- Lucía Megías inauguró el nuevo ciclo del Corral reivindicando al Cervantes más humano y recordando su vínculo emocional con la ciudad que lo vio nacer.
- Crónica gráfica y vídeo de Pedro Enrique Andarelli para ALCALÁ HOY
El cervantista complutense inauguró el ciclo “Tertulias en el Corral” con una conversación vibrante sobre su último libro, Cervantes íntimo. Amor y sexo en los Siglos de Oro, que llenó el histórico escenario de Alcalá de Henares de memoria, humor y erudición. Fue una tarde para reencontrarse con el Cervantes más humano, el que todavía respira entre las tablas del viejo teatro complutense.
El pasado 22 de octubre, el Corral de Comedias de Alcalá se llenó hasta la última butaca para asistir al arranque de un nuevo ciclo de conversaciones culturales bautizado como “Tertulias en el Corral”. La primera cita no podía tener mejor padrino: José Manuel Lucía Megías, profesor de la Universidad Complutense y uno de los cervantistas más reconocidos, presentaba su obra más reciente, Cervantes íntimo. Amor y sexo en los Siglos de Oro, publicada por Plaza & Janés. A su lado, el dramaturgo Abel González Melo ejercía de anfitrión en un diálogo que combinó pasión, ironía y conocimiento.
En el público, caras conocidas del ámbito académico y cultural alcalaíno se mezclaban con vecinos y lectoras curiosas que acudieron, como quien regresa a un viejo hogar, a escuchar hablar de Cervantes en el mismo teatro donde alguna vez se representaron sus comedias.
El regreso de Cervantes al escenario complutense
“Cervantes volvió al Corral de Comedias”, escribiría después el propio Lucía en la crónica que envió a este medio. Y no era una frase retórica. Su voz, cálida y entusiasta, parecía realmente invocar al escritor de Alcalá, al hombre que conoció los presidios, los fracasos y las glorias de un tiempo en el que la literatura aún olía a pólvora y a tinta fresca.
Durante algo más de una hora, el público viajó entre anécdotas y reflexiones que oscilaban entre el recuerdo personal y la mirada histórica. Lucía evocó sus años de estudiante en Alcalá, sus primeros libros y aquella etapa en el Centro de Estudios Cervantinos, “ese gran proyecto cultural y literario que el Ayuntamiento nunca entendió y que hizo todo lo posible por destruir”, como recordó sin disimular cierta melancolía.
Hubo, también, una dosis de crítica al presente: “La ciudad que podría ser la capital cultural de Madrid, dijo, vuelve a dar la espalda a la cultura, convertida en un estercolero de egos y mediocridades”. La frase, directa y sin adornos, resonó en las paredes del Corral como un aldabonazo.
Pero el eje de la tertulia no era la política, sino el Cervantes de carne y hueso, el que su autor rescata de los bronces y los tópicos. “Quiero que el lector se acerque a un Cervantes con quien podría tomarse unas cañas por la noche alcalaína”, comentó con humor. La sala estalló en risas cómplices: era evidente que el auditorio entendía bien de qué hablaba.
Del hombre al mito: una lectura en tres planos
Lucía Megías lleva años construyendo, libro a libro, una suerte de biografía coral del autor del Quijote. En su trilogía publicada por EDAF, La juventud de Cervantes, La madurez de Cervantes y La plenitud de Cervantes, ya delineó tres etapas vitales; ahora da un paso más allá y propone tres niveles de lectura: el Cervantes-hombre, el Cervantes-personaje y el Cervantes-mito.
El primero, el humano, “vivió en un tiempo fascinante de la Monarquía Hispánica, entre guerras, exilios y amores”. El segundo, el literario, se transparenta en figuras como el cautivo Ruy Pérez de Viedma, protagonista del relato de “El cautivo” en El Quijote, o en el héroe anónimo de Los tratos de Argel, trasunto directo de su propia experiencia como prisionero en tierras argelinas. Y el tercero, el símbolo, es el que las generaciones posteriores moldearon a su conveniencia, hasta convertirlo en estatua o nombre de premio. “Hay que distinguirlos, insistió, para no caer en la ingenuidad de confundir el mármol con la vida”.
El libro que ahora presenta explora, con amenidad y rigor, el territorio menos transitado del escritor: sus pasiones. Entre citas, documentos y lecturas cruzadas, Lucía reconstruye un Cervantes íntimo, rodeado de mujeres admirables, Leonor, Andrea, Magdalena, Catalina e Isabel, que lo acompañaron en su existencia azarosa. El resultado, explicó, “no es un tratado de alcoba, sino una reivindicación de la ternura y el deseo en un hombre demasiado tiempo visto como monumento”.
Entre grilletes, ficciones y certezas
En la parte final del encuentro, Lucía cambió el tono para hablar de cine y de cómo su investigación cervantina ha acabado también en la pantalla. Contó su colaboración en el guion de la película El cautivo, de Alejandro Amenábar, un proyecto que recrea el período argelino de Cervantes con una mirada moderna y sensible. “Mi trabajo, relató, fue asegurar que cada palabra, cada gesto, sonara a siglo XVI, pero sin convertir la película en una pieza arqueológica. Todo, salvo una palabra, estaba documentado en la época”.
No faltaron anécdotas: como la de los grilletes de los cautivos, tan fielmente reproducidos que los técnicos de sonido acabaron suplicando que los eliminaran por el ruido constante de las cadenas. “Hicimos grilletes de verdad, rió, pero el sonido no podía trabajar con ellos. Los de plástico parecían de carnaval. Al final, hubo que dejarlos en el pie y quitar la cadena. La perfección histórica a veces es incompatible con el rodaje”.
La conversación derivó luego hacia el Cervantes recaudador de impuestos, quizá el más injustamente tratado. Lucía desmontó con paciencia el viejo mito del escritor que “metió la mano en la caja”: “No fue corrupción, fue una paralela. Se equivocó en las cuentas y acabó en la cárcel por eso, no por ladrón”. Y añadió: “En aquella época la cárcel era preventiva. Y de pago. Hasta la manta se pagaba”. La explicación, entre pedagógica y socarrona, arrancó un aplauso espontáneo.
El público, que llenaba la platea y los palcos, escuchaba con atención reverencial, pero también con orgullo: el de saber que la ciudad que vio nacer a Cervantes sigue teniendo, quien la defienda con pasión y memoria. Cuando el acto concluyó, Lucía firmó ejemplares en el vestíbulo del Corral con una sonrisa amplia, consciente de haber cerrado un círculo personal.
Allí, entre libros, cámaras y saludos, el Corral recobró por un instante su condición de ágora ilustrada. Alcalá volvía a reconocerse en el espejo cervantino, no en el bronce ni en los fastos de octubre, sino en la palabra viva de uno de sus hijos más estudiosos y queridos.
En el Corral, aquel 22 de octubre, no hablaba un profesor más, sino un referente internacional del cervantismo: catedrático de Filología Románica en la Universidad Complutense, presidente de honor de la Asociación de Cervantistas, director de la Revista de Literatura Medieval y de la Revista de Filología Románica, académico de la Academia de Artes Escénicas de España y miembro del Instituto del Teatro de Madrid.
Un currículum tan sólido como su pasión por el autor del Quijote, refrendado por la Encomienda de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio, que resume una vida dedicada a leer, enseñar y divulgar a Cervantes desde todos los escenarios posibles.
Y mientras la gente abandonaba el teatro bajo la luz cálida de los candelabros, quedaba flotando en el aire la sensación de que Miguel de Cervantes había vuelto a casa.















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