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M-Clan reunió a 2.500 personas en la Huerta del Obispo antes de que la Fiesta Dabuti prolongara la noche después del concierto.
- Crónica gráfica de Ricardo Espinosa Ibeas y video de Pedro Enrique Andarelli para ALCALÁ HOY
La Huerta del Obispo, el recinto amurallado del Palacio Arzobispal que Los Conciertos de la Muralla convierten cada verano en una gran sala al aire libre, volvió a llenarse el viernes 18 de septiembre. No era noche de música urbana ni de cartel indie. Era noche de rock de estribillo largo, de público que se sabe las letras desde hace veinte años y de una banda que, a estas alturas, no necesita tarjeta de visita. M-Clan aterrizaba en Alcalá de Henares con la gira de su 30.º aniversario y el éxito estaba prácticamente escrito: unas 2.500 personas entre pista, gradas y zonas VIP. Quien llegó tarde tuvo que buscar hueco casi contra la tapia.
La novena edición del ciclo alcanzaba esta altura del calendario con el recinto bien rodado después de las actuaciones de Loquillo, Lola Índigo o Valeria Castro, aunque con un hueco amargo todavía reciente. Miguel Ríos debía haber actuado el sábado anterior en la misma Huerta, pero Los Conciertos de la Muralla cancelaron el espectáculo debido a una infección pulmonar del artista granadino, que se recupera tras haber pasado la COVID-19. Reposo médico y devolución de las entradas. Seis días después, el rock regresó a la piedra, esta vez con acento murciano.
Treinta años caben en un estribillo
Carlos Tarque y Ricardo Ruipérez no venían a explicar nada. Venían a tocar lo que la gente quería escuchar. La formación, con nueve músicos sobre el escenario, salió hacia las 21:00 horas, después de que las puertas se abrieran a las 19:00. Había tiempo para entrar sin prisas, cenar algo en las carpas de restauración y recorrer una zona de acceso que durante todo el ciclo ha ofrecido algo más que comida y bebida.
Junto a las carpas de food trucks y otros puestos se encontraban varias organizaciones orientadas al cuidado, la protección y la adopción de mascotas. Asociaciones como ACUNR, junto a otros colectivos animalistas, atendían sus mesas con productos solidarios, camisetas, bolsas, artesanía, información sobre animales que buscan familia y llamadas a la adopción responsable. Una presencia discreta pero constante, iluminada aquella noche por los tonos rojos de la muralla, que aprovechaba el paso de miles de personas para recordar que detrás de cada taza, abanico, llavero o camiseta había también alimento, asistencia veterinaria y refugio para algún animal abandonado.
Luego se apagaron las conversaciones y se encendió la pista. El arranque no admitió dudas. Calle sin luz puso en marcha la maquinaria, seguida por Para no ver el final y Llamando a la Tierra. Bastaron tres canciones para convertir el recinto en un coro de 2.500 voces. Tarque dijo poco. Un “buenas noches, Alcalá” y a lo siguiente. Sabe que estas noches de ciclo no perdonan el reloj y que el público no ha venido a escuchar un mitin.
Souvenir y Basta de blues rebajaron ligeramente la fiebre para volver a levantarla con Perdido en la ciudad. Ahí apareció el oficio acumulado durante tres décadas: el mismo esqueleto que M-Clan lleva meses paseando por España, muy próximo al de Dos noches en el Price, pero reforzado con una banda grande y metales incluidos, capaces de rellenar todos los rincones que en un formato reducido podrían quedarse algo flacos.
Ruipérez permaneció un paso atrás, concentrado en la guitarra. Tarque hizo justo lo contrario. Es imposible dejar de mirarlo. Se mueve de forma imprevisible, se agacha, se tira al suelo, juega con el cable del micrófono y parece dispuesto a discutir hasta con los monitores. En el Botánico de Madrid, en junio, llegó a lanzar una pandereta hacia un miembro de seguridad. En Alcalá no necesitó proyectiles. Le bastó la voz, todavía con color, potencia y ese punto de desgarro que siempre ha sido una de las señas de identidad del grupo, aunque el aire ya no sea exactamente el de 2001.
Himnos contra la muralla
El tramo central, con Roto por dentro, Las palabras, Gracias por los días y el puente formado por Periódicos y La esperanza, fue el momento de menor euforia. Es la parte del repertorio que en otros conciertos de la gira también ha dispersado un poco la atención. Nada grave. Sirvió para que Tarque recuperase fuelle y para que quienes habían acudido principalmente por los grandes éxitos respirasen antes de la siguiente descarga.
El rescate llegó enseguida con Usar y tirar, Las calles están ardiendo y Pasos de equilibrista, incluido el guiño a Under Pressure que ya forma parte del ritual. La Huerta del Obispo no es un anfiteatro de feria. Es un jardín encerrado por piedra, con la muralla como telón y el casco histórico a dos calles. El sonido rebota de otra manera: menos eco de grada y más calor de pista, más cercanía y también esa sensación de estar asistiendo a algo que sucede dentro de una caja histórica.
