El Juan de Austria toma Alcalá: treinta años de baloncesto, barrio y familia rojiblanca

Centenares de jugadores, entrenadores, familias y antiguos miembros del Club Baloncesto Juan de Austria tomaron este miércoles las calles y plazas del Centro Histórico de Alcalá de Henares para celebrar el 30 aniversario de una entidad convertida ya en referencia del deporte base complutense. La plaza de Cervantes acogió el acto central de una jornada cargada de emoción, recuerdos y sentimiento de barrio, en la que la alcaldesa Judith Piquet destacó el carácter “familiar, cercano y humilde” del club rojiblanco.

  • El Juan de Austria celebró tres décadas reuniendo generaciones enteras de jugadores y familias en una multitudinaria fiesta deportiva por Alcalá.
  • Crónica gráfica y video de Myriam Trujillo para ALCALÁ HOY

Hay clubes deportivos que acumulan trofeos. Y luego están los que acumulan recuerdos, generaciones enteras, padres que un día fueron escoltas nerviosos y hoy miran desde la grada cómo sus hijos botan el mismo balón sobre el mismo patio. El Club Baloncesto Juan de Austria pertenece claramente a esa segunda categoría. La importante. La que deja huella en una ciudad.

Este miércoles, Alcalá de Henares se tiñó de rojo para celebrar el 30 aniversario de una entidad que ya forma parte de la memoria sentimental de miles de alcalaínos. Y no fue una exageración visual. Bastaba asomarse a la plaza de Cervantes para comprobarlo: centenares de niños y niñas con las camisetas del club, entrenadores, familias enteras, antiguos jugadores y vecinos ocupaban el corazón histórico de la ciudad en una escena difícil de olvidar.

El desfile organizado por el club recorrió varias calles y plazas del Casco Histórico antes de desembocar en el templete de la plaza de Cervantes, convertido por unas horas en una especie de cancha emocional al aire libre. Había ambiente de fiesta grande, de celebración compartida y también de orgullo de barrio. Porque el Juan de Austria no es solamente un club de baloncesto. Es una de esas estructuras invisibles que sostienen la vida cotidiana de una ciudad.

Y lo cierto es que la organización supo manejar, o, como diría cualquier padre agotado tras una excursión escolar, “pastorear», con notable eficacia a varios centenares de chavales en pleno centro urbano, algo que no era precisamente sencillo. Los pequeños obedecían consignas, saludaban a cámaras y fotógrafos, coreaban el nombre del club y mantenían esa mezcla explosiva de energía y disciplina que solo aparece cuando detrás hay muchas horas de trabajo colectivo.

“¡Mirad, justo detrás de vosotros, en la torre, hay un fotógrafo! ¡Saludad todos al fotógrafo!”, se escuchaba desde el escenario mientras centenares de niños levantaban los brazos hacia la torre de Santa María entre risas y gritos. La escena tenía algo de coreografía espontánea y algo de retrato generacional de una ciudad que todavía conserva espacios para el deporte de base entendido como convivencia.


Un club nacido en un patio de colegio

La celebración tuvo momentos especialmente emotivos cuando comenzaron las intervenciones institucionales y los recuerdos de quienes levantaron el proyecto desde prácticamente la nada. Porque el origen del Juan de Austria tiene mucho de resistencia romántica al paso del tiempo.

En una época en la que buena parte de los clubes vinculados a colegios fueron desapareciendo o transformándose, el Juan de Austria logró sobrevivir, crecer y consolidarse manteniendo precisamente esa raíz escolar y barrial que hoy constituye su principal seña de identidad.

Durante el acto se recordó especialmente la figura de Antonio Suárez, aquel profesor que a finales de los años ochenta decidió que en el Colegio Juan de Austria también había espacio para el baloncesto. Una apuesta que entonces parecía casi una aventura menor y que tres décadas después reúne a cerca de mil personas entre jugadores, técnicos y familias.

Uno de los intervinientes resumió bien esa singularidad del club al recordar que “mantener un club que procede y cuya base es un colegio es muy difícil hoy en día”. Y probablemente ahí esté una de las claves del éxito del Juan de Austria: no haberse convertido nunca en una estructura fría o puramente competitiva.

Hoy el club cuenta con más de 40 equipos y más de 80 entrenadores y colaboradores, cifras que lo convierten en una referencia del baloncesto madrileño de base. Pero el dato importante quizá sea otro: varias generaciones completas han pasado ya por sus pistas.

