciudadanos se reunían para hablar del bien común. La política nacía del encuentro, del diálogo y de la búsqueda de soluciones compartidas. No se trataba de vencer al adversario, sino de construir una ciudad mejor.

Con el paso de los siglos hemos multiplicado los canales de comunicación, pero no siempre hemos mejorado nuestra capacidad para escucharnos. Vivimos en la era de la información instantánea, de las redes sociales, de los titulares de pocos segundos y de los mensajes diseñados para provocar una reacción inmediata. Los algoritmos han descubierto que la indignación mantiene nuestra atención durante más tiempo que la reflexión, y el enfrentamiento genera más impacto que el acuerdo.

Pero una democracia no puede sostenerse únicamente sobre emociones. Necesita pensamiento crítico. Necesita ciudadanos capaces de distinguir entre el ruido y la realidad.La filósofa Hannah Arendt escribió que la política surge cuando las personas comparten un espacio común y reconocen que, aun siendo diferentes, son responsables del mismo mundo. Esa idea resulta especialmente necesaria en nuestros días. Porque gobernar una ciudad no consiste únicamente en administrar recursos; consiste también en cuidar ese espacio compartido que llamamos convivencia.

Y pocas ciudades simbolizan mejor ese espacio de encuentro que Alcalá de Henares. Aquí nació Miguel de Cervantes, un escritor que enseñó a generaciones enteras que las apariencias pueden engañarnos. Don Quijote confunde molinos con gigantes. Nosotros corremos un riesgo diferente: confundir el relato con la realidad, el titular con la gestión y la confrontación con la buena política.

Mientras debatimos quién ganó el último pleno, una persona mayor sigue esperando una acera accesible. Mientras analizamos la última polémica partidista, un parque puede seguir deteriorándose. Mientras compartimos en las redes el enfrentamiento del día, un vecino continúa aguardando una respuesta a una reclamación presentada hace meses. Esa es la ciudad que no debería desaparecer nunca de nuestra conversación. Porque los vecinos no viven dentro de un discurso político.

Viven en barrios con nombre propio. En el Distrito II, en Reyes Católicos, en El Val, en Espartales, en Nueva Alcalá, en el Ensanche, en el casco histórico o en cualquiera de los rincones que dan vida a nuestra ciudad. Todos ellos, con independencia de su forma de pensar o de votar, comparten necesidades muy parecidas: calles seguras, servicios públicos de calidad, espacios limpios, parques cuidados, transporte eficaz, accesibilidad y una administración cercana que escuche antes de responder.

Ahí es donde la política encuentra su verdadera razón de ser.   No en la victoria de un partido sobre otro.No en la brillantez de un titular. No en el eco de una declaración. Sino en la mejora concreta de la vida de las personas. Los gobiernos cambiarán. También cambiarán las oposiciones. Cambiarán los nombres propios que hoy ocupan la actualidad. Pero las calles seguirán ahí. Los barrios continuarán necesitando atención. Y los vecinos seguirán esperando respuestas.

Quizá por eso deberíamos ser más exigentes con todos nuestros representantes, sin excepción. Exigir al gobierno que gobierne con transparencia, eficacia y capacidad de escucha. Exigir a la oposición que fiscalice con rigor, pero que también aporte propuestas. Exigir a los medios que no olviden los problemas cotidianos detrás de la confrontación política. Y exigirnos a nosotros mismos no caer en la comodidad de opinar sin participar.

Porque una ciudad no mejora únicamente gracias a quienes ocupan un despacho.Mejora cuando una asociación vecinal persevera. Cuando un colectivo cultural mantiene viva la identidad de un barrio.Cuando un club deportivo educa en valores. Cuando un comerciante apuesta por su calle.Cuando un profesor forma ciudadanos críticos. Cuando un voluntario dedica su tiempo a los demás. Cuando un vecino decide implicarse en lugar de resignarse. Esa es la democracia que no suele ocupar portadas, pero que sostiene silenciosamente a todas las demás.

Tal vez haya llegado el momento de recuperar una idea sencilla. Hablar menos de quién gana el debate político y más de quién gana con ese debate. Si quienes ganan son los vecinos, la democracia habrá cumplido su función. Si quienes pierden son los vecinos, entonces ninguna victoria política será realmente una victoria. Porque una ciudad no se mide por el volumen de sus polémicas. Se mide por la dignidad con la que cuida a quienes la habitan.

Alcalá de Henares posee una historia extraordinaria. Ha sido ciudad del conocimiento, del diálogo, de la cultura y de la palabra. Ese legado no nos obliga únicamente a conservar edificios o monumentos; nos obliga también a conservar una forma de entender la vida pública basada en el respeto, el pensamiento crítico y la búsqueda del bien común.

Las ciudades no pertenecen a quienes gobiernan. Tampoco a quienes hacen oposición.Ni siquiera a quienes escribimos sobre ellas. Las ciudades pertenecen a quienes las viven cada día. Y quizá haya llegado el momento de devolverlos al lugar del que nunca debieron salir: el centro del debate público.

 

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