Las palabras importan. Los silencios también | Por Javier Juárez

En esta tribuna, Javier Juárez reflexiona sobre el uso político del lenguaje, la banalización de la ignorancia en los platós televisivos y los silencios que rodean la violencia machista. A partir de una escena mediática concreta, el autor denuncia el desprecio al conocimiento, el negacionismo del feminicidio y la estrategia de diluir la violencia de género. Las opiniones publicadas reflejan la voz de sus autores en el marco del debate plural que ALCALÁ HOY promueve.

Foto de Ricardo Espinosa
  • Javier Juárez denuncia la banalización del discurso público y el negacionismo machista, alertando de cómo el lenguaje y los silencios perpetúan desigualdad y violencia estructural.

 

  • Javier Juárez es Doctor en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. Ha colaborado con medios de España, México, Colombia y Estados Unidos. En la actualidad es Profesor de Periodismo en la UCM.

Hace unas semanas escuchaba a una refutada tertuliana televisiva defender (de forma, digamos, vehemente, por ser políticamente correcto) su “opinión” sobre un determinado tema que ese día era noticia y sobre el que expuso su sesudo punto de vista, deleitándonos a los telespectadores con sus trabajadas reflexiones al respecto. Lo preocupante no fue su respuesta, cargada de inexactitudes, datos falsos y teorías esperpénticas.

Lo realmente preocupante es que cuando otro de los asistentes evidenció su falta de conocimiento sobre la temática y su nula formación para exponer un criterio mínimamente argumentado, la citada tertuliana, ni corta ni perezosa, lejos de admitir sus carencias saltó de su silla para responder con una frase que se me quedó grabada: “A ver si ahora para opinar de algo en televisión vas a tener que ser un experto del tema”. Ante el asombro de su partner televisivo, y por si había alguna duda, la sagaz influenciadora cerró su reflexión con una sentencia con la profundidad y el empaque de cual epitafio torrentiano: “Ya solo falta que sea más válida la opinión de alguien por haber estudiado sobre un tema; cómo os gustan las dictaduras a los progres y como os duele la libertad”. Hasta luego Mari Carmen.

La postura de esta opinadora puede parecer, si lo piensas, cómica, y en un primer momento hasta me reí por la situación, dejándolo pasar como un hecho aislado y sin trascendencia, pero más tarde, y reproduciendo en mi cabeza las palabras de aquella entrañable mesacamillera, entendí que, en realidad, aquello no era algo casual, sino que respondía a una estrategia extendida desde numerosos sectores de la extrema derecha antisistema (pero que vive del sistema), para degradar el trabajo de la academia y potenciar, como no, sus discursos huecos y basados en mentiras y subjetividades de odio.

Unos discursos que tienen en la lucha contra el terrorismo machista una de sus recurrentes dianas. Mentiras, datos falsos y persecución sistemática a las políticas de igualdad se han convertido en herramientas habituales de estos focos y sus influenciadores. Una estrategia que busca criminalizar al feminismo y, como no, ve en el lenguaje una pieza fundamental para la consecución de sus objetivos como, un año más, está evidenciando el 25-N, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres.

El lenguaje crea, nombra, hace que existan realidades. Por eso es fundamental verbalizar, poner nombre, por ejemplo, al asesinato de mujeres por el simple hecho de ser mujeres: el feminicidio. Por eso es fundamental nombrar de forma específica la violencia ejercida sobre las mujeres por razones de género: violencia machista. Porque las palabras nombran, porque las palabras crean imaginarios, porque las palabras ayudan a combatir injusticias, porque las palabras importan. Importan mucho. Como también importan los silencios. Porque lo que no se nombra no existe y los silencios ante la violencia machista han convertido también en cómplices a gran parte de una derecha que se autodenomina democrática y centrista. Su estrategia del silencio ante el terrorismo machista les sitúa tan cerca de la extrema derecha que hace que ya ni se les distinga en su discurso. Una realidad triste y muy preocupante.

La violencia machista no debería ser ni objeto de debate, pero lamentablemente lo es, y lo es por el intento de algunos de negar hasta su existencia, de silenciarla, de intentar que “desaparezca” de nuestra lenguaje, de diluir la violencia machista que a todos nos incumbe en una violencia intrafamiliar que debe quedar en el ámbito de lo privado, entre el “calladita estás más guapa” y “los trapos sucios se lavan en casa”. Hay que hablar de violencia de género, hay que nombrar la violencia de género, hay que señalar el terrorismo machista y hay que denunciar los silencios cómplices de algunos que, incluso, dicen defender la igualdad y se vanaglorian de ser expertos en políticas de género, tan expertos como mi admirada influenciadora televisiva.

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