Eso se percibía claramente en la plaza. Padres señalando a entrenadores de hace veinte años. Exjugadores reencontrándose. Niños pequeños mirando fascinados a adolescentes que ya juegan en categorías superiores. Y abuelos observando el movimiento general con esa sonrisa tranquila de quien siente que algo ha merecido la pena.


La plaza de Cervantes convertida en una cancha gigante

La llegada de la comitiva a la plaza de Cervantes dejó una de las imágenes más potentes de la tarde. El centro neurálgico de Alcalá, acostumbrado a procesiones, conciertos, ferias y manifestaciones, aparecía esta vez completamente tomado por una marea rojiblanca de camisetas deportivas.

Desde los soportales hasta el templete, pasando por las zonas ajardinadas y los laterales de la plaza, prácticamente cada rincón estaba ocupado por jugadores y familias. Vista desde arriba, la escena recordaba a esas grandes fotografías de fin de curso que intentan meter a medio colegio en un mismo encuadre… solo que aquí el “colegio” llevaba treinta años creciendo.

La alcaldesa Judith Piquet participó en la recepción institucional acompañada por la primera teniente de alcaldesa y presidenta del Distrito V, Isabel Ruiz Maldonado, y por la concejala de Deportes, Lola López Bautista, además de otros miembros de la Corporación y representantes deportivos.

En su intervención, Piquet insistió precisamente en el carácter familiar e intergeneracional del club. “Muchos de vosotros padres ahora tenéis a vuestros hijos, están pasando generaciones enteras en el ‘Juande’ y eso de verdad para una ciudad es absolutamente maravilloso”, señaló durante el acto.

La regidora destacó además que el éxito del club no se explica únicamente por los resultados deportivos, sino por los valores que transmite. “Sois una familia”, afirmó ante los asistentes, subrayando la capacidad del Juan de Austria para mantener “calidad, valores, principios e ilusión” durante tres décadas.

Hubo también referencias emocionadas a figuras históricas del club como José Ramón González “Chipi” y Antonio Rubio, actual presidente de la entidad, uno de los nombres más aplaudidos de la tarde.

Rubio, visiblemente emocionado, reconoció que llevaba “30 años esperando este momento” y aprovechó para agradecer el trabajo de todas las personas que han sostenido el proyecto durante estas tres décadas. Sus palabras sonaron menos a discurso protocolario y más a confesión colectiva de alguien que sabe perfectamente las horas, problemas y sacrificios que hay detrás de una estructura deportiva de este tamaño.


Mucho más que baloncesto

Mientras avanzaba el acto, resultaba inevitable pensar que celebraciones como esta explican mejor una ciudad que muchos debates políticos. Porque el Juan de Austria funciona desde hace tiempo como un pequeño ecosistema social. En torno al club giran entrenamientos, amistades, viajes, madrugones de fin de semana, conversaciones de grada, meriendas improvisadas y miles de horas de convivencia. Y eso, aunque no aparezca en las clasificaciones federativas, termina construyendo comunidad.

La propia Judith Piquet definió al club como “un auténtico fenómeno generacional de amor a este deporte”. Una frase institucional, sí, pero también bastante ajustada a la realidad que se veía sobre el terreno.

En tiempos donde el deporte base vive permanentemente amenazado por la hipercompetitividad, las pantallas o las dificultades económicas de muchas familias, el Juan de Austria ha conseguido mantener una identidad reconocible: cercanía, humildad y sentimiento colectivo. No es casualidad que buena parte de los asistentes hablasen del club simplemente como “el Juande”, con esa familiaridad reservada a las cosas que uno siente propias.

Y quizá por eso el aniversario tuvo algo más profundo que una simple efeméride deportiva. Lo que se celebraba realmente era la supervivencia de un modelo de club muy ligado al barrio, al colegio y a la ciudad. Un modelo que parecía condenado a desaparecer y que, sin embargo, sigue llenando plazas treinta años después.

Cuando terminó el acto y comenzaron las fotos colectivas frente a la fachada de la Universidad de Alcalá, el ruido infantil seguía inundándolo todo. Centenares de chavales levantaban los brazos mientras los fotógrafos intentaban ordenar el caos con instrucciones imposibles. Y durante unos minutos, Alcalá pareció exactamente lo que muchas ciudades aspiran a ser y no siempre consiguen: un lugar donde todavía caben el deporte de base, la convivencia y cierta alegría colectiva sin artificios.

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