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Francisco Muñoz Romero analiza el “ratón nadador” como símbolo político de posverdad, victimismo estratégico y degradación del debate público contemporáneo.
Francisco Muñoz Romero es Profesor de Comunicación Institucional e Imagen Pública del Departamento de Teorías y Análisis de la Comunicación en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid
En la era de la posverdad, la política ha encontrado un nuevo campo de batalla donde los hechos científicos importan menos que el relato político del enfrentamiento continuo entre gobiernos y oposiciones, da igual de dónde. El reciente episodio protagonizado por el presidente de Canarias, Fernando Clavijo, a raíz de la crisis del crucero MV Hondius, se ha convertido en un caso de estudio sobre cómo unas declaraciones erróneas e inverosímiles pueden transformarse, mediante tácticas defensivas, en un supuesto ataque institucional al presidente canario y a los canarios en general.
Todo comienza con una imagen que ya forma parte de la hemeroteca del despropósito: una captura de pantalla enviada por el propio Clavijo a la ministra de Sanidad, Mónica García. En ella, una inteligencia artificial afirma que las ratas pueden nadar durante tres días sin descanso. Este fue el argumento central del Gobierno de Canarias in extremis para prohibir el atraque de un buque afectado por un brote de hantavirus, un virus que, según todos los manuales de epidemiología, se transmite por el ratón colilargo, un roedor de bosque y montaña que ni es capaz de nadar ni puede sobrevivir en el mar.
La reacción ciudadana y científica ha sido inmediata. Las redes sociales se han inundado de memes, infografías y videos cortos creados con IA con críticas feroces implícitas ante lo que se percibía como una falta de rigor alarmante en un jefe de gobierno. Sin embargo, es en la respuesta de Clavijo donde encontramos el fenómeno que hoy los psicólogos sociales identifican como una variante pública del DARVO (Denegar, Atacar e Invertir el rol de Víctima y Victimario).
El giro narrativo: de la pifia a la «persecución»
En lugar de una rectificación técnica o una disculpa por el uso de fuentes poco fiables, la estrategia oficial de Presidencia viró hacia la defensiva. Clavijo no solo ha mantenido su postura, sino que acusa al Gobierno central y a los críticos de intentar «ridiculizarle» y de llevar su legítima preocupación «al terreno del absurdo». Es aquí donde se completa el ciclo: el responsable de emitir una información falsa o ridícula desplaza la culpa hacia aquellos que señalan el error.
Este comportamiento no es casual. Al afirmar que se le está intentando «caricaturizar», Clavijo busca empatizar con un sector del electorado que puede ver en la burla de Madrid un ataque al pueblo canario en su conjunto. Es el uso del «gaslighting»: intentar convencer a la audiencia de que lo que han visto y oído (una pifia basada en una IA) no es tal cosa, sino que la reacción de la gente es una herramienta política malintencionada.
Las consecuencias del «Rage Bait”
Este tipo de incidentes generan lo que en el entorno digital se conoce también como Rage Bait (anzuelo de ira). Al lanzar una afirmación tan estrambótica como la de las ratas nadadoras, se garantiza la atención mediática total. Aunque la atención sea negativa, el político logra polarizar la conversación. En este escenario, la verdad científica sobre el hantavirus queda en un segundo plano frente a la guerra de declaraciones. Así que si Clavijo quería protagonismo, sin duda lo ha conseguido. Igual no el que él quería, pero atención sí que ha tenido.
El peligro de esta táctica es el desgaste institucional. Cuando un líder político prefiere presentarse como víctima de una «conspiración de burlas» antes que admitir un error de gestión, se quiebra la confianza en la comunicación pública. La ciencia deja de ser el faro para las decisiones de seguridad y salud, sustituida por capturas de pantalla de chats generativos envueltas en relatos de agravio territorial.
El escudo de la victimización
El “caso Clavijo” es un recordatorio de que, en la política actual, vale casi cualquier cosa, como las palabras de esa tertuliana telemadrileña que dice que lo que hemos visto ha sido un secuestro y que el gobierno no tenía derecho a retener a esas personas en el barco, en un ejemplo de lo que a su juicio es la constante sanchista de violar los derechos individuales de los españoles. Qué baratas salen todo este tipo de falacias y libelos.
Y en una tertuliana, vale, respetamos su derecho a expresar su opinión sobre cualquier cosa, aunque a continuación nos de un ataque de risa. Pero en un político en ejercicio, presidente de una comunidad autónoma, este tipo de actuaciones cambian el debate por el espectáculo. Ahí pierde siempre la política y gana el partidismo radical del que estamos sobrados. Al echar la culpa a los que reaccionan al error, se crea un bucle donde el político nunca es responsable de sus palabras, sino que son los demás los responsables de ser «demasiado críticos”, “crueles” o “haber entendido mal lo que se quería decir”.
Las ratas del MV Hondius probablemente nunca nadaron hacia la costa canaria, entre otras cosas porque no había ratones colilargos en el buque, pero la maniobra de distracción de su presidente sí ha logrado navegar con éxito sobre las aguas de la confusión informativa y la atención mediática. Mientras la opinión pública discute sobre memes de roedores, el fondo de la cuestión, la capacidad de un gobierno para gestionar crisis sanitarias internacionales basadas en los resultados finales de la operación y la evaluación técnica y política de los protocolos aplicados queda enterrado bajo capas de victimismo estratégico.

















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