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Una reflexión crítica sobre nostalgia, poder y cultura política en tiempos donde el pasado se convierte en argumento ideológico para el presente.
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- Javier Bardón es profesor de Psicología Social, escritor y peatón»
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Era allá por la Nochevieja de 1986, hace ahora cuarenta años, cuando Josema y Millán, Martes y Trece, realizaban el famoso sketch de las empanadillas en la por entonces única cadena de televisión. No les aconsejo revisitarlo, si desean mantener el recuerdo incólume. Ya lo dice la canción: a los lugares donde se fue feliz no debiera uno tratar de volver.
El humor de los 80 ha envejecido tirando a mal. Algunos, sin embargo, aprovechan hasta las raspas para hacer política. Cierto exvicejarronchino lo confesó en un programa de máxima audiencia: «A mí me dan mucha pena los humoristas, porque ya no pueden hablar de nada. Antes hablaban de homosexuales, de enanos, de todo. Ahora no». Ya saben: la cancelación woke, que nos impide ejercer nuestro derecho a reírnos de gays, gangosos y mujeres maltratadas (¿se acuerdan del «mi marido me pega» de cuatro nocheviejas más adelante?).
No me cabe duda de que Alfonso Guerra, gran aficionado al teatro, habrá disfrutado del espectáculo de variedades que nos ofreció el Partido Popular la semana pasada, a cuenta del acoso laboral y/o sexual que sufrió una concejala de Móstoles. En el papel de clown sabelotodo, que tan bien interpretara en su día Antonio Ozores, pusieron al simpaticón Alfonso Serrano, con esas mismas gafitas, y ese aire entre docto y despistado, de gesticulación nerviosa, elocuencia atropellada, con un discurso que intuimos coherente, a fe de la convicción con la que lo expresa, aunque no lo entendamos. ¿Y qué me dicen del punchline?: «Oiga, ¿y usted cómo liga?». Nada que envidiar al «¡No, hija, no!» del maestro. Si afinan el oído, escucharán de fondo hasta la carcajada de Mayra Gómez Kemp. Qué risa.
El papel de ventrículo se lo quedó, fiel a su costumbre, el bueno de Miguel Ángel Rodríguez, al que la oposición acusa de haber filtrado los correos y los datos personales de la concejala, un asunto que, de confirmarse, podría acabar con el susodicho en el banquillo por revelación de secretos. Si tal cosa sucediera, les juro que empezaría a creer en el karma, pero sospecho que a la judicatura, a los Peinados y Marchenas de turno, y a las asociaciones cristianas y colegios de abogados, no les interesará el particular, o sea, este ciudadano en particular. ¡Toma Moreno!
El número de contorsionismo lo interpretaron, con escaso éxito, la legión de tertulianos que se pasearon por el circo mediático explicando las diferencias que, a su juicio, existían entre este caso y otros recientes, perpetrados por gente de izquierdas, por más que sus compañeros al otro lado de la mesa les señalaran lo obvio: que los pérfidos acosadores«sanchistas» están ya en su casa, desposeídos de sus cargos, mientras que el alcalde de Móstoles sigue vara en mano y bastón de mando en la otra.
Por ponerle un pero a la función, creo que la puesta en escena se quedó un tanto anticuada. Confieso que ver al regidor de Móstoles rodeado de concejales con cara de funeral me recordó demasiado a la que ya organizara el alcalde de Ponferrada, allá por el caso Nevenka, y a otra más reciente de Mariano Rajoy, con la plana mayor del partido detrás, cuando dijo aquello de que la Gürtel era un montaje contra el PP, curiosamente el mismo argumento que para este caso ha esgrimido la inefable presidenta de la Comunidad de Madrid.
Con el ojo de crítico que me da el libro que publiqué sobre Ana Garrido, la mujer que sufrió acoso laboral en el ayuntamiento de Boadilla del Monte, puedo decir que la escenografía fue calcada. El alcalde también negócategóricamente los hechos, flanqueado por el consabido séquito de concejales. Por cierto, uno se pregunta si estos secundarios tan bien pagados carecen por completo de dignidad. ¿No pasan texto? ¿De verdad no les importa dejar su mudo gepeto así para la posteridad? ¡Y sin maquillaje!
Sin embargo, debo confesar que comprendo a los votantes del Partido Popular. Yo también añoro los felices años 80, cuando las cosas funcionaban como Dios manda, los trapos sucios se lavaban en casa, y la gente podía hacer chistes de quien le diera la gana sin temor a que ningún rojo le sacara los colores. ¡Era todo tan divertido! Claro que, puestos a retrotraernos en el tiempo, mejor simpatizar con VOX, que nos promete una vuelta a la década de los 70, o aún antes, cuando no existía todavía el divorcio ni el aborto ni la «dictadura feminazi», y echaban aquellas películas tan divertidas, de chistes verdes, macho muy español y sueca en topless. ¡Si Fernando Esteso levantara la cabeza!
















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