CALIMA: EL INCREÍBLE VIAJE DEL POLVO DEL SÁHARA | Por Manuel Peinado

El profesor emérito de la Universidad de Alcalá, Manuel Peinado Lorca, firma esta tribuna en la que desvela la extraordinaria historia científica que se esconde tras la calima. Lejos de ser una simple molestia atmosférica, el polvo del Sáhara protagoniza uno de los mayores viajes naturales del planeta, conectando continentes, fertilizando la selva amazónica y recordándonos que la naturaleza mantiene un equilibrio tan complejo como fascinante, mientras explica con rigor su origen, recorrido e impacto.

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  • La calima que cubre los cielos estos días forma parte de uno de los mayores transportes naturales de materia del planeta.

 

  • Por Prof. Dr. Manuel Peinado Lorca. Profesor Emérito de la Universidad de Alcalá, Director del Real Jardín Botánico
    Alcalde de Alcalá de Henares (1999-2003)

 

Hay fenómenos meteorológicos que llegan haciendo ruido. Las tormentas anuncian su presencia con relámpagos, truenos y nubarrones que ponen en alerta hasta al perro de la casa. La calima, en cambio, es mucho más discreta. Un día el cielo deja de ser azul para adquirir un tono blanquecino, el horizonte parece difuminarse y el Sol pierde parte de su brillo. A la mañana siguiente descubrimos que el coche recién lavado está cubierto por una fina película de polvo amarillento. Entonces alguien pronuncia la explicación de siempre: «Es arena del Sáhara».

La respuesta no es incorrecta, pero se queda escandalosamente corta. Ese polvo no es simplemente arena. Tampoco ha recorrido unos pocos cientos de kilómetros empujado por el viento. En realidad, forma parte de uno de los mayores sistemas naturales de transporte de materia del planeta, un mecanismo que conecta África con Europa y América y que, de manera sorprendente, ayuda incluso a mantener viva la selva amazónica.

La calima (del latín caligo, caliginis, que significa humareda negra, nube, niebla opaca y negra o polvareda densa) consiste en una suspensión de partículas sólidas tan pequeñas que pueden permanecer flotando en la atmósfera durante varios días. No debe confundirse con la niebla. La niebla está formada por diminutas gotas de agua; la calima, por polvo mineral. En España, especialmente en Canarias y en el sur y este peninsular, casi todos los episodios importantes tienen un origen común: el desierto del Sáhara.

Tampoco conviene imaginar enormes granos de arena viajando por el cielo. Las partículas gruesas apenas recorren unos kilómetros antes de volver al suelo. Las que alcanzan nuestro país son mucho más finas: arcillas, limos y diminutos fragmentos minerales, mezclados con cuarzo, carbonatos, óxidos de hierro, sales e incluso polen, esporas y microorganismos. Es una especie de harina geológica tan ligera que puede ascender varios miles de metros y dejarse transportar por las grandes corrientes atmosféricas.

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La mayor fábrica de ese polvo no se encuentra, curiosamente, entre las grandes dunas del Sáhara, sino en un lugar llamado depresión de Bodélé, en Chad. Hoy es una inmensa llanura árida, pero hace varios miles de años ocupaba el fondo de un gigantesco lago, el Mega-Chad, cuya superficie llegó a ser comparable a la del mar Caspio. Cuando el clima se volvió más seco, el lago desapareció y dejó al descubierto un espeso manto de sedimentos finísimos formado, entre otras cosas, por los restos de millones de diatomeas, unas algas microscópicas recubiertas por delicadas paredes de sílice.

Los vientos que soplan entre los macizos montañosos del Tibesti y el Ennedi se aceleran al atravesar ese estrecho corredor natural y levantan enormes cantidades de aquel sedimento ligero. Es una paradoja fascinante: uno de los lugares más secos del planeta dispersa por la atmósfera los restos de organismos que vivieron cuando allí existía un inmenso lago de agua dulce.

Una vez en el aire comienza el verdadero viaje. El polvo entra en una inmensa masa de aire cálido y seco conocida por los meteorólogos como Capa de Aire Sahariana (Saharan Air Layer). Puede imaginarse como una autopista situada a varios kilómetros de altura que cada verano transporta millones de toneladas de polvo hacia el oeste. Una parte cruza el Mediterráneo y llega hasta la península ibérica, donde reduce la visibilidad, tiñe el cielo y, si coincide con la lluvia, produce las conocidas precipitaciones de barro. También empeora temporalmente la calidad del aire, especialmente para las personas con enfermedades respiratorias.

