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En Madrid, la selección no fue azarosa o epidemiológica, fue política. El que tenía seguro privado, sobrevivía. El que no, mala suerte.
Vídeo que sale de las entrañas sobre los repugnantes tweets de Miguel Ángel Rodríguez anoche
(Y he tenido que contenerme porque si digo lo que pienso me cierran la cuenta)
📹Dentro vídeo 👇🏼#LoDeSimón #7291Noolvidamos #LodeEvole pic.twitter.com/l3WOBGXeeK
— Blanca Ibarra (@bimmr90) February 17, 2025
Este señor, la mano derecha de la presidenta Díaz Ayuso, el que le susurra cada consigna, tuvo la desvergüenza de cuestionar los testimonios de los familiares de las 7.291 personas que murieron abandonadas en las residencias de Madrid. No solo negó su sufrimiento, sino que llegó a insinuar que no eran ni siquiera familiares. Que se lo habían inventado.
Es difícil imaginar un nivel más profundo de vileza. Preguntar a alguien cuántas veces visitó a su madre antes de que muriera, atreverse a cuestionar cuánto la quería, es de una crueldad inhumana. Y sin embargo, ahí sigue este señor, intacto en su cargo, protegido por la presidenta y por su partido, porque aquí nadie asume responsabilidades. Nunca.
Pero lo peor no es solo lo que dijo. Lo peor es que nadie dentro del PP madrileño ha considerado esto motivo suficiente para cesarlo. Porque cuando alguien mantiene en su puesto a quien humilla a las víctimas, es que está avalando sus palabras.
No es solo la indignidad de un asesor desbocado y sin filtro en las redes sociales. Es el reflejo de una forma de gobernar basada en el desprecio absoluto por la verdad y por la forma de vivir de quienes no entran en su esquema de privilegios. Porque Ayuso no solo dejó morir a miles de personas mayores en residencias, sino que además decidió quién tenía derecho a intentarlo y quién no.
En Madrid, la selección no fue azarosa o epidemiológica, fue política. El que tenía seguro privado, sobrevivía. El que no, mala suerte. Y ahí están las pruebas, los protocolos, las órdenes escritas, los correos, los testimonios. Pero aquí nunca pasa nada. Se miente, se manipula, se reescribe la historia con titulares a medida, y se espera que el tiempo lo borre todo.
Pero la memoria es tozuda. No se borra con propaganda ni con bulos. Queda en los hospitales, en las residencias, en las casas vacías donde antes había vida y felicidad.
El gobierno de Ayuso ha conseguido convertir la impunidad en un estilo de gestión. Da igual que las residencias sigan con grifos sin agua potable, duchas con agua contaminada o plantillas tan reducidas que los mayores puedan pasar horas en el suelo tras una caída. Da igual que para cuadrar las ratios se cuente hasta a los jardineros como personal de atención.
No es incompetencia. Es ideología. Un modelo de negocio donde la dignidad no importa y donde la vida solo vale si es rentable.
Por eso no se ruborizan al escuchar estos testimonios. Porque no les afecta, no les importa. Porque no tienen alma ni corazón. Porque están podridos por dentro.
Pero la realidad no se puede tapar eternamente con titulares pagados ni con discursos prefabricados. Cada vez menos gente les cree. Y cada vez más gente sabe lo que son.
Y lo que son, después de todo esto, no tiene nombre.
















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