¿QUIÉN HA ESPOLVOREADO LA PLAZA DE CERVANTES? | Por Manuel Peinado

El profesor emérito de la Universidad de Alcalá y botánico Manuel Peinado firma esta tribuna en la que desvela el origen del llamativo aspecto blanquecino que presentan estos días muchos plátanos de la Plaza de Cervantes. A partir de una conversación con un vecino, explica de forma divulgativa qué es el oídio, cómo actúa este hongo y por qué, pese a su apariencia, rara vez supone un peligro serio para estos árboles urbanos de Alcalá.

Foto de Pedro Enrique Andarelli
  • El botánico Manuel Peinado explica el oídio que cubre los plátanos complutenses y reivindica comprender antes de combatir la naturaleza.

 

  • Por Prof. Dr. Manuel Peinado Lorca. Profesor Emérito de la Universidad de Alcalá, Director del Real Jardín Botánico
    Alcalde de Alcalá de Henares (1999-2003)

Hay personas que creen que un botánico es una especie de oráculo vegetal. Si una hoja amarillea, un árbol pierde la corteza o una flor aparece donde no debía, basta con preguntar al botánico de guardia, que —se supone— conoce de memoria los cientos de miles de especies de plantas conocidas y todas las enfermedades capaces de afectarlas. Lamento desilusionar a quienes piensan así, pero la realidad es bastante más prosaica. Los botánicos también tenemos que consultar libros, buscar artículos científicos y, de vez en cuando, desempolvar conocimientos que parecían olvidados desde la universidad.

Foto remitida por el autor

Eso fue exactamente lo que me ocurrió hace unos días mientras cruzaba la Plaza de Cervantes, el auténtico salón de estar de Alcalá de Henares. Un vecino se acercó con gesto intrigado y señaló la hilera de plátanos de paseo que da sombra a buena parte de la plaza.

—¿Qué les pasa a esos árboles? Parecen enharinados.

Levanté la vista. Tenía razón. Muchas hojas estaban cubiertas por una fina capa blanquecina, como si durante la noche hubiera pasado por allí un repostero gigante armado con un tamiz de azúcar glas. La pregunta parecía sencilla. La respuesta no tanto. Hacía casi cincuenta años que había aprobado Fitopatología, la asignatura dedicada a las enfermedades de las plantas, y descubrí que había llegado el momento de volver a abrir aquellos viejos apuntes. Al fin y al cabo, aunque uno lleve medio siglo fuera de las aulas, los árboles tienen la mala costumbre de seguir enfermando.

La respuesta estaba escrita sobre las hojas. Los plátanos padecían un oídio, una de las enfermedades fúngicas más comunes y, probablemente, una de las más fáciles de reconocer. Basta con observar ese aspecto de árbol espolvoreado con harina para sospechar inmediatamente de ella. Sin embargo, detrás de esa apariencia casi cómica se esconde una historia evolutiva de millones de años y un grupo de organismos extraordinariamente especializados.

 

El nombre oídio no designa una enfermedad concreta, sino a todo un conjunto de hongos pertenecientes principalmente al orden Erysiphales. Se conocen más de novecientas especies, cada una especializada en uno o unos pocos huéspedes. Existe el oídio de la vid, el de los rosales, el del pepino, el del trigo, el del manzano, el de las encinas… y, naturalmente, el de los plátanos de paseo. Esta especialización es tan extrema que el hongo que vive sobre una hoja de rosal sería incapaz de sobrevivir sobre una hoja de plátano, del mismo modo que un koala moriría de hambre en un bosque de sabrosas manzanas.

Los oídios llevan acompañando a las plantas desde hace muchísimo tiempo. Probablemente aparecieron cuando las plantas con flores ya dominaban los continentes y, desde entonces, ambos grupos han mantenido una silenciosa carrera armamentística. Las plantas desarrollan nuevas defensas químicas y estructurales; los hongos evolucionan para burlarlas. Cada victoria de uno provoca la respuesta del otro. Es una guerra que comenzó mucho antes de que existieran los dinosaurios modernos, los mamíferos o la propia especie humana y que continúa hoy mismo, discretamente, sobre las hojas de los árboles de nuestras ciudades.

A diferencia de muchos otros hongos, los oídios son auténticos aristócratas. No invaden el interior de los tejidos vegetales destruyéndolos por completo. Su cuerpo permanece casi siempre sobre la superficie de la hoja formando ese característico velo blanquecino. Desde allí introduce diminutos órganos de alimentación —los haustorios— en las células epidérmicas para extraerles agua y nutrientes sin llegar a matar inmediatamente al tejido. Es una forma de parasitismo sorprendentemente refinada: al hongo le interesa mantener viva a la planta el mayor tiempo posible, porque de ella depende su propia supervivencia.

Ese recubrimiento blanco que vemos no es polvo ni ceniza. Es una maraña de filamentos microscópicos (el micelio) sobre los que se forman millones de esporas. Cada ligera ráfaga de viento desprende algunas de ellas, que emprenden un viaje invisible hasta depositarse sobre otra hoja susceptible de ser colonizada. La aparente inmovilidad de un árbol urbano esconde, en realidad, un incesante tráfico aéreo de diminutas partículas biológicas.

Hay otro aspecto de estos hongos que suele sorprender incluso a quienes llevan años cultivando plantas. Tendemos a asociar los hongos con ambientes lluviosos, bosques húmedos o troncos empapados. Sin embargo, los oídios rompen ese estereotipo. Sus esporas germinan mejor cuando el aire mantiene una humedad elevada pero la superficie de las hojas permanece seca. De hecho, una lluvia intensa puede eliminar parte del micelio y dificultar la dispersión de las esporas. Dicho de otro modo: estos hongos agradecen el ambiente húmedo, pero prefieren no mojarse. No deja de ser una paradoja deliciosa para un organismo al que solemos imaginar prosperando únicamente entre charcos y humedad.

El responsable habitual del oídio de los plátanos de paseo es Erysiphe platani, un especialista que ha hecho de las hojas de Platanus x hispanica su hogar casi exclusivo. Durante la primavera y el comienzo del verano, cuando las temperaturas son suaves y las noches aportan suficiente humedad ambiental, el hongo encuentra las condiciones ideales para multiplicarse. Las hojas jóvenes son especialmente sensibles, porque sus tejidos todavía son tiernos y ofrecen menos resistencia a la infección.

Por fortuna, el espectáculo resulta mucho más alarmante que peligroso. En árboles adultos y bien establecidos, como los que adornan la Plaza de Cervantes, el oídio rara vez compromete la supervivencia del ejemplar. Las hojas pueden deformarse ligeramente, curvarse o perder parte de su capacidad fotosintética, pero es muy raro que el árbol llegue a defoliarse o a sufrir daños permanentes. La enfermedad tiene sobre todo un impacto estético. El árbol parece enfermo mucho antes de estarlo realmente.

No ocurre lo mismo con plantas jóvenes cultivadas en viveros o con determinadas especies ornamentales especialmente sensibles. En ellas, una infección intensa puede reducir el crecimiento, debilitar los brotes e incluso favorecer la entrada de otros patógenos. Como ocurre tantas veces en biología, la gravedad de una enfermedad depende tanto del agresor como del estado de la víctima.

Entonces, ¿por qué este año parecen verse más plátanos enharinados que otros veranos? La respuesta probablemente esté en la meteorología. Los oídios son extraordinariamente sensibles a pequeñas variaciones de temperatura y humedad. Una primavera con noches relativamente húmedas, mañanas templadas y ausencia de lluvias persistentes puede desencadenar auténticas explosiones epidémicas. Al año siguiente, con un régimen meteorológico ligeramente distinto, el mismo árbol puede presentar apenas unas pocas manchas. La naturaleza tiene una capacidad asombrosa para recordarnos que no todo responde a reglas simples.

A menudo, cuando los ciudadanos observan una enfermedad en los árboles urbanos, la primera reacción consiste en pedir un tratamiento químico inmediato. Es comprensible. Hemos aprendido a asociar cualquier enfermedad con la necesidad de combatirla cuanto antes. Sin embargo, los árboles de una ciudad no son un cultivo agrícola cuya producción dependa del aspecto impecable de sus hojas. Son organismos longevos que conviven desde hace siglos con infinidad de insectos, hongos y bacterias. La inmensa mayoría de esas relaciones forman parte del funcionamiento normal de un ecosistema.

Eso no significa que debamos ignorar el problema. Cuando el oídio aparece de forma reiterada conviene vigilar el estado general del árbol y evitar prácticas que favorezcan la enfermedad. Los abonados excesivos con nitrógeno producen brotes muy tiernos, especialmente apetecibles para el hongo. Las podas drásticas, además de otros inconvenientes, estimulan precisamente ese tipo de crecimiento. Mantener copas equilibradas y bien aireadas reduce la persistencia de ambientes favorables para el desarrollo del micelio. El tratamiento químico rara vez resulta necesario ni proporcionado. Generalmente basta con dejar que el árbol siga haciendo lo que lleva millones de años haciendo: convivir con sus parásitos.

Cuando lo encontré por segunda vez y terminé de explicarle todo esto a mi vecino, volvió a mirar los plátanos con otros ojos. Ya no veía unos árboles enfermos sin remedio, sino el escenario de una antigua batalla biológica librada silenciosamente sobre cada hoja. Me dio las gracias y siguió su camino. Yo también continué el mío, pensando que quizá esa sea una de las mayores satisfacciones de la divulgación científica: descubrir que, después de una conversación, un paseo cotidiano ya nunca vuelve a ser exactamente el mismo.

Desde entonces, cada vez que atravieso la Plaza de Cervantes y veo alguno de aquellos plátanos con aspecto de haber recibido una lluvia de harina, no pienso en una enfermedad, sino en una historia de coevolución que comenzó hace millones de años. Y me hace sonreír imaginar que, mientras los vecinos contemplan unos árboles aparentemente «enfermos», sobre cada una de esas hojas continúa desarrollándose una de las relaciones más antiguas, complejas y fascinantes de toda la historia de la vida.

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