Más de mil motos y un destino secreto: Alcalá vuelve a rugir con la Xtreme Challenge

Más de mil motoristas llegados desde distintos puntos de España volvieron a convertir Alcalá de Henares en capital del mototurismo con la Xtreme Challenge. El antiguo Recinto Ferial fue el viernes punto de encuentro y escenario de una multitudinaria concentración antes de afrontar el sábado tres rutas secretas de hasta 650 kilómetros. Una larga jornada sobre dos ruedas que terminó, de manera especialmente simbólica, en el Museo de la Moto de La Gal de Alcalá.

  • Tres rutas secretas, hasta 650 kilómetros y más de mil motoristas protagonizaron una Xtreme Challenge que terminó en el Museo de La Gal.
  • Crónica gráfica y video de Pedro Enrique Andarelli para ALCALÁ HOY

Hay fines de semana en los que Alcalá de Henares cambia de banda sonora. El viernes 25 de septiembre no fueron las campanas del casco histórico ni el trajín habitual de una ciudad que comenzaba a despedir la semana. En el Recinto Ferial mandaban los motores. Graves algunos, discretos otros, rotundos cuando alguien giraba el puño del acelerador quizá un poco más de lo estrictamente necesario. Porque una moto también se enseña con el oído.

Más de un millar de motoristas llegados desde distintos puntos de España volvieron a convertir Alcalá en uno de los grandes puntos de encuentro del mototurismo nacional con una nueva edición de la Xtreme Challenge Madrid. Y bastaba acercarse el viernes al recinto para comprender que aquello era bastante más que reunir motocicletas en un aparcamiento.

Había motos de todos los tamaños y casi para todos los gustos. Máquinas preparadas para devorar cientos de kilómetros, equipajes calculados al centímetro, cascos, chaquetas, navegadores, maletas laterales y esa colección de pequeños accesorios que para el profano pueden parecer innecesarios hasta que uno descubre que su propietario piensa pasarse buena parte del día siguiente sobre dos ruedas. También había conversación. Mucha. Porque antes de hacer kilómetros los motoristas hablan de kilómetros.

Unos llegaban solos; otros, en pareja o en pequeños grupos. Se comparaban máquinas, neumáticos y equipamiento, se comentaban experiencias de otras rutas y se hacían las inevitables cábalas sobre el recorrido que esperaba al día siguiente. Porque la Xtreme Challenge tiene una particularidad capaz de devolver cierta incertidumbre a una época en la que el teléfono móvil parece saber siempre dónde estamos y adónde vamos: el itinerario permanece en secreto prácticamente hasta la salida. El viernes era el día de mirar. El sábado sería el de rodar.


Una ciudad convertida en garaje de salida

La Xtreme Challenge no es una carrera, aunque su nombre pueda llevar a engaño. Aquí no había una pole position que conquistar ni una copa esperando al primero que regresara. No había cronómetro ni clasificación. La propuesta es bastante más sencilla de explicar y seguramente más difícil de completar: elegir una distancia, descubrir la ruta y hacerla.

Tres posibilidades aguardaban a los participantes. La Rookie, con alrededor de 350 kilómetros; la Pro, concebida en torno a los 500; y la Ultra Xtreme, reservada para quienes consideran que pasar buena parte de un sábado recorriendo más de 600 kilómetros en moto es una excelente manera de emplear el tiempo libre. En las previsiones de esta edición, la distancia máxima podía acercarse a los 650 kilómetros.

Todo sobre asfalto y por carreteras abiertas al tráfico. Nada de velocidad como objetivo. Aquí el desafío consiste en navegar, encontrar los puntos establecidos por la organización, completar el recorrido y regresar con el pasaporte debidamente sellado. El viernes, sin embargo, todavía no había que enfrentarse a todo eso.

Era la jornada de las acreditaciones y los dorsales, de las exposiciones de las marcas, de probar alguna motocicleta, de encontrarse con viejos compañeros de carretera o conocer a quienes al día siguiente compartirían kilómetros. La zona del Recinto Ferial y el Paseo de Aguadores se transformó durante unas horas en una especie de gran garaje al aire libre en el que cada moto parecía llevar detrás una historia y, delante, otra todavía por escribir.

Hasta allí se acercaron también la primera teniente de alcaldesa y concejala de Turismo, Isabel Ruiz Maldonado, y el concejal Víctor Cobo, que acompañaron a participantes y organización durante la jornada del viernes.

Ruiz Maldonado destacó el valor de la cita para consolidar Alcalá como uno de los puntos de referencia del mototurismo nacional y puso el acento en algo que va más allá de los depósitos de gasolina: más de mil participantes, muchos de ellos acompañados, significan hoteles, restaurantes, terrazas, comercios y visitantes durante todo un fin de semana.

La concejala subrayó precisamente que un acontecimiento de estas características contribuye a dinamizar la actividad turística, hostelera y comercial y permite proyectar Alcalá como ciudad capaz de albergar grandes eventos.

Y la estampa tenía algo peculiarmente complutense. Una ciudad que vende patrimonio, Cervantes, universidad y piedras centenarias puede convertirse durante unas horas en punto de encuentro de motos cargadas de tecnología, navegadores GPS y equipamiento pensado para recorrer centenares de kilómetros. No parece una mala combinación. El patrimonio permanece quieto. Los visitantes, afortunadamente, no.


