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Una sátira sobre identidad, arraigo y convivencia cotidiana en Alcalá, firmada por Javier Bardón con humor costumbrista y retranca social.

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- Javier Bardón es profesor de Psicología Social, escritor y peatón»
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Lunes a mediodía en el mercado de abastos. Una docena de personas esperan turno frente a la pescadería. Entonces un hombre enjuto y seco en carnes, frisando los cincuenta, se coloca delante del género, entre las cajas de hielo y las merluzas, en ademán de pedir.
—¡Eh! ¡Oiga usted! Póngase a la cola, que los demás llevamos esperando desde hace un buen rato. ¡Pues no tendrá jeta el tío este! —dice una señora con un carrito de bebé.
—Pero es que yo soy de Alcalá.
—¿Y a mí qué coño me importa? ¡Como si es de Móstoles!
—Es que ahora los de Alcalá tenemos prioridad.
—Ah, ¿sí? ¿Y eso quién lo dice?
—Lo acaban de pactar los del gobierno local.
—Pero eso aplica para lugares públicos —dice otra señora con cara de enterada—, en la pescadería no sirve; aquí sigue yendo por orden de llegada. Además, ¿cómo sabemos