CON FRANCO LOS CUBANOS VIVÍAN MEJOR | Por Manuel Peinado

La tribuna de Manuel Peinado Lorca reconstruye el ataque al Sierra Aránzazu en 1964 para reflexionar sobre la Guerra Fría, el bloqueo a Cuba y el papel de España bajo Franco. A través de una narración sobria y crítica, el autor conecta memoria histórica, geopolítica y debate ideológico actual, cuestionando la mirada de la derecha española contemporánea ante la isla caribeña en un texto de fuerte carga narrativa.

El Sierra Aránzazu tras el ataque en el Caribe, 1964
  • El hundimiento del Sierra Aránzazu sirve para denunciar el bloqueo a Cuba y criticar la deriva ideológica de la derecha española actual.

 

  • Por Prof. Dr. Manuel Peinado Lorca. Profesor Emérito de la Universidad de Alcalá, Director del Real Jardín Botánico
    Alcalde de Alcalá de Henares (1999-2003)

Hay viajes que empiezan con una lista de carga y terminan con una lista de muertos.

El Sierra Aránzazu zarpó como zarpan los barcos que no sospechan nada: con papeles en regla, bodegas llenas y una rutina que no admite épica. Llevaba alimentos, maquinaria, cosas útiles y discretas, como si el mundo pudiera seguir funcionando al margen de los discursos. En cubierta, los marineros hablaban de lo de siempre: del puerto de destino, del calor que encontrarían en Cuba, de las cartas que escribirían al llegar. Nadie hablaba de la Guerra Fría. Nadie la nombraba, pero estaba allí, como una corriente invisible bajo el casco.

Aquel septiembre de 1964 el Caribe no era exactamente un mar. Era una frontera. Desde la Revolución Cubana, la isla había dejado de ser un lugar para convertirse en una idea. Y las ideas, cuando se encienden, suelen quemar lo que tienen cerca. Fidel Castro hablaba de soberanía; en Washington se hablaba de contención. Entre ambas palabras cabía un océano lleno de barcos que solo querían pasar.

El Sierra Aránzazu era uno de ellos. En la travesía, el tiempo se mide en turnos y en horizontes. El mar, cuando está en calma, tiene algo de engaño: parece que no pasa nada, como si todo lo importante ocurriera en otra parte. El capitán revisaba cartas náuticas; el maquinista escuchaba el pulso constante de los motores; alguien, quizá en popa, fumaba mirando la estela como si fuera una línea que los unía todavía con casa.

España, en aquellos años, jugaba a dos bandas sin decirlo en voz alta. Era aliada de Estados Unidos, pero no había roto del todo con Cuba. Los barcos seguían cruzando. Era un equilibrio delicado, sostenido con la fe de que nadie dispararía contra un mercante. La fe, ya se sabe, es un mal sistema de navegación.

Supervivientes del Aránzazu, a la deriva tras el ataque

La mañana del 13 de septiembre no tuvo nada de especial al principio. El sol cayó sobre la cubierta como cae siempre en el Caribe: sin pedir permiso. El aire era espeso, y el mar, de un azul excesivo, parecía más una pintura que una amenaza. Fue alguien —siempre hay alguien— quien vio primero las lanchas.

No eran grandes. Eran rápidas. Demasiado rápidas para ser pescadores. Se acercaban con una decisión que no dejaba espacio para dudas. Al principio hubo un instante de desconcierto, esa pausa breve en la que la mente intenta encajar lo que ve en una categoría conocida: ¿saludo?, ¿inspección?, ¿error?

Luego llegó el sonido. Las ametralladoras no suenan como en las películas. No tienen ese ritmo limpio y coreografiado. Son más bien una violencia irregular, seca, que rompe el aire en pedazos. Los primeros impactos levantaron astillas de metal. Alguien gritó. Alguien cayó.

El Sierra Aránzazu no estaba hecho para la guerra. No tenía cómo responder. Solo podía recibir. Las balas recorrieron la cubierta como una lluvia torcida. El metal vibraba, el aire se llenó de humo y de órdenes que nadie terminaba de escuchar. En el puente, el capitán intentaba entender lo que ya no tenía explicación: ¿por qué disparan?, ¿contra quién creen que disparan?

Pero la guerra, cuando llega, no suele dar explicaciones. Los atacantes eran hombres también. Hombres en lanchas, con el rostro endurecido por otra historia. Exiliados cubanos, dicen los archivos. Anticastristas. Gente que había perdido un país y ahora intentaba recuperarlo a tiros. La CIA los había adiestrado para disparar, para perseguir y para no hacer preguntas innecesarias. El Caribe, para ellos, era un campo de batalla.

Para el Sierra Aránzazu era solo una ruta. Entre ambos mundos no había puente posible. Hubo un momento —siempre lo hay— en que el barco dejó de ser un barco y empezó a ser un naufragio. El fuego, el humo, el caos. Los marineros corriendo hacia los botes, ayudándose como pueden los que no han ensayado nunca el desastre. Algunos lograron saltar al agua. Otros no tuvieron tiempo. Tres hombres quedaron atrás para siempre, atrapados en un episodio que nadie les había advertido que existía.

El mar, que unas horas antes era una promesa, se convirtió en refugio. Desde el agua, el Sierra Aránzazu debía de parecer irreal: un casco herido, escorado, como si dudara entre seguir flotando o rendirse. Al final, como tantos otros barcos antes que él, eligió lo segundo. Se hundió sin épica, con la discreción de lo que no entiende por qué le ha tocado morir.

Después vienen los informes. Los comunicados. Las protestas diplomáticas. Las palabras medidas. El régimen de Francisco Franco pidió explicaciones. En Estados Unidos, el asunto incomodó más de lo que sorprendió. Desde la CIA se había tejido una red de operaciones, de apoyos, de sombras. Pero las sombras tienen esa cualidad: nunca firman del todo lo que hacen.
¿Quién disparó? Unos hombres en lanchas. ¿Quién estaba detrás? Esa es otra pregunta, y quizá otra historia. Años después, el Sierra Aránzazu apenas ocupa unas líneas en muy pocos libros. Un incidente, se dice. Un episodio menor de la Guerra Fría. Como si hubiera episodios mayores y menores para quienes estaban allí.

Pero basta imaginar la cubierta aquella mañana, el sol, el humo, el desconcierto, para entender que no hay nada menor en un barco que se hunde. Porque cada barco es un pequeño mundo. Y cuando se hunde, no se pierde solo un casco de acero. Se pierde también la idea —ingenua, necesaria— de que uno puede atravesar el mundo sin que el mundo le dispare.

El Sierra Aránzazu no llevaba armas. Llevaba mercancías, conversaciones, rutinas. Y, sin embargo, terminó como terminan las cosas que pasan por el lugar equivocado en el momento exacto: convertido en historia. Una historha ia que, como el mar, seguía ahí, en silencio hasta que Juan Manuel de Prada la rescatado en una columna de ABC titulada «La derecha [española] cipaya» que comienza diciendo:

«A medida que la operación de la Alianza Epstein [Estados Unidos e Israel] en Irán se prueba cada vez más desastrosa, la marioneta [de Israel] Trump ha exacerbado su retórica matonil contra Cuba que podría acabar pagando su frustración. Escuchar a ese majadero alardear de que puede hacer con la isla lo que le dé la gana debería sublevar a cualquier español con sangre en las venas. Pero el veneno introducido por las ideologías nos ha desnaturalizado tanto que hay millones de españoles aplaudiendo cipayamente la retórica matonil del majadero gringo, e incluso justificando las criminales sanciones que asfixian a los cubanos».

Recuerda Prada que el Sierra Aránzazu, que el 13 de septiembre de 1964 transportaba «toneladas de víveres con destino a Cuba, saltándose el embargo decretado por los Estados Unidos, fue hundido por el fuego de cañones y ametralladoras de lanchas tripuladas por exiliados cubanos y agentes de la CIA». Murieron el capitán y dos tripulantes mientras que muchos más resultaron heridos.

El articulista recuerda lo que, a este propósito, editorializó en aquel momento ABC:

«La otra noche unos marineros españoles han caído por algo más que la libertad de los mares o la libertad de comercio; han caído por la soberana libertad de España de seguir su relación de familia con unos seres humanos de su sangre que hay en América». J
Juan Manuel de Prada concluye: «Resulta desolador que la derecha española haya perdido la ecuanimidad y el discernimiento».

El Sierra Aránzazu quiso romper el bloqueo porque así lo decidió Franco. Anticomunista él y comunista Fidel Castro, esa diferencia ideológica fue superada por la hermandad entre dos pueblos. Franco mantuvo a la Compañía Trasatlántica enlazando con La Habana, lo que le supuso el cierre de los puertos norteamericanos y, por esa vía, la quiebra y desaparición. Y, en cuanto a enlaces aéreos, sólo quedaron tres: Iberia, Aeroflot y Canadian Pacific Air Lines, una compañía canadiense, porque Canadá, a diferencia de Estados Unidos, no rompió relaciones con Cuba tras la Revolución Cubana.

Con respecto a la ayuda española, algunos dijeron que fue un arreglo entre gallegos, pero creo que no, que fue un pacto amasado en sangre, en solidaridad y en familia. En definitiva, que con Franco a los cubanos les iba mejor que como les iría si gobernaran los cipayos Abascal y Feijóo.

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1 Comentario

  1. Efectivamente, la política internacional del franquismo respecto a USA era menos servil que la que defienden PP y VOX, incluso más coherente que la que han desarrollado los distintos gobiernos, de izquierdas y derechas, del régimen de la II Restauración Borbónica, es decir, el Régimen del 78.
    Todo ello a pesar de que Franco fue quien inició la dependencia de EE.UU. en 1953 y pactó la instalación de bases militares yanquis en territorio nacional español. Bien cierto es, no obstante, que esa situación continúa hoy sin que gobiernos del PSOE y del PP hayan hecho nada por cambiarla, plegados todos a la realidad de la colonización gringa.

    Relacionada con esa política franquista es interesante leer la carta de respuesta de Franco al presidente estadounidense Johnson cuando éste le solicitó participar en la Guerra de Vietnam. Está es:

    Carta confidencial de Francisco Franco a Lyndon B. Johnson sobre Vietnam
    Madrid, julio de 1965
    (entregada por el embajador Alfonso Merry del Val a David Dean Rusk, Secretario de Estado, el 20 de agosto de 1965)
    Mi querido Presidente Johnson:

    Mucho le agradezco el sincero enjuiciamiento que me envía de la situación en el Vietnam del Sur y los esfuerzos políticos y diplomáticos que, paralelamente a los militares, los Estados Unidos vienen desarrollando para abrir paso a un arreglo pacífico. Comprendo vuestras responsabilidades como nación rectora en esta hora del mundo y comparto vuestro interés y preocupación, de los que los españoles nos sentimos solidarios en todos los momentos. Comprendo igualmente que un abandono militar de Vietnam por parte de los Estados Unidos afectaría a todo el sistema de seguridad del mundo libre.

    Mi experiencia militar y política me permite apreciar las grandes dificultades de la empresa en que os veis empeñados: la guerra de guerrillas en la selva ofrece ventajas a los elementos indígenas subversivos que con muy pocos efectivos pueden mantener en jaque a contingentes de tropas muy superiores; las más potentes armas pierden su eficacia ante la atomización de los objetivos; no existen puntos vitales que destruir para que la guerra termine; las comunicaciones se poseen en precario y su custodia exige cuantiosas fuerzas. Con las armas convencionales se hace muy difícil acabar con la subversión. La guerra en la jungla constituye una aventura sin límites.

    Por otra parte, aun reconociendo la insoslayable cuestión de prestigio que el empeño pueda presentar para vuestro país, no se puede prescindir de pesar las consecuencias inmediatas al conflicto. Cuanto más se prolongue la guerra, más empuja al Vietnam a ser fácil presa del imperialismo chino, y aun suponiendo que pueda llegar a quebrantarse la fortaleza del Vietcong, subsistirá por mucho tiempo la acción larvada de las guerrillas, que impondrá la ocupación prolongada del país en que siempre seréis extranjeros. Los resultados, como veis, no parecen estar en relación con los sacrificios.

    La subversión en el Vietnam, aunque a primera vista se presente como un problema militar, constituye, a mi juicio, un hondo problema político; está incluido en el destino de los pueblos nuevos. No es muy fácil al Occidente comprender la entraña y la raíz de sus cuestiones. Su lucha por la independencia ha estimulado sus sentimientos nacionalistas; la falta de intereses que conservar y su estado de pobreza les empuja hacia el social-comunismo, que les ofrece mayores posibilidades y esperanzas que el sistema liberal patrocinado por el Occidente, que les recuerda la gran humillación del colonialismo.

    Los países se inclinan en general al comunismo, porque, aparte de su poder de captación, es el único camino eficaz que se les deja. El juego de las ayudas comunistas rusa y china viene siendo para ellos una cuestión de oportunidad y de provecho.

    Es preciso no perder de vista estos hechos. Las cosas son como son y no como nosotros quisiéramos que fueran. Se necesita trabajar con las realidades del mundo nuevo y no con quimeras. ¿No es Rusia una realidad con la que ha habido que contar? ¿No estaremos en esta hora sacrificando el futuro a aparentes imperativos del presente? A mi juicio, hay que ayudar a estos pueblos a encontrar su camino político, lo mismo que nosotros hemos encontrado el nuestro.

    Ante los hechos nuevos, no es posible sostener la rigidez de las viejas posiciones. Una cosa es lo que puedan acordar las grandes naciones en Ginebra y otra es el que tales decisiones agraden a los pueblos. Es difícil de defender en el futuro y ante los ojos del mundo esa división artificial de los países, que si fue conveniencia de momento dejará siempre abierta una aspiración a la unidad.

    Comprendo que el problema es muy complejo y que está presidido por el interés americano de defender a las naciones del sudeste asiático de la amenaza comunista; pero siendo ésta de carácter eminentemente político, no es sólo por la fuerza de las armas como esta amenaza puede desaparecer.

    Al observar, como hacemos, los sucesos desde esta área europea, cabe que nos equivoquemos. Guardamos, sin embargo, la esperanza de que todo pueda solucionarse, ya que, en el fondo, los principales actores aspiran a lo mismo: los Estados Unidos, a que el comunismo chino no invada los territorios del sudeste asiático; los Estados del sudeste asiático, a mantener a China lo más alejada de sus fronteras; Rusia, a su vez, a que su futura rival, China, no se extienda y crezca, y Ho Chi Minh, por su parte, a unir al Vietnam en un Estado fuerte y a que China no lo absorba.

    No conozco a Ho Chi Minh, pero por su historia y sus empeños en expulsar a los japoneses, primero, a los chinos después y a los franceses más tarde, hemos de conferirle un crédito de patriota, al que no puede dejar indiferente el aniquilamiento de su país. Y dejando a un lado su reconocido carácter de duro adversario, podría sin duda ser el hombre de esta hora, el que el Vietnam necesita.

    En este interés superior de salvar al pueblo vietnamita y a los pueblos del sudeste asiático, creo que vale la pena que todos sacrifiquen algo.

    He deseado, mi querido Presidente, haceros estas reflexiones confidenciales en el lenguaje directo de la amistad. Aunque sé que muchas están en vuestro ánimo, le expongo lealmente mi juicio con el propósito de ayudar al mejor servicio de la paz y del futuro de los pueblos asiáticos.

    Su buen amigo,

    Francisco Franco
    Jefe del Estado Español

  2. Franco fue el gran americanizador de la derecha español, que hasta entonces había sido antiamericana.
    Y Prada no tiene ninguna credibilidad en este tema, porque asta ahora ha sido el principal valedor de Trump en España, siempre siguiendo consignas extranjeras.

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