Sin embargo, España es solo una estación intermedia. La mayor parte del viaje continúa mucho más lejos. Impulsadas por esa gigantesca corriente atmosférica, las partículas saharianas abandonan Europa, sobrevuelan el Atlántico durante varios días y alcanzan el Caribe, Norteamérica y Sudamérica. Lo extraordinario es que ese recorrido, que puede superar los ocho mil kilómetros, no termina sobre el océano. Tiene un destino mucho más inesperado.

Porque el polvo que hoy ensucia el parabrisas de nuestro coche puede acabar mañana alimentando los árboles de la mayor selva tropical del planeta. Y esa es una historia tan sorprendente que merece ser contada aparte.

Imágenes de satélite de la NASA que ilustran el extraordinario viaje del polvo sahariano – 

 

Los satélites han permitido comprobar que ese viaje es mucho más largo de lo que nadie habría imaginado hace unas décadas. Desde el espacio puede observarse cómo inmensas plumas de polvo abandonan África y atraviesan el Atlántico como si fueran ríos suspendidos en el aire. Algunas alcanzan el Caribe y el golfo de México; otras llegan hasta Florida e incluso, en determinadas circunstancias, al sur de Estados Unidos. Un grano de polvo levantado por una ráfaga de viento en Chad puede terminar depositándose miles de kilómetros más lejos, sobre un automóvil aparcado en Miami.

Pero el destino más sorprendente no es Norteamérica, sino la cuenca amazónica. A primera vista parece una contradicción. La Amazonia alberga la mayor selva tropical del planeta; el Sáhara es el mayor desierto cálido. Resulta difícil imaginar dos paisajes más distintos. Sin embargo, ambos mantienen una relación tan estrecha como inesperada.

Las lluvias tropicales lavan continuamente los suelos amazónicos y arrastran hacia los ríos parte de sus nutrientes, especialmente el fósforo, un elemento esencial para el crecimiento de las plantas. Desde hace años, las observaciones por satélite y diversos estudios geoquímicos han demostrado que el polvo sahariano compensa buena parte de esas pérdidas. Cada año llegan a la selva millones de toneladas de polvo africano que aportan cantidades de fósforo comparables a las que la Amazonia pierde por efecto de las lluvias. En cierto modo, un antiguo lago africano sigue alimentando un bosque situado al otro lado del océano.

La historia adquiere una dimensión épica cuando recordamos el origen de ese polvo. Parte procede de las diminutas diatomeas que vivieron hace miles de años en el desaparecido lago Mega-Chad. Sus esqueletos quedaron enterrados bajo los sedimentos, el viento los devolvió a la atmósfera y hoy vuelven a formar parte del ciclo de la vida fertilizando árboles que jamás habrían existido cuando aquellas algas flotaban en las aguas del antiguo lago. La naturaleza recicla con una paciencia que ninguna tecnología humana ha conseguido imitar.

En España, naturalmente, la historia tiene un lado menos romántico. Los episodios intensos de calima reducen la visibilidad, dificultan el tráfico aéreo, disminuyen el rendimiento de los paneles solares y empeoran la calidad del aire. Las partículas más finas pueden penetrar profundamente en los pulmones y agravar enfermedades respiratorias y cardiovasculares, razón por la que las autoridades sanitarias recomiendan limitar la actividad física al aire libre cuando las concentraciones son elevadas. A cambio, ese mismo polvo aporta pequeñas cantidades de hierro, fósforo y otros minerales que enriquecen suelos y ecosistemas marinos. Incluso una molestia tiene su lado beneficioso.

La próxima vez que encuentre una película rojiza sobre el parabrisas de su coche, quizá merezca la pena mirarla durante unos segundos antes de buscar una manguera. Ese polvo puede haber comenzado su viaje sobre el fondo seco de un lago desaparecido hace miles de años. Después fue levantado por el viento, recorrió miles de kilómetros suspendido en una corriente invisible y terminó cayendo sobre su jardín, un olivar andaluz, un viñedo manchego o la copa de una ceiba amazónica.

Pocas veces una capa de polvo cuenta una historia tan extraordinaria. Lo que para nosotros no suele ser más que una molestia pasajera constituye, en realidad, uno de los grandes mecanismos de conexión del planeta. El Sáhara y la Amazonia, África y América, un antiguo lago desaparecido y el coche aparcado frente a nuestra casa forman parte de la misma historia. Una historia escrita por el viento, que demuestra una vez más que la Tierra es mucho más pequeña —y mucho más ingeniosa— de lo que solemos imaginar.

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