
- Fotógrafos, vecinos y astrónomos vivieron desde Alcalá y el Alto Tajo unos segundos de oscuridad, emoción, silencio y asombro difícilmente olvidables.
- La mirada de Pedro Enrique Andarelli para ALCALÁ HOY
Hay momentos que no se explican, se viven. Y durante unos segundos de la tarde del miércoles 12 de agosto de 2026, Alcalá de Henares vivió uno de ellos. El Sol desapareció detrás de la Luna, la luz del verano complutense se extinguió, bajó la temperatura, los pájaros alteraron su comportamiento y la ciudad quedó sumida en una oscuridad tan breve como difícil de olvidar.
El eclipse total de Sol alcanzó su máximo en Alcalá alrededor de las 20:32 horas. Fueron apenas unos segundos de totalidad. Suficientes para provocar gritos de emoción, silencios inesperados y algún escalofrío. ALCALÁ HOY lo vivió desde dos lugares muy diferentes: Ricardo Espinosa Ibeas, desde la torre de la Catedral Magistral, con su cámara apuntando al fenómeno; y quien firma esta crónica, desde las calles y la Plaza de Cervantes, fotografiando precisamente lo contrario: no el Sol, sino lo que estaba ocurriendo debajo de él.
Y lejos de Alcalá, miembros de la Agrupación Astronómica Complutense se habían desplegado por distintos puntos de España. Algunos eligieron el Alto Tajo, en Guadalajara, para contemplar el eclipse con telescopios, cámaras y equipos preparados durante meses. Allí la emoción tampoco entendió demasiado de cálculos astronómicos.
Desde la torre de la Magistral
«Hay momentos que no se explican, se viven». Así resume Ricardo Espinosa Ibeas una tarde que difícilmente olvidará. El fotógrafo de ALCALÁ HOY tuvo el privilegio de contemplar y fotografiar el eclipse desde un lugar excepcional: la torre de la Catedral Magistral de Alcalá de Henares.

Desde allí arriba, con la ciudad extendiéndose bajo sus pies, pudo seguir cómo el cielo iba transformándose hasta que la silueta negra de la Luna ocultó el Sol y dejó visible durante unos instantes la corona solar.

Las fotografías cuentan por sí solas lo que ocurrió. Primero, el disco negro suspendido sobre una Alcalá que todavía conserva las últimas tonalidades del atardecer. Después, los primeros planos revelan detalles imposibles de apreciar a simple vista: la corona rodeando la Luna, puntos luminosos en el borde y el espectacular destello que anuncia el comienzo o el final de la totalidad.
Pero para Ricardo hubo algo más importante que conseguir la fotografía.«Más allá de la fotografía, me quedo con la experiencia de haber vivido unos minutos irrepetibles, con la emoción de esperar, observar y disparar mientras la Luna se cruzaba frente al Sol».
Espinosa Ibeas agradece especialmente al padre Manuel «su enorme generosidad y su inestimable ayuda» para acceder a la Catedral Magistral y hacer posibles unas imágenes tomadas desde uno de los lugares más privilegiados de la ciudad. «Un lugar privilegiado, una ciudad extraordinaria y un instante que quedará para siempre en la memoria. El Sol no se apagó. Simplemente, durante unos minutos, la Luna nos recordó lo extraordinario que puede ser mirar hacia arriba».
Mirar a Alcalá mientras Alcalá miraba al cielo
Mi experiencia fue completamente diferente. Decidí no mirar directamente al eclipse en ningún momento. Quería fotografiar otra cosa: qué le ocurría a Alcalá mientras todos miraban hacia arriba.
Poco antes de las ocho de la tarde subí a la azotea de un edificio del centro con vistas de 360 grados sobre la ciudad. El Sol todavía brillaba con fuerza a mi espalda. Delante estaban los tejados, las torres, la Magistral, los Cerros y esa Alcalá de agosto aparentemente ajena a lo que estaba a punto de suceder.
Hice las primeras fotografías de espaldas al Sol. Después bajé y me dirigí hacia la Plaza de Cervantes. Allí la escena ya era completamente distinta. Decenas de personas esperaban frente al Ayuntamiento con sus gafas especiales. Mayores, jóvenes, familias enteras. Todos levantaban la cabeza hacia un Sol que se encontraba detrás del edificio consistorial. Yo seguí sin hacerlo. Mi cámara apuntaba a ellos.
Y quizá por eso pude observar otras cosas. La luz comenzó a cambiar. No era todavía de noche ni parecía exactamente un atardecer. Era una iluminación extraña, difícil de asociar con cualquier otro momento del día. Las fachadas perdieron su brillo habitual, las sombras cambiaron y el calor de aquella tarde de agosto comenzó a disminuir.
Pasadas las 20:30 horas llegó el momento. Primero se escuchó el clamor de quienes contemplaban cómo la Luna terminaba de cubrir el Sol. Casi simultáneamente alguien llamó la atención sobre los pájaros. Las aves parecían desorientadas y emprendían una inesperada desbandada sobre los tejados y las torres del centro histórico. Y entonces se hizo de noche.
Fueron apenas unos segundos, pero la percepción del tiempo cambió por completo. El Ayuntamiento quedó sumido en la penumbra. La Plaza de Cervantes parecía haber avanzado varias horas en cuestión de instantes. Las calles se oscurecieron. Y llegó el silencio. Un silencio extraño después de la excitación de los minutos anteriores. Me recorrió un escalofrío.
Yo no había mirado el eclipse. Pero estaba viendo y sintiendo todo lo que el eclipse hacía a mi alrededor. Después, casi tan rápidamente como había desaparecido, regresó la luz. Las fachadas recuperaron sus tonos cálidos y volvió también esa sensación familiar del verano complutense. La gente comenzó poco a poco a abandonar la Plaza de Cervantes. Se hablaba, se enseñaban fotografías, se comentaban impresiones.
Todos parecíamos compartir la misma sensación: acabábamos de vivir algo que probablemente recordaríamos durante muchos años. No dirigí mi vista al Sol en ningún momento. No vi directamente cómo la Luna lo ocultaba. Pero fotografié la breve noche de Alcalá. Y la sentí en la piel.
Agrupación Astronómica Complutense: «He llorado»
A unos kilómetros de allí, en el entorno del Alto Tajo, la experiencia estaba siendo muy diferente y, al mismo tiempo, sorprendentemente parecida.

