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Desfile, recreaciones y polémica política en una jornada intensa con protagonismo institucional y un concejal entregado a la causa romana.
- Crónica gráfica de Ricardo Espinosa Ibeas para ALCALÁ HOY
Hay días en los que Alcalá de Henares se mira al espejo y no se reconoce del todo. Este sábado 2 de mayo fue uno de ellos. En el entorno de la antigua ciudad de Complutum, junto al Antiquarium, el tiempo se plegó con cierta elegancia, y bastante afluencia de público, para devolvernos, aunque fuera por unas horas, a una versión muy tangible de la Roma tardía. No una Roma de cartón piedra, sino una reconstrucción cuidada, con oficio, con detalle… y con esa mezcla tan nuestra de rigor histórico y verbena ilustrada.
El Campamento Militar Romano, integrado en Complutum Renacida, que se celebra del 30 de abril al 3 de mayo, concentró en esta ocasión su jornada central en un solo día. Podría parecer un recorte, pero en la práctica fue más bien una compresión intensa: desde las 11:30 hasta la medianoche, sin apenas respiro, con un flujo constante de actividades que iban del desfile militar a los rituales nocturnos, pasando por talleres, recreaciones y propuestas divulgativas que buscaban algo más que entretener.
El día empezó como mandan los cánones: con desfile. Tropas romanas avanzando por el camino, escudos en alto, estandartes brillando bajo un cielo algo encapotado y un público que, entre móvil y móvil, intentaba decidir si estaba viendo historia o espectáculo. En ese arranque institucional, porque lo hubo, no faltaron la teniente de alcaldesa Isabel Ruiz Maldonado, el concejal de Patrimonio Vicente Pérez Palomar y la edil de VOX Pilar Cruz, que recorrieron el campamento, atendieron explicaciones y cumplieron con ese equilibrio siempre delicado entre presencia y discreción. Ninguno de ellos, eso sí, sucumbió a la tentación del disfraz. La toga institucional, por decirlo así, se mantuvo en su versión contemporánea.
A partir de ahí, el campamento se convirtió en una sucesión de escenas que, lejos de ser anecdóticas, componían un retrato bastante completo de la sociedad tardorromana. Hubo espacio para el comercio en “Portus”, para la relación cultural entre Grecia y Roma con copa en mano en “Al vino vino y al pan… vino”, para la astrología, los rituales, la caza aristocrática o esa convivencia tensa, y fascinante, entre paganismo y cristianismo en las villas del siglo IV. Todo ello con una puesta en escena que, sin grandes alardes, funcionaba precisamente por su verosimilitud.
No era solo lo que se veía, sino cómo se contaba. Los recreadores de Ab Urbe Condita, auténtico motor del evento, volvieron a demostrar que la divulgación histórica no tiene por qué ser ni aburrida ni superficial. Al contrario: cuando se hace bien, engancha. Y eso se notaba en el público, que no solo miraba, sino que preguntaba, se detenía y, en más de un caso, se quedaba más tiempo del previsto.
Los días previos ya habían calentado motores con propuestas como “De cañas con los romanos”, ese formato híbrido que mezcla charla, humor y cerveza con una naturalidad muy complutense. Una antesala perfecta para entender que aquí la historia no se contempla desde la distancia, sino que se vive, o se intenta, desde dentro.
Y ahí es donde aparece una de las imágenes más comentadas del día. Mientras la representación institucional optaba por la observación, el concejal socialista Alberto Blázquez decidió cruzar la línea… y hacerlo con determinación. No se limitó a visitar el, campamento: se integró en él. Túnica, presencia en el desfile, participación en recreaciones incluido su paso por el mercado de esclavos, y una implicación que iba bastante más allá de lo simbólico.
En las imágenes, y en directo, la diferencia era evidente. Mientras el resto de cargos públicos recorrían el espacio en clave institucional, Blázquez se movía como uno más entre legionarios, comerciantes y personajes de la época. Una apuesta que tiene algo de coherente con el origen del evento, impulsado en 2019 bajo gobierno socialista, y algo también de gesto político en sí mismo. Porque, en el fondo, participar es otra forma de reivindicar.
Esa implicación no fue improvisada. El propio Blázquez ya lo había anticipado días antes, en una publicación en redes sociales el 30 de abril, en la que reivindicaba el origen de Complutum Renacida “por la ilusión de asociaciones de recreación histórica que contaron con el apoyo del gobierno de Javier Rodríguez”, defendía la propuesta socialista de mantener ubicaciones y reforzar el presupuesto, y denunciaba ataques personales en el debate político. En ese mismo mensaje anunciaba su participación activa en el evento, “ayudando a montar el campamento romano, desfilando el sábado y participando en recreaciones”, al tiempo que subrayaba su intención de seguir trabajando por la ciudad y ponía en valor el impacto positivo de la cita en el comercio y la hostelería, especialmente en el centro y el distrito II.
Todo ello mientras en redes sociales se mantenía el otro frente: el relato. El PSOE recordando la génesis de Complutum Renacida, defendiendo su modelo y cuestionando algunas decisiones actuales; el Gobierno local apostando por su enfoque y por una programación más distribuida y abierta. Una tensión que, en esta edición, ha tenido como telón de fondo el debate sobre la ubicación y el formato del campamento.
La escena se completó por la tarde con la presencia del portavoz socialista Javier Rodríguez Palacios y la concejala Diana Díaz del Pozo, que llegaron tras participar por la mañana en los actos del Dos de Mayo del PSOE de Madrid junto a Óscar López y Pilar Sánchez Acera. De Madrid a Complutum en cuestión de horas: la política también sabe de itinerarios exprés.
Mientras tanto, el campamento seguía a lo suyo. Talleres, explicaciones, público entrando y saliendo, familias buscando sombra, recreadores afinando detalles. Y ya por la noche, el giro escénico: las Lemuria, los rituales para aplacar a los espíritus, y ese “último conjuro” que cerró la jornada con un tono más oscuro, casi teatral.
Al final, más allá de la inevitable lectura política, lo que queda es la sensación de un evento que funciona. Que atrae gente, que activa el entorno, que convierte el patrimonio en experiencia y que, con sus debates y sus matices, forma ya parte del calendario cultural de la ciudad. Roma no se hizo en un día. Pero en Alcalá, al menos por unas horas, se revive con bastante precisión… y con ese inevitable toque local que convierte la historia en algo muy presente.
Y sí, también en algo ligeramente surrealista cuando ves a un edil desfilar con sandalias mientras, a pocos metros, alguien explica la caída del Imperio. Pero, bien pensado, ¿no es eso exactamente lo que hace especial a Alcalá estos días?

















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