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TIA reaviva su sátira más libre en la Xirgu con humor delirante, barroco y provocador que convierte lo indecible en teatro.
- Crónica remitida por Azpilicueta, pero ventoseada con gusto por ALCALÁ HOY (Fotos del buen Baldo, que en vez de pincel usa cámara, mas retrata con igual arte)
El Teatro Independiente Alcalaíno (TIA) ha vuelto a hacer de las suyas en la Sala Margarita Xirgu con el reestreno de Sueño y defensa del ojo del culo, la pieza de Carlos Mochales que convierte lo indecible en espectáculo y el disparate en argumento. Y sí, funciona. Funciona porque no pide perdón, porque no rebaja el tono y porque entiende que el humor, cuando es libre, siempre encuentra su sitio.
La obra, revisada a fondo respecto al texto original de 1981, se presenta como una fantasía onírica en la que Francisco de Quevedo, no el de los manuales, sino uno más juguetón, más bronco, más deslenguado, acepta defender en juicio aquello que nadie en su sano juicio querría defender. Y ahí está el truco: en llevar al escenario lo que socialmente se esconde, lo que incomoda, lo que se evita… y hacerlo, además, con inteligencia y con bastante mala leche.
Un viaje delirante entre lo culto y lo escatológico
Dividida en tres actos, el Viaje, la Venta y el Juicio, la función se despliega como un recorrido que va ganando temperatura a medida que avanza. Arranca en ese terreno ambiguo del sueño, donde todo es posible, y desemboca en una venta que bien podría haber salido de una novela picaresca, con personajes que entran y salen como si estuvieran en una feria de rarezas.
Por el camino aparecen un fraile que provoca más de lo que guía, un nigromántico que parece sacado de una pesadilla con presupuesto ajustado, una Muerte que observa con paciencia burocrática, y un rosario de figuras alegóricas —el Mundo, la Carne, el Dinero— que no necesitan mucha actualización para seguir resultando reconocibles. Porque sí, aunque esto suene a barroco desatado, hay más presente del que parece.
Lo interesante es que la obra no intenta domesticar ese caos. Al contrario: lo abraza. Lo exagera. Lo lleva al límite hasta que el espectador ya no sabe si está viendo una sátira filosófica o un desvarío perfectamente organizado. Y probablemente sea ambas cosas.
Quevedo, abogado del imposible
En el centro de todo, el Quevedo de F. Javier Blasco sostiene la función con una mezcla de oficio, ironía y descaro. No es un personaje cómodo: habla mucho, piensa rápido y dispara aún más deprisa. Es juez, es parte, es narrador y es, sobre todo, cómplice del público en este juego de espejos donde lo elevado y lo grotesco se dan la mano sin pedir permiso.
Su decisión de aceptar el encargo del fraile, defender al “reverendo ojo del culo» marca el tono de lo que viene después: un juicio que no busca justicia, sino sentido. O mejor dicho, que busca demostrar que incluso lo aparentemente absurdo puede sostenerse si se argumenta con la suficiente brillantez.
Y ahí es donde la función encuentra uno de sus mayores aciertos: no se limita a provocar la risa fácil. Hay humor, claro, y del bueno, pero también hay discurso. Hay una reflexión constante sobre los límites del lenguaje, sobre la hipocresía social y sobre esa frontera difusa entre lo que se puede decir y lo que se decide callar.
Una maquinaria coral que convierte el exceso en virtud
El montaje dirigido por Luis Alonso apuesta por un ritmo ágil y una interpretación coral que funciona como engranaje. El elenco, amplio y versátil, se mueve entre personajes con rapidez, sosteniendo ese equilibrio complicado entre lo caricaturesco y lo simbólico.
Francisco Piris, Paco Varela, Sebastián Sánchez, Mónika Salazar, Demi Reyes, Marisa Jiménez, Maribel Tabero o Belén Alhama,entre otros, construyen un universo donde cada figura suma, donde nadie está de más y donde el exceso, lejos de ser un problema, se convierte en motor de la propuesta.
Porque aquí todo es un poco demasiado: los gestos, las palabras, las situaciones. Y, sin embargo, lejos de saturar, ese “demasiado” acaba siendo el lenguaje propio de la obra. Un lenguaje que bebe del esperpento, de la tradición picaresca y de ese teatro que no tiene miedo a ensuciarse las manos si con ello consigue decir algo.
No es casual que el público siguiera la función con atención, risa y cierta complicidad creciente hasta desembocar en ese juicio final que es, directamente, una fiesta del disparate. Un cierre jubiloso, delirante, casi catártico, donde todo lo anterior encuentra su sentido.
Cuando el teatro no pide permiso
Lo que propone TIA con este reestreno no es solo recuperar un texto. Es reivindicar una forma de hacer teatro que hoy no abunda: una que no se preocupa demasiado por agradar, que no mide cada palabra con miedo a incomodar y que confía en la inteligencia del espectador.
Porque “Sueño y defensa del ojo del culo” no es una obra para todos los públicos en el sentido más complaciente del término. Exige entrar en su código, aceptar sus reglas y dejarse llevar por una lógica que, en ocasiones, bordea el absurdo. Pero precisamente por eso funciona: porque no se rebaja, porque no se explica más de la cuenta y porque no subestima a quien la mira.
En un panorama donde muchas propuestas buscan el consenso rápido, esta pieza apuesta por lo contrario: por el riesgo, por la ironía sin filtro y por un humor que, bajo su apariencia escatológica, esconde una mirada bastante lúcida sobre la moral, el lenguaje y la libertad expresiva.
Al final, lo que queda es la sensación de haber asistido a algo poco habitual: una obra que se ríe de todo. incluida ella misma. y que, en ese ejercicio de irreverencia, acaba diciendo más de lo que parece. Porque quizá de eso iba todo desde el principio: de demostrar que incluso lo más incómodo puede convertirse en materia teatral si se tiene el valor, y el talento, de defenderlo.
















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