
- Ayuso reclama conocer el coste completo del despliegue de Yebes, desde escoltas y conductores hasta hoteles, comidas, cenas y demás gastos.
Mientras en Alcalá de Henares centenares de vecinos se agolpaban el miércoles con gafas de cartón y sillas de camping para contemplar esos cuarenta segundos mágicos en los que la Luna se comió al Sol, a ochenta kilómetros de distancia, en el Observatorio de Yebes, cuatro ministros del Gobierno disfrutaban de un programa algo más sofisticado. Y no es que lo digamos nosotros: lo ha dicho, con esa contundencia que tanto le caracteriza, la propia presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso. Según ella, los miembros del Ejecutivo se fueron «de fiesta a cuerpo de rey» y, encima, tienen la ocurrencia de decir que solo gastaron 72.000 euros. Falso, aclara ella. Falso de toda falsedad. Porque, ¿quién se cree que en un acto de esas características el gasto se queda en la cifra oficial? «¿Cuánto ha sido el gasto en conductores, escoltas, hoteles, comidas, cenas? Que expliquen el despilfarro entero», escribió Ayuso este jueves en su cuenta de X, como quien descubre que en la cuenta de la cena de empresa se han colado tres botellas de reserva y un postre de tres pisos.
El acto, bautizado con el delicioso nombre de «Eclipsados y eclipsadas por la ciencia» (sí, con todas las vocales inclusivas del repertorio), fue organizado por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades y se celebró en el Observatorio Astronómico de Yebes, ese coloso de radiotelescopios que desde hace décadas estudia el universo sin necesidad de barra libre. El presupuesto oficial, según ha publicado El Mundo y ha servido de base para la indignación de la presidenta, asciende a 72.358 euros. Una cifra que, a primera vista, no parece de escándalo para un evento de nueve horas con 300 invitados, pero que Ayuso considera solo la punta del iceberg. Porque, claro, en esa factura se incluyen seis horas de barra libre de bebidas, una comida popular para trescientas personas, dos cenas tipo cóctel (una para el común de los mortales y otra, se supone, para las autoridades), transporte gratuito, un planetario hinchable, talleres, visitas guiadas y, para rematar la noche, un concierto en directo de La Habitación Roja. Es decir, ciencia, divulgación y un poco de indie para que no se diga que el Gobierno no sabe disfrutar del cosmos.
Allí estuvieron, entre otros, la ministra de Ciencia, Diana Morant; el de Interior, Fernando Grande-Marlaska; el de Transformación Digital, Óscar López; y el de Política Territorial, Ángel Víctor Torres. Cuatro ministros viendo cómo la Luna se interponía entre el Sol y la Tierra mientras, según la versión de Ayuso, el resto de España se enfrentaba a una invasión marroquí en Ceuta, a una cesta de la compra por las nubes y a unos gobernantes más ocupados en buscarse un puestazo internacional que en gobernar. El presidente Sánchez, por cierto, no apareció. Se quedó en Lanzarote, donde, al parecer, también se puede observar el cielo sin necesidad de escoltas ni catering. Pero eso no impidió que Ayuso aprovechara para recordar que «el presidente y familia se están dando la gran vida con los impuestos y los recursos de todos, incluidos los agentes que a Ceuta nunca llegaron».
La retranca, como siempre, está en los detalles. Porque la misma presidenta que ahora exige el desglose completo del gasto en Yebes es la que, hace solo unos meses, invitaba a todos los madrileños a contemplar el eclipse desde el norte de la región y, muy especialmente, desde Alcalá de Henares. «Organizaremos coloquios con astrónomos, eventos musicales…», prometía entonces. Y, en efecto, en Alcalá se organizaron actividades, se repartieron gafas y se vivió el fenómeno con esa mezcla de emoción e improvisación que caracteriza a los vecinos cuando algo grande ocurre en el cielo. Nadie aquí pidió barra libre de seis horas ni cena cóctel para doscientas personalidades. Bastó con mirar hacia arriba, aguantar el aliento durante esos cuarenta segundos de oscuridad y volver a la vida cotidiana con la sensación de haber visto algo que no se repite cada año. En Yebes, en cambio, el evento se diseñó con zona VIP en la azotea, otra zona general en el aparcamiento y un despliegue de seguridad que, según algunos vecinos del pueblo, impidió incluso circular con normalidad por las calles.