La Agrupación Astronómica Complutense había preparado la jornada con telescopios, prismáticos, cámaras, monturas, filtros solares y todo tipo de equipos de observación. Sus integrantes no se concentraron en un único punto. Estuvieron repartidos por diferentes lugares del país, desde Guadalajara hasta Soria, León, Palencia y Madrid.
Eduardo Pérez Mateos, presidente de la Agrupación Astronómica Complutense, siguió el fenómeno desde las proximidades de Zaorejas, en el Alto Tajo. A las 20:06 horas ya había algo que llamaba su atención: la temperatura estaba bajando. Después llegó la totalidad.

«Ya sé por qué hay gente en el mundo que se dedica a cazar eclipses», reconoce Pérez Mateos después de vivir la experiencia. «Lo has leído muchas veces, pero solo después de vivirlo sientes que deberías ser uno de ellos». Y ni siquiera alguien acostumbrado a observar el cielo encuentra fácilmente las palabras. Una compañera le confesó: «He llorado». Otros simplemente repetían: «No tengo palabras». «Es verdad: se te pueden saltar las lágrimas durante ese corto periodo de tiempo», explica el presidente de la AAC.
Cuando todo terminó apareció otra frase repetida entre quienes habían esperado durante meses aquel momento: «Ha sido demasiado corto».Los tiempos estaban calculados de antemano con precisión matemática. Pero la emoción tiene su propio reloj. «Ojalá nos convirtamos en cazadores de eclipses, aunque sea solo por la geografía hispánica», señala Pérez Mateos.
Las imágenes tomadas en el Alto Tajo muestran el otro lado de aquella jornada: telescopios apuntando hacia el horizonte, cámaras instaladas sobre monturas, prismáticos convenientemente protegidos, dispositivos siguiendo las fases del eclipse y grupos de aficionados esperando sobre el terreno seco de Guadalajara mientras el Sol descendía lentamente. Y finalmente, el disco negro de la Luna rodeado por la corona solar. Y después llegaron las Perseidas
Pero para la Agrupación Astronómica Complutense la noche no terminó con el eclipse. Cuando el Sol desapareció definitivamente bajo el horizonte comenzó la segunda parte de una jornada astronómica difícilmente repetible: las Perseidas, las populares Lágrimas de San Lorenzo.
En el Alto Tajo, según el recuento realizado por los observadores de la AAC, se contabilizaron 418 meteoros durante toda la noche, una cifra que consideran excepcional y a la que contribuyeron las excelentes condiciones del cielo. Después de fotografiar un eclipse total, todavía quedaba toda una noche para continuar mirando hacia arriba.
Eduardo Pérez Mateos quiso cerrar la jornada agradeciendo a los socios y socias de la Agrupación Astronómica Complutense «el gran trabajo de organización que han realizado, cada uno en su zona de influencia». Quizá ahí esté una de las explicaciones de lo vivido el miércoles. Un eclipse puede calcularse con años de anticipación. Se conocen su trayectoria, los segundos de totalidad, la posición del Sol y el instante preciso en que la Luna comenzará a ocultarlo.Lo que resulta bastante más difícil calcular es lo que ocurre con quienes lo contemplan.
Un fotógrafo subido a la torre de la Magistral. Otro caminando por Alcalá sin mirar al Sol. Una plaza entera levantando la cabeza. Un grupo de astrónomos en mitad del Alto Tajo. Alguien que llora. Alguien que guarda silencio. Los pájaros que vuelan desconcertados. Y una ciudad que, durante unos segundos, descubre cómo sería una noche llegada antes de tiempo.
La próxima cita ya tiene fecha
Quienes después de lo vivido hayan descubierto que también quieren convertirse en «cazadores de eclipses» no tendrán que esperar demasiado.
El 2 de agosto de 2027 España volverá a vivir un eclipse total de Sol. Esta vez la franja de totalidad atravesará el extremo sur peninsular y alcanzará Cádiz, Málaga, Ceuta, Melilla y zonas meridionales de Granada y Almería. En Ceuta la totalidad llegará a durar 4 minutos y 48 segundos, muchísimo más que los escasos segundos disfrutados en Alcalá este miércoles.
Y todavía quedará una tercera cita. El 26 de enero de 2028 un eclipse anular atravesará buena parte de España poco antes de la puesta de Sol. Será el llamado «anillo de fuego», cuando la Luna no llegue a cubrir completamente el disco solar y deje visible un círculo luminoso a su alrededor. Después habrá que esperar mucho más. Pero eso será otro día.
El 12 de agosto de 2026 ya pertenece a la memoria de Alcalá. Durante unos segundos se hizo de noche.Y quienes estuvimos allí sabemos que aquellos segundos fueron demasiado cortos













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