- Procesión, rosquillas, gigantes, música y convivencia vecinal marcaron unas fiestas castizas que devolvieron al parque de San Isidro su ambiente tradicional.
- Crónica gráfica y vídeo de Myriam Trujillo para ALCALÁ HOY
El parque de San Isidro volvió a convertirse este fin de semana en uno de esos rincones de Alcalá donde la ciudad parece detenerse para reconocerse a sí misma. Bajo la sombra de los árboles, entre familias enteras, peñas, mayores sentados en corrillos y niños correteando alrededor de los gigantes y cabezudos, el Distrito I celebró unas fiestas de San Isidro marcadas por el ambiente vecinal y la recuperación de esa tradición castiza que, sin grandes artificios, sigue funcionando como punto de encuentro para centenares de alcalaínos.
El domingo, jornada central de las fiestas, amaneció con ese aire de romería urbana que todavía conserva algo del viejo Madrid agrícola y popular. Desde primera hora comenzaron a llegar vecinos al entorno de la ermita y del parque. Algunos acudían vestidos de chulapos, otros simplemente buscando una mañana tranquila en el barrio. Había ambiente de verbena clásica, de fiesta sencilla y cercana, muy distinta de los grandes eventos multitudinarios de las Ferias, pero precisamente por eso especialmente reconocible para quienes llevan décadas viviendo estas celebraciones.
La misa y posterior procesión reunieron a decenas de familias y vecinos que acompañaron la imagen de San Isidro por el entorno del parque en una mañana luminosa y agradable. Entre los asistentes se encontraban la alcaldesa Judith Piquet, junto a los tenientes de alcalde Víctor Acosta y Gustavo Severien, además de los concejales Víctor Cobo y Vicente Pérez, que compartieron buena parte del recorrido y saludaron a los asistentes durante una jornada marcada por la cercanía y el tono distendido.
Una fiesta con sabor a barrio y memoria colectiva
Uno de los momentos más celebrados de la mañana llegó con el tradicional reparto de rosquillas y láminas conmemorativas. Este año, además, la imagen elegida tenía un valor especial para muchos vecinos: una reproducción de la acuarela de la ermita de San Isidro realizada por el artista Fran Atienza y donada al Ayuntamiento. Las láminas fueron desapareciendo rápidamente de las mesas mientras muchos asistentes comentaban los detalles de la ilustración o buscaban guardarla cuidadosamente antes de continuar la jornada.
Las rosquillas, por supuesto, mantuvieron intacto su poder de convocatoria. A media mañana la fila se extendía junto a la zona de reparto mientras grupos de amigos y familias aprovechaban para charlar tranquilamente, compartir vermú improvisado y disfrutar de un domingo que, pese al crecimiento de la ciudad y el ritmo acelerado de los últimos años, todavía conserva pequeños espacios para la convivencia vecinal más clásica.
La presencia de asociaciones y colectivos del distrito volvió a demostrar que estas fiestas siguen teniendo un fuerte componente comunitario. No se trataba únicamente de asistir a una programación organizada desde la Junta Municipal, sino de participar en una celebración muy vinculada al tejido vecinal del entorno. Y eso se notaba en los saludos constantes, en las conversaciones cruzadas y en esa sensación de que gran parte de los asistentes se conocían de otros años, de otras fiestas o simplemente del barrio de toda la vida.
Un fin de semana repleto de actividades culturales y familiares
Las fiestas habían arrancado ya el viernes con un programa muy diverso que combinó patrimonio histórico, actividades culturales y propuestas para todas las edades. Las visitas guiadas a la Casa de los Grifos y al Antiquarium, en la ciudad romana de Complutum, despertaron un notable interés entre vecinos y visitantes, reforzando además la idea de conectar estas celebraciones populares con el patrimonio histórico de Alcalá.
El ambiente festivo continuó durante toda la tarde en espacios como el Centro de Mayores Cervantes o el Centro Cívico Manuel Laredo, donde hubo actuaciones, recitales, talleres y encuentros vecinales. El sábado el protagonismo pasó especialmente al parque de San Isidro, convertido durante horas en un auténtico espacio familiar al aire libre.
Los más pequeños fueron probablemente quienes más disfrutaron de la jornada. Talleres infantiles, juegos de mesa, ajedrez, cuentacuentos y el siempre esperado desfile de gigantes y cabezudos con charanga llenaron de movimiento el recinto durante buena parte del día. Cada aparición de los cabezudos provocaba carreras improvisadas, risas y móviles preparados para inmortalizar la escena mientras la música de la charanga iba marcando el ritmo festivo del recorrido.
Ya por la tarde, las actuaciones de casas regionales y asociaciones culturales aportaron un aire especialmente tradicional a la programación. El Centro Castellano Leonés, la Casa de Aragón y Castilla-La Mancha llevaron al escenario música, bailes y folclore popular antes del concierto de Fórmula Pop, encargado de cerrar la noche del sábado en el parque con un ambiente mucho más animado y festivo.
Mientras tanto, la Quinta de Cervantes también se sumó a las celebraciones coincidiendo además con la Noche en Blanco, acogiendo actuaciones de música tradicional y danza moderna que ampliaron el ambiente cultural del fin de semana a otros espacios del Distrito I.
Tradición popular frente al ritmo acelerado de la ciudad
Quizá una de las claves de estas fiestas de San Isidro sea precisamente su escala humana. Frente a los grandes montajes o los eventos multitudinarios que dominan buena parte del calendario festivo actual, el parque de San Isidro mantiene todavía un aire reconocible de celebración vecinal. Aquí la gente se detiene más tiempo, conversa más despacio y parece menos pendiente del espectáculo que de compartir simplemente unas horas juntos.
Durante toda la tarde del domingo continuaron las actuaciones con la participación de la Peña Reincidentes, la Academia de baile Belén Rodríguez, la Escuela de Pepe Vento o la Asociación Sociocultural San Isidro. El público fue llenando poco a poco la zona de actuaciones mientras otros buscaban sombra en las áreas más tranquilas del parque o aprovechaban para merendar en familia.
La merienda popular gratuita puso el broche final a unas fiestas que han vuelto a demostrar la capacidad de los barrios para mantener vivas tradiciones que forman parte de la identidad cotidiana de Alcalá. Porque más allá de la programación oficial, de las autoridades presentes o de las actuaciones organizadas, lo que quedó durante todo el fin de semana fue la sensación de una fiesta hecha todavía a escala de sus vecinos.
Y quizá ahí resida precisamente el encanto de San Isidro en el Distrito I: en seguir siendo, pese al paso del tiempo, una celebración donde Alcalá todavía puede mirarse sin prisas y reconocerse en sus propias costumbres.