No es que la crítica de Ayuso carezca de fundamento. Gastar dinero público siempre es susceptible de ser mirado con lupa, y más cuando el país tiene problemas reales que no se solucionan con un concierto de indie ni con un planetario hinchable. Pero hay algo de cómico en ver a la presidenta de Madrid erigirse en contable de urgencia de un acto celebrado en Guadalajara mientras, en su propia comunidad, los presupuestos de ciencia, cultura y divulgación también tienen sus partidas y sus justificaciones. La diferencia, claro, es que cuando se trata de los de enfrente el despilfarro se ve a simple vista, y cuando se trata de los de casa uno prefiere mirar hacia otro lado o, como mínimo, esperar a que salga el sol. Ayuso, que no suele quedarse corta, ha aprovechado la ocasión para mezclar el eclipse con Ceuta, con la inflación, con las peleas internas del Gobierno y con esa narrativa de que España está siendo invadida mientras los ministros brindan. Es un cóctel político tan cargado como las dos cenas del acto de Yebes: tiene de todo y, si se toma de un trago, puede dejar un poco mareado.
Lo cierto es que el eclipse del 12 de agosto de 2026 fue un acontecimiento histórico. El primero total visible en la península desde 1912. En Alcalá se vivió con emoción genuina. La gente salió a las terrazas, a los parques, a los miradores. Algunos se desplazaron unos kilómetros hacia el norte para asegurarse la totalidad completa. Otros se conformaron con el 99,8 por ciento de cobertura que nos tocó en casa. Nadie, que se sepa, reclamó que el Ayuntamiento de Alcalá o la Comunidad de Madrid organizaran una fiesta con barra libre y concierto para tres centenares de invitados. Bastó con el espectáculo del cielo. En Yebes, el Gobierno decidió que un fenómeno de esas características merecía un acto institucional a la altura. Y lo organizó. Con sus luces y sus sombras, con su ciencia y su catering, con su zona VIP y su planetario hinchable.
Ahora Ayuso exige el desglose completo. Quiere saber cuánto costaron los conductores, los escoltas, los hoteles y las cenas. Es una demanda legítima en términos de transparencia. Cualquier ciudadano tiene derecho a saber en qué se gasta el dinero público. Pero también resulta curioso que la exigencia llegue precisamente ahora, cuando el Sol ya ha vuelto a brillar y la Luna se ha marchado a seguir su órbita. Como si el verdadero eclipse no hubiera sido el del miércoles, sino el de la indignación selectiva que se activa cada vez que los de enfrente organizan algo.
Mientras tanto, en Alcalá seguimos recordando esos cuarenta segundos de oscuridad. Fueron breves, intensos y, sobre todo, gratuitos. Nadie nos cobró entrada, nadie nos ofreció una copa de bienvenida y nadie nos puso a elegir entre la zona VIP y el aparcamiento. Solo el cielo, la Luna y un puñado de vecinos mirando hacia arriba con la boca abierta. Quizá esa sea, al final, la mejor forma de celebrar un eclipse: sin tanto protocolo, sin tanto desglose y, sobre todo, sin necesidad de echar cuentas al día siguiente. Aunque, claro, para eso habría que dejar de lado la tentación de convertir cada fenómeno astronómico en un arma política. Y eso, en estos tiempos, parece más difícil que predecir el próximo eclipse total.













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Normal, Ayuso se fue diez días de viaje oficial a México y solo gastó 600 euros.