Odio al pobre: brutal ataque a una madre anciana y su hijo en Torres de la Alameda

Esta crónica relata un episodio estremecedor ocurrido en Torres de la Alameda, a pocos kilómetros de Alcalá de Henares, donde una madre anciana y su hijo fueron víctimas de una sucesión de ataques violentos motivados, según la investigación, por el desprecio a su situación de vulnerabilidad. Rociados con lejía, agredidos con botellas de cristal y hostigados durante semanas, su caso ha destapado una realidad que duele: el odio también golpea a quien nada tiene. Y lo hace con brutalidad.

  • Por ALCALÁ HOY, medio comprometido y vigilante, que no mira hacia otro lado cuando la injusticia se ceba con los más vulnerables.

La Guardia Civil detiene a dos jóvenes por rociar lejía en la cara a dos personas vulnerables, lanzarles botellas de cristal y hostigarlas durante semanas. Una cámara oculta captó la brutalidad de los hechos.

Esto no es una película de terror ni una distopía social. Esto ocurrió, y sigue ocurriendo,  en nuestro país, a pocos kilómetros de Alcalá de Henares, en una localidad aparentemente tranquila como Torres de la Alameda. Dos personas vulnerables, una mujer de avanzada edad y su hijo,  fueron víctimas de un acoso sistemático, sostenido y despiadado. Una persecución que mezcla odio, violencia gratuita y una cobardía que hiela la sangre.

La Guardia Civil ha detenido a dos jóvenes, veinteañeros, vecinos de la localidad, como presuntos autores de un delito de odio por aporofobia, odio al pobre, al desfavorecido, al que no tiene más que su dignidad, además de tres delitos de lesiones y uno de daños. La descripción de los hechos indigna por sí sola. De noche, con sigilo y saña, los agresores se acercaban a la vivienda. Una casa humilde, con ventanas tapadas por cartones, donde intentaban sobrevivir una madre mayor y su hijo. Sobre esa miseria material vertieron lejía. Les arrojaron botellas. Les insultaron. Les hicieron vivir con miedo.

Tras las investigaciones realizadas se pudo confirmar que, en el exterior de la vivienda, dos individuos habían rociado lejía en la cara a las personas que se encontraban dentro, llegando a ocasionar a una de ellas lesiones en un ojo. También se pudo constatar que los supuestos autores habían acudido al lugar en horario nocturno para lanzar botellas de cristal tanto al interior de la vivienda como contra una de las personas en plena calle con el objetivo de agredirlas. No se trataba de un arrebato puntual, sino de una campaña continuada de odio y violencia, ejecutada con total impunidad y brutal frialdad.

Uno de los ataques fue grabado por una cámara que la Guardia Civil instaló frente a la casa tras un pequeño incendio sospechoso. Las imágenes, como muestra el video de la Guardia Civil, hielan el alma: se ve cómo los agresores arrancan los cartones de las ventanas, vierten lejía sobre las víctimas, intentan forzar la puerta a patadas e incluso introducen un palo por la rendija para golpear desde fuera. En otra secuencia, aún más sobrecogedora, la anciana camina hacia su casa y, sin previo aviso, recibe una lluvia de botellas de cristal que estallan a su alrededor. Ella intenta huir. No puede. Ellos siguen lanzando.

No era la primera vez. Madre e hijo llevaban tiempo sufriendo este tormento, pero no lo habían denunciado. Miedo, vergüenza, resignación… esas son las armas silenciosas que acompañan tantas veces a quienes viven en los márgenes. Y esa es la parte que más debería avergonzarnos como sociedad: nadie estuvo allí antes. Ni servicios sociales, ni vecinos, ni administración alguna. Solo cuando el humo alertó a los agentes, alguien decidió mirar.

Y es que la aporofobia no es un tecnicismo legal. Es el nombre que hemos dado al odio más ruin, el que no se disfraza de ideología ni de religión, sino que desprecia al otro por pobre, por vivir en la precariedad. El clasismo llevado al extremo. El sadismo disfrazado de bravata juvenil.

Que dos jóvenes se diviertan atacando a una anciana y su hijo no es un hecho aislado, es un síntoma. Algo se ha roto cuando la crueldad gratuita se convierte en rutina. Y algo hemos hecho mal como sociedad si esto ha podido pasar sin que nadie lo evitara antes.

La intervención de la Guardia Civil, rápida y profesional, ha puesto fin, esperemos que definitivo,  a este infierno. Se han decretado órdenes de alejamiento y la investigación continúa. Pero el daño ya está hecho.

Y conviene recordarlo: la aporofobia no es solo esto. También es la indiferencia, el silencio, las miradas que no quieren ver, los recursos que no llegan, las denuncias que no se escuchan. Lo que ha pasado en Torres de la Alameda debería dolernos. No basta con leer esta crónica y seguir con lo nuestro. Porque si no nos duele esto, ¿qué nos va a doler?

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1 Comentario

  1. Es precisamente el odio al más vulnerable de lo que más blanquea las carencias personales que puedan tener las personas agresoras, una falsa legitimación típica del reprimido represor. Precisamente dos jóvenes que por huir de sus complejos personales lo pagan con los últimos del vagón cuando ellos van los penúltimos. Ojo con el aumento de la violencia en la población más joven y sus recientes giros hacia los totalitarismos.

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