Miedo hizo lo que lleva años haciendo. Una balada de soledad que nadie se resiste a cantar a pleno pulmón, aunque algunos finjan durante los primeros versos que la escuchan con serenidad. Después llegó Maggie, escrita así, a secas, en el repertorio, pero reconocible como la adaptación de Maggie May. Tarque amagó con bajar hacia el público y farfulló entre versos, en uno de esos momentos en los que parece que la canción puede descarrilar y, precisamente por eso, todo el mundo permanece pendiente.
Fue entonces cuando las gradas se pusieron verdaderamente en pie, justo antes de la primera despedida. El bis siguió el guion de la gira. Sopa fría, aquel sencillo recibido en su momento con alguna mirada de reojo y convertido ahora en una sonrisa colectiva, abrió la última parte. Quédate a dormir y Carolina cerraron el círculo de los himnos prometidos por el propio ciclo cuando anunció el concierto. El broche correspondió a Concierto salvaje, una pieza relativamente reciente que continúa resistiendo en el repertorio de los últimos quince años.
Fueron casi dos horas de directo. Tiempo suficiente para que quien acudió únicamente por M-Clan saliera con la garganta castigada y para que quienes llevaban la entrada combinada decidieran que aún quedaba noche. Entre el público se dejó ver también el concejal de Festejos, Antonio Saldaña, que se pasó por la Huerta del Obispo después de asistir a los actos de la festividad de la Virgen del Val. Del programa patronal al rock y, después, a los ochenta y los noventa: una agenda municipal con cambio de ritmo incluido.
No hubo, al menos a simple vista, invitados relámpago como Alejo Stivel en el Botánico. Tampoco hacían falta. El público de Alcalá no pedía rarezas ni arqueología musical. Pedía que sonaran Carolina y Llamando a la Tierra y que Tarque no se estuviera quieto. Tuvo ambas cosas. La comparación con otros conciertos de la gira resulta inevitable: aforo al límite, poco discurso, mucho estribillo y banda grande. Cambia el marco. En Zaragoza fue el Anfiteatro de la Expo; aquí, la Huerta del Obispo. Y cambiaba también el epílogo, porque la noche no terminaba con M-Clan.
De Tarque a la Fiesta Dabuti
Cuando la banda murciana abandonó el escenario, la Huerta no se vació. Cambió de piel. Fiesta Dabuti regresó al recinto amurallado después de la buena acogida obtenida en 2025 y convirtió el mismo césped en una verbena ochentera y noventera. Quienes habían asistido al concierto podían quedarse sin pagar un suplemento; el resto accedía desde las 22:45 con una entrada específica de cinco euros, puesta a la venta días antes para quienes querían únicamente prolongar la noche.
No era un añadido improvisado para retener al público ni un hilo musical de despedida. La propuesta tenía entidad propia: Óscar de Pablo DJ al frente, la Dabuti Band en directo, animación, ambientación y un recorrido por éxitos nacionales e internacionales de dos décadas que parecían concebidos para seguir cantando sin necesidad de consultar la letra. A las 23:15, con el rock todavía en la garganta, el público pasó de los himnos de M-Clan a las canciones de los años ochenta y noventa, mezclándose quienes venían del concierto con quienes acababan de cruzar las puertas por cinco euros.
El cambio funcionó sin brusquedad. De las guitarras a la pista de baile, de Carolina a las canciones de una generación que tampoco necesita demasiadas presentaciones. La muralla continuaba iluminada, las carpas seguían abiertas y la Huerta conservaba el ambiente de gran noche popular. El concejal Antonio Saldaña también compartió algunos momentos de esa segunda sesión, mientras los puestos de restauración y las carpas solidarias dedicadas a las mascotas permanecían como parte de un recinto que durante el ciclo ha procurado ofrecer actividad antes, durante y después de los conciertos.
M-Clan celebra en 2026 sus treinta años de trayectoria con una gira concebida para reencontrarse con las canciones que han marcado a varias generaciones. El repertorio apenas cambia de una ciudad a otra y el nuevo disco continúa siendo una promesa, pero nada de eso importaba el viernes en un recinto lleno de personas que habían pagado para cantar. Quien tuvo, retuvo. El grupo sigue instalado en la parte alta del pop-rock español y Tarque continúa siendo ese frontman al que no se puede perder de vista porque nadie sabe si su siguiente movimiento será un verso, una caída o una pequeña locura.
Los Conciertos de la Muralla encadenaron así otra noche redonda en 2026, todavía con el asterisco de la cancelación de Miguel Ríos y con el ciclo mirando ya a Muralla Urbana y al cierre indie de los días 25 y 26. La Huerta no descansa. M-Clan tampoco: Monzón esperaba al día siguiente y Alicante, una semana después. La carretera del aniversario continúa.
Para quien estuvo allí, la crónica puede resumirse en una imagen: pista llena, letras volando sobre las cabezas, Tarque aferrado al micrófono y la muralla detrás. Un karaoke gigante, sí, pero de los que salen bien. Y, cuando terminó el rock, una fiesta por cinco euros para quienes todavía no tenían ninguna intención de irse a casa