A las siete de la mañana empieza lo serio

El viernes había sido la víspera. El sábado 26 tocaba madrugar. Muy temprano, cuando un fin de semana normal todavía permite negociar cinco minutos más con la almohada, en la Xtreme Challenge ya había motoristas preparados para salir.

Los participantes de la Ultra Xtreme eran los primeros llamados a ponerse en marcha, con salidas previstas entre las 7:00 y las 7:30 horas. Después llegaba el turno de la Pro y, finalmente, de quienes habían escogido la Rookie. La organización escalonaba así la marcha de un contingente superior al millar de participantes que iba abandonando Alcalá poco a poco.Y entonces comenzaba de verdad la aventura.

Hasta ese momento se conocían las distancias, pero no completamente el camino. Esa es una de las claves que explican el atractivo de esta cita: salir sin tener memorizada durante semanas una ruta diseñada en casa. En el primer punto, los participantes recibían la información necesaria para navegar, con mapas y herramientas digitales para seguir un itinerario que hasta entonces había sido guardado por la organización. Puede parecer un pequeño detalle. No lo es.

En un mundo en el que casi cualquier desplazamiento comienza escribiendo una dirección en una pantalla, la Xtreme Challenge recupera parte de aquella vieja liturgia del viaje en moto: saber de dónde sales, pero reservarle a la carretera el derecho a sorprenderte. Después llegan las curvas, las paradas, el combustible, los kilómetros acumulándose en el marcador y esa relación particular que existe entre el motorista y el paisaje. Desde un coche se atraviesa un territorio. Sobre una moto, de alguna manera, se está dentro de él.

No faltan tampoco el cansancio y las horas de conducción. Seiscientos kilómetros siguen siendo seiscientos kilómetros por mucho que uno disfrute haciéndolos. De ahí que la prueba tenga más de resistencia personal que de competición. No se trata de ganarle al que rueda delante, sino de administrar fuerzas, mantener la atención y completar el desafío.


Volver es también parte del viaje

La llegada tiene en la Xtreme Challenge un significado diferente al de una carrera. No espera una clasificación para decidir quién ha sido mejor. Espera haber completado el recorrido, haber pasado por los controles y regresar después de una jornada en la que la carretera ha sido la verdadera protagonista.

Y esta vez el regreso tenía un destino especialmente apropiado: el Museo de la Moto de La Gal, en Alcalá de Henares.  Allí concluyó la aventura para los participantes después de cientos de kilómetros de carretera. Una llegada con bastante sentido simbólico. Después de pasar buena parte del día sobre motocicletas actuales, cargadas de electrónica, navegadores y tecnología, la jornada terminaba precisamente en un espacio dedicado a conservar la memoria de las dos ruedas.

Probablemente ahí esté buena parte del secreto de un formato que ha conseguido consolidarse entre los aficionados al mototurismo. No hace falta ganar. Hay que llegar. La diferencia parece pequeña hasta que uno imagina una jornada de muchas horas entre casco, carretera, paradas, curvas y centenares de kilómetros. Entonces el verbo llegar adquiere otra dimensión.

Alcalá volvió así a desempeñar durante dos días un papel que ya empieza a resultarle familiar. La ciudad había acogido anteriores ediciones de la Xtreme Challenge y este 2026 volvió a recibir una convocatoria que ha ido creciendo hasta reunir a más de un millar de motoristas procedentes de distintos puntos de España.

Durante el viernes quedaron las imágenes de las motos alineadas en el Recinto Ferial, los cascos bajo el brazo, las conversaciones junto a las máquinas y la curiosidad de quienes simplemente se acercaron a mirar. El sábado llegó lo serio: madrugar, arrancar, descubrir el recorrido y ponerse por delante cientos de kilómetros.

Después vendrían las carreteras, los mapas, las paradas y esas pequeñas historias que inevitablemente se acumulan cuando un millar de personas salen desde un mismo lugar para enfrentarse a tres recorridos diferentes. Y finalmente, La Gal.

Uno detrás de otro, los participantes fueron cerrando allí un viaje que había comenzado muchas horas antes. El Museo de la Moto se convertía así en el punto final de una jornada dedicada precisamente a aquello que guarda entre sus paredes: máquinas, carretera y una manera de entender el viaje que difícilmente se explica a quien nunca ha sentido la necesidad de recorrer cientos de kilómetros simplemente por el placer de recorrerlos.

La Xtreme Challenge dejó ruido, visitantes, actividad hostelera y comercial y una estampa poco habitual en Alcalá. Pero dejó también algo más difícil de medir: la constatación de que una ciudad conocida universalmente por Cervantes, su Universidad y su patrimonio puede encontrar otras puertas de entrada para atraer visitantes. Y pocas podían resultar más apropiadas para cerrar esta edición.

Después de hasta 650 kilómetros, de tres rutas mantenidas en secreto hasta prácticamente el momento de ponerse en marcha y de más de mil motoristas recorriendo carreteras durante todo el sábado, la Xtreme Challenge terminó en un museo dedicado a las motos. De las motos que todavía hacen kilómetros a las que ya cuentan su historia. Difícil encontrar un garaje mejor para poner el punto final.

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