Feijóo, Vox, el Papa y la noción del otro | Por Antonio Campuzano

La tribuna de Antonio Campuzano traza un recorrido político y moral que conecta los pactos entre PP y Vox en Extremadura con el debate sobre la inmigración, la estrategia de Feijóo y la inminente visita del Papa León XIV. Con tono reflexivo y carga crítica, el autor introduce una idea central: la noción del “otro” como eje de tensión entre discurso político, tradición cristiana y construcción de identidad en la España contemporánea.

Cuando el desacuerdo empieza a convertirse en frontera. Ilustración de Pedro Enrique Andarelli
  • Campuzano analiza pactos PP-Vox, inmigración y el “otro” en España, cruzando política, moral cristiana y estrategia electoral ante la visita papal.

 

  • Por Antonio Campuzano. Periodista, patrono de la Fundación Diario Madrid.

Llegado el mes de abril del presente año se ha descubierto una alarma social en la geografía y en la administración de Extremadura. La insoportable presión inmigrante, tasada en un 4 por ciento “según las últimas estadísticas”, se ha demostrado argumento incuestionable para llevar la incidencia al pacto de investidura luego travestido como de gobierno que permite la presidencia de María Guardiola y el reparto de consejerías entre PP y Vox.  El vicepresidente de Vox, Óscar Fernández Calle, será el titular de la consejería de Familia, Desregulación y Servicios Sociales, y muestra, al parecer, gran seguridad al hacer compatible su encargo con su formación de enfermero, trampolín profesional que lo elevó a la gestión de una firma de laboratorio farmacéutico.

El concepto de moda, la “prioridad nacional”, toca frontalmente la denominación de la que será responsable Calle, con todo el título de vicepresidente que habría de aconsejar el manejo de dos tarjetas de visita por lo menos, de tanta longitud y amplitud como abarca la aspiración de la fuerza reaccionaria. El parabién cae del lado Vox, que anticipa hinchazón de pecho por lo conseguido y por lo que espera impacientemente que suceda en Aragón y en Castilla y León, que se antoja de parecida calidad.

La inmigración definitivamente metida en cintura, causante principal de la falta de desarrollo de Extremadura, merced a la aparición pública del fenómeno de Vox, que hará bien en exaltar los méritos de extremeños ilustres en diferentes períodos de la historia, no ya aquellos que mecieron sus ansias de notoriedad en la conquista como Hernán Cortés, Pizarro o Núñez de Balboa; también El Brocense, Espronceda, Javier Cercas, Luis Landero o Alejandro Talavante, cada cual en su disciplina de dominio. Todos ellos ante el común denominador de víctimas de la incontenible ola histórica, etapa tras etapa, que negó sus ingenios, necesitados de expansión en otros lugares de la España rica en iluminación y relieve.

Hasta aquí, el logro de Vox en la firma de este documento de acuerdo político que tiende a definir el principio del partido de Abascal en la aparición de una onda de orientación pública que persigue el recambio del sanchismo, como manifestación del mal endémico que atañe a la nación española y que asola periódicamente el tuétano de su historia y virtud. Bien, ahora toca medir el contagio del efecto de la firma en aquel documento al Partido Popular.

Las consecuencias no son las mismas después de la signatura. La dirigente madrileña Ayuso, cuyas relaciones con el Vox de su comunidad de presidencia no son precisamente cordiales quizá por identidad de propósito, mantiene que todo lo que se refiere al entendimiento del inmigrante ya fue patentado en la Puerta del Sol, lugar de administración y esparcimiento de su gobierno de Madrid, lo que resta mérito a la presidenta Guardiola, cuyos movimientos peristálticos para la digestión de su amistad con Vox provocan constantes mareos en la dirección nacional deL PP, con Feijóo al frente.

La cata del melón de los acuerdos con Vox en la frontera de Portugal ha facilitado en versión “fichas de dominó” a los territorios de Aragón y Castilla y Léon, que quieren ser los siguientes en la lista para el lanzamiento de pirotecnia de alegría y desenfado, aun cuando la producción de la pirotécnica venga en cayuco o vuelos irregulares.

Andalucía, en pleno proceso electoral, con la fecha del 17 de mayo marcada en rojo, mira atentamente sobre todo desde los lentes del presidente Moreno Bonilla el desarrollo del partido. La mayoría absoluta del PP en la demarcación andaluza está más cerca de su obtención que de lo contrario, lo que, habida cuenta del perfil de Moreno Bonilla, significaría el alejamiento con estruendo de las líneas señaladas por el partido de Abascal en materia de inmigración y el tratamiento del diferente.

Es decir, que la geometría variable en el PP estaría a centímetros de ser servida. Y el encargo del programa electoral del PP para las elecciones generales de 2027 sería de tal nivel de toxicidad y de peligro y confusión conceptuales que pocos podrían acometer tal desafío. Feijóo, dueño de la aldea pepera, se enfrenta en cinco semanas a la tarea del recibimiento del Papa León XIV, visitante de las ciudades de Madrid, Barcelona, Las Palmas y Santa Cruz de Tenerife, lugares los cuatro donde hablar de inmigración es materia de costumbre y de naturaleza inflamable, máxime cuando los acuerdos de Mérida no encajan del todo en el universo evangélico tan predicado en el potencial electorado tanto de Vox como PP.

Feijóo, con el calendario electoral por delante, menos Andalucía en su clasificación de inquietud aunque tampoco le hará mucha gracia el triunfo incontestable de Moreno Bonilla, pero sí y mucho en nivel de preocupación el año 2027 y sus ramificaciones. Vox, socio de gobierno en tres comunidades con mando del PP, y visita del Santo Padre. Mira que si le da por leer “El ogro filantrópico”, obra capital del mexicano Octavio Paz.

En ella se hace eco de lo escrito por el disidente soviético Alexandr Solzhenitshyn, “los cristianos no aman a sus semejantes, y no los aman porque nunca han creído realmente en el otro”. El otro, el diferente, que se ve envuelto en capas de diferenciación donde aparece la noción del arraigo. Si no hay arraigo, no eres el mismo, eres otro. Todo ello dicho con un interlocutor como Robert Prevost, jefe de Estado del Vaticano, requiere de una reserva de fortaleza.

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