- Pilar Blasco es licenciada en Lengua española y ha colaborado en publicaciones locales en temas de actualidad política y cultural.
Hace un tiempo escribí sobre el miedo como arma de manipulación masiva de mentes y cuerpos. Es algo estudiado, sabido y comprobado por grandes expertos en esas cosas. El clima y sus cambios hoy en día es una de las terminales del miedo, como el machismo, el racismo y otros mantras atribuidos gratuitamente a la sociedad inadvertida, parte de la cual los compra y se los cree.
Hasta los anti conspiranoicos, las envidiables gentes felices, creyentes de los poderes fácticos dueños de la información oficial inapelable, hasta ellos y ellas, intuyen que en ocasiones la llamada «información» es demasiado exhaustiva, machacona y abrumadora. Aunque no lo admiten en público, en el fondo de su alma late la duda y el temor a admitir que toda la vida de Dios, en verano hace calor y en invierno frío. Bien es verdad que en seguida desechan la tentación y los malos pensamientos, vade retro. Hace calor, más que nunca, más que en todo el siglo anterior, más que desde que hay mediciones, etc. Antes no era igual, qué va, antes el clima era como Dios manda. Antes no cambiaba, antes no había estos desastres climáticos intempestivos, valga la redundancia.
Estos días de agosto, en muchos lugares estamos disfrutando de un tiempo magnífico para las fechas, nuestra sensación térmica no coincide con las llamaradas fucsia del mapa de la tele, pero, no obstante, con variantes , las conversaciones son del tenor «…en junio ya nos asamos literalmente y la semana próxima viene otra ola, la tercera…» Y así en ese plan agorero no nos permitimos disfrutar del presente por recuerdo del pasado y miedo al porvenir (dos magnitudes que no existen según los filósofos).
A ver quién osa cambiar de conversación frente a los cuarenta grados de Zaragoza y los cuarenta y cinco de Sevilla. El temazo de julio y agosto, últimamente de junio y septiembre incluidos. A ver quién se atreve a recordar las horas de la siesta de nuestra infancia en el pueblo (los niños nunca han querido dormir la siesta sino escapar a la calle a escondidas) cuando la acera en la que jugábamos a las chapas ardía y las chapas también. Las noches en blanco de balcón abierto, abanico y bochorno inmisericorde para desespero de madrugadores. Las ferias y fiestas de toda España son en pleno verano, no sólo porque han acabado las cosechas sino porque se trasnocha al aire libre, por el calor.
La literatura española está llena de descripciones de pasajes y paisajes caniculares, algunos magníficos, de los que hacen sentir al lector el sofoco en sus carnes. Por la terrible estepa castellana, polvo, sudor y hierro… (Siglo XIII del Cantar de Mio Cid, siglo XX del precioso soneto de Machado, Manuel). Diez meses de invierno y dos de infierno, según la tradición oral, y más dichos en el refranero que nos confirman que cualquier tiempo pasado no fue mejor en cuestión de clima. Lo que sí es probable que nuestros antepasados no se entretuvieran en la temperatura más allá de las frases puntuales y como un tópico de consumo para el ascensor o el camino. Para qué, es como hablar del verdor de la hierba y del frío de la nieve, un epíteto, una redundancia, una obviedad.
Hoy día no es así, hoy día se habla del clima con intención, con segunda intención y hasta tercera. A ver como respira este vecino, que me han dicho que vota a VOX:
«¡Qué barbaridad, no sé dónde vamos a parar, no se recuerda un calor así! Se ha adelantado el verano un mes, y cómo ha llovido esta primavera, no es normal, luego vendrán los incendios…»
A lo que su vecino, antes de llegar al segundo, harto del temita, contesta de mala gana:
«Bueno, antes también hacía calor pero no había tele (O solo daban el tiempo una vez al día, un señor muy serio)» No falla, negacionista del sagrado cambio climático (reflexión en silencio)…
Por el cuarto, el vecino/a progre insiste en pos de confirmar sus sospechas: «pero antes no había calentamiento global, ni agujero de ozono, no se comía carne de vaca pedorra, ni viajábamos los pobres en avión low cost…, estamos acabando con el planeta (palabra mágica, planeta)»…
En el sexto, el vecino facha (su silencio lo delata) ha optado por cambiar de tema aludiendo a las vacaciones que él disfruta en el pueblo con los paisanos de toda la vida, que es lo mejor y más sostenible (palabra mágica para chinchar). Lo cual deja descolocado al colega que se sume en la confusión hasta el noveno, un ático súper guay con aire acondicionado a tope.
Esta fachosfera negacionista no sé entera de nada… O sí

















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Toda está parrafada se desmonta con pararse a pensar un solo segundo que es lo que ocurre cada día cuando se generan y se desechan millones de toneladas de sustancias que acaban por ahí. Ese es uno, el mayor para mí, de las alteraciones que constituyen el cambio global. Que ustedes sufran uno o dos grados por encima de la media mientras se toman una cerveza o están en la piscina es ridículo, y les debería dar igual si el mapa es rojo o negro. Deberíamos salir a la calle a destruir todo el sistema político, pero igual para eso sí que hace calor, o frío
Cuando los que nos invitan al consumismo y el derroche son los mismos que nos hablan de restricciones a la movilidad, al consumo energético, en definitiva a un gran cambio en el paradigma social con grupos familiares (cuando los hay) cada vez más pequeños, desestructurados y más desconectados socialmente, a mí me produce como poco desazón cuando no alarma.
Que conste que lo cortes no quita lo valiente y la reducción de productos de desecho ha de ser una prioridad nuestra y lo es también de los que hacen negocio con ella a nuestra costa
Las que tenemos unos años y estamos cerca de ser octogenarias, nos acordamos de aquellos años donde pasábamos los veranos en el pueblo. En mi caso en el de mi madre en la campiña de Guadalajara. Era pequeña y quizás a las niñas y niños el calor nos acompañaba durante veranos, que ahora diremos tórridos, pero que teníamos asumido. Parece que nos hemos hecho blandengues y hasta hemos politizado el calor. En los años 60 no teníamos agua corriente en el pueblo. Las mujeres tenían que ir al lavadero, que por cierto estaba a un kilómetro del centro del pueblo, cargadas con la tabla de lavar y un barreño metálico de generosas proporciones. Y a pleno sol. Yo ayudaba a mi tía con la ropa tendiéndola sobre el trigo, y con el botijo a mano. Y así un día sí y otro también. Ni que decir la cola que se formaba en la fuente con las caballerías destinadas a portar en sus aguaderas el líquido elemento para las casas. Mientras los chicos ayudaban en la recolección del trigo y la avena, para pasar por las eras donde se trillaba y se procedía a llevarlo al silo correspondiente. Y todo a pleno sol, con el botijo de máximo recurso. Y nadie se quejaba del estío y del calor, estaba asumido. La gente socializaba en el Casino, en las peluquerías, en las escasas tiendas o a la salida de la Iglesia. No se hablaba de política, ni de buenos o malos, ni de rojos o nacionales. En las tertulias de los hombres, Bahamontes, el ciclista ,copaba las habladurías, junto con el futbol, donde el Atletich de Bilbao con sus éxitos en la Copa del Rey era el preferido, sin olvidar a aquellos partidarios de un tal DiEstefano. Y sí, hacía calor. Como ahora. Lo que pasa es que quizás nos hayamos vuelto algo blandengues esta generación del aire acondicionado, de los ventiladores y del cambio climático.
Muy oportuno el artículo ante tanta manipulación del clima.
Basta con recordar la festividad de los Santos Niños. Calor y calor SIEMPRE.
El comentario editorial que precede al artículo de Pilar es el mejor ejemplo de la certeza de su planteamiento. Hay una moral dominante que impone su discurso aunque la ciencia y la pluralidad de pensamiento democrático le lleven la contraria y le quiten la razón. Siempre se persiguió a la verdad a sabiendas de que apostaba por la mentira. Hoy los que lo hacen ya no son conscientes de la falsedad de sus postulados. Gracias Pilar. Te están estigmatizando por tu opinión hasta en el medio que te publica. Ánimo.
Diganos vd. De donde saca que nuestro comentario editorial (entradilla) estigmatiza la opinión de nuestra colaboradora: La siguiente tribuna, firmada por Pilar Blasco, reflexiona con ironía sobre el tratamiento mediático y social del calor estival y el cambio climático. Su autora, identificada con posturas conservadoras, cuestiona la insistencia de ciertos discursos y el uso del clima como herramienta de opinión y división ideológica. ALCALÁ HOY publica este artículo como parte de su compromiso con la pluralidad, sin que ello suponga necesariamente compartir las opiniones expresadas». Muy similar por cierto en su coletilla al resto de los artículos de opinión ¡Madre mia cuanta suspicacia y en este caso además mala baba con todos nuestros respetos !
Yo no comulgo para nada con las opiniones que vierte esta colaboradora, pero entiendo que la diversidad de opiniones enriquece a los medios como este que con valentía publica artículos de este y otros colores. Una vez dicho esto considero que usted es un desagradecido que critica un medio que le permite leer a su admirada amiga y que si se la estigmatizara directamente no se la publicarían los artículos que para mi carecen de interés por ser negacionistas, pero que a personas que piensan como usted se les permite disfrutar de sus peregrinos pensamientos. No les cuestiono, ni a ella ni al medio, le cuestiono a usted por su intolerancia a una publicación que da visibilidad a opiniones diversas. Flaco favor le hace a su amiga Pilar que quiere victimizarla ante un medio que le da la oportunidad de poder publicar aunque a muchos nos desagrade profundamente y dañe las neuronas de quienes como usted la leen que a partir de ahora se convierte en achicoria que pasa por la vida sin pena ni gloria.