Septiembre fuera, Nochebuena dentro: el claustro de Las Bernardas se adelanta a la Navidad

El claustro de Las Bernardas se ha adelantado este fin de semana a la Navidad. La IV Feria Belenista de Alcalá de Henares ha reunido durante tres días a artesanos, belenistas, familias y curiosos entre figuras de barro, portales, miniaturas y nuevas técnicas. A finales de septiembre, mientras fuera todavía manda el sol, dentro del monasterio cisterciense pastores, camellos y pesebres han conseguido algo improbable: hacer que durante unas horas pareciera diciembre.

Foto de Pedro Enrique Andarelli
  • Doce artesanos y distribuidores, talleres y mucho oficio belenista han convertido Las Bernardas en un pequeño anticipo de la próxima Navidad.
  • Crónica gráfica de Pedro Enrique Andarelli para ALCALÁ HOY

Este domingo 27 de septiembre, a media mañana, el claustro de Las Bernardas aún olía a barro húmedo, a cola blanca y a esa mezcla indefinible de madera, musgo seco y pintura acrílica que solo reconocen quienes montan belenes. Quedaban pocas horas. A las trece cerraba la IV Feria Belenista de Alcalá de Henares y el recinto, que el viernes por la tarde todavía parecía un ensayo, se había convertido en un pequeño mercado de Navidad instalado tres meses antes de tiempo. Quien llegaba entonces no encontraba solo puestos. Encontraba el rumor bajo de las conversaciones, el roce de las cajas de figuras, algún niño señalando un camello de diez centímetros y, al fondo, el silencio viejo del monasterio cisterciense, que parece hecho a propósito para que las escenas de Belén no desentonen.

La feria no nació este año. Lleva cuatro ediciones instalada en el mismo claustro, organizada por la Hermandad de Nuestra Señora del Carmen con el Ayuntamiento y la Diócesis, y con la Asociación Complutense de Belenistas como aliada natural. Lo que sí ha cambiado es la evidencia de que Alcalá ya no espera a diciembre para hablar de belenes. Lo hace en septiembre, cuando el calor todavía pega en la Plaza de las Bernardas y el visitante cruza la Casa de la Demandadera sin haberse puesto el abrigo. El contraste es parte del encanto. Fuera, el casco histórico sigue en su ritmo de fin de verano. Dentro, hay pastores, pozos, palmeras de alambre, portales napolitanos y miniaturas impresas en 3D.

El viernes 25 abrió de cinco a nueve de la tarde. Fue el día de la toma de posesión del espacio. Los doce artesanos y distribuidores —llegados de Madrid, Castilla-La Mancha, Valencia, Murcia, Cataluña y Andalucía— terminaban de alinear vitrinas y de colocar las piezas que más les importa que se vean primero. Había figuras de barro pintadas a mano, belenes plegables, complementos, escenografías, piezas de Lladró, misterios clásicos y propuestas más contemporáneas. Quien se acercaba sin saber muy bien a qué iba descubría enseguida que no se trataba de un mercadillo genérico. Aquí se discute la escala, el tono de la tierra, si el agua del río debe ser de resina o de acetato, si el portal pide una viga más baja. El belenismo tiene su jerga y este claustro la habla con naturalidad.

El sábado fue el día grande, como casi siempre. Por la mañana, de diez a dos, el recinto se llenó de aficionados que ya conocen el calendario y de familias que habían oído que “en Las Bernardas hay belenes”. A las diez y media, Francisco Morales dirigió el taller de construcción de un portal. No era una charla ornamental. Era un curso de verdad, incluido en los tres euros de la entrada, con la limitación lógica del aforo. Quien se quedó vio cómo un portal no es solo un techo y dos paredes: es proporción, textura, sombra y el punto exacto donde el Niño no queda perdido. Por la tarde, de cinco a nueve, Antonio Vergara tomó el relevo con técnicas de tallado, texturas y pintura. El público no era solo de Alcalá. Había caras de otros municipios del Corredor, belenistas que aprovechan cualquier feria para reponer material y curiosos que salieron con una figura envuelta en papel de seda y la sensación de haber empezado ya la Navidad.

Tres euros no es una barrera. Es un donativo que sostiene la organización y que, de paso, filtra un poco el tránsito. El claustro no es un recinto ferial infinito. Es un patio histórico, con arcos, con esa luz que entra sesgada y con el privilegio y la responsabilidad de estar en un edificio que no se presta a cualquier cosa. Por eso la feria funciona mejor cuando no se pretende masificarla. Funciona cuando la gente se para, pregunta el precio de una pastora, compara dos pesebres y se lleva no solo un objeto, sino una conversación. En eso consiste, al cabo, el belenismo de pueblo y de ciudad: en que la pieza no se compre a ciegas.

Entre los nombres que han ocupado los puestos este año están 3D Miniaturas y Belenismo, Artesanía Mirete, Chiquirritín, Pedro Artesanía, El Sueño de San José, Fran Carrillo, Jesús Ferreiro, Joaquina Hurtado, María José Riofrío Santamaría, Marta Barja y Montserrat Ribes. La lista no es decorativa. Resume una geografía del oficio. Hay quien trabaja el barro como se trabajaba hace décadas y quien ha incorporado la impresión 3D sin pedirle perdón a la tradición. Esa convivencia es, quizá, lo más interesante de esta cuarta edición. El belén no se ha quedado congelado en el belén de cartón-piedra de los años setenta, ni se ha convertido tampoco en una feria de gadgets. Oscila. Y Alcalá, que ha declarado el belenismo complutense manifestación cultural y religiosa de especial significación, se presta bien a ese vaivén.

La Asociación Complutense de Belenistas no se ha limitado a prestar el nombre. Ha puesto exposición y ha puesto maestros. Quien conoce su trabajo de Navidad, el monumental de la antigua Fábrica de Gal, el tradicional de Santa María la Rica, el concurso local que ya va por más de cuarenta ediciones,  entiende que esta feria de septiembre no es un capricho aislado. Es un adelanto y un aviso. El aviso dice: el belén no se improvisa el 8 de diciembre. Se piensa, se compra, se prueba, se corrige. Se habla de él cuando todavía hay terrazas abiertas.

El domingo 27 ha tenido el tono de las despedidas cortas. Horario de diez a una. Menos gente que el sábado, más tiempo para mirar. Alguien pregunta si queda alguna figura concreta. Otro vuelve a un puesto que el día anterior se le quedó a medias. Un artesano envuelve con más calma. El claustro, que el sábado vibraba, recupera un poco de su vocación monástica. Es un buen final. Las ferias que se alargan demasiado acaban oliendo a liquidación. Esta no. Cierra cuando todavía apetece quedarse.

Hay quien se extraña de que se hable de Belén en septiembre. La extrañeza dura poco. En cuanto se entra y se ve un portal bien resuelto, la fecha deja de importar. El belén no es solo un adorno de calendario. Es un modo de contar una historia con barro, tela, luz y paisaje. Alcalá lo sabe desde hace años, y la Hermandad del Carmen ha encontrado en Las Bernardas el marco justo: patrimonio, silencio, piedra y, de pronto, un pueblo minúsculo de figuras que cabe en una mesa.

Quien se haya perdido el viernes o el sábado aún ha tenido esta mañana. Quien no haya podido venir se queda con la foto mental del claustro ocupado por pastores y con la certeza de que, cuando llegue diciembre, muchos de esos materiales ya estarán en casas de Alcalá y de media España. La IV Feria Belenista no ha pretendido ser la Feria Internacional de noviembre ni el gran belén de Navidad. Ha pretendido ser lo que es: tres días para empezar. Y lo ha conseguido. Fuera, al salir otra vez a la Plaza de las Bernardas, el sol de finales de septiembre sigue ahí. Dentro, durante un rato, ha sido Nochebuena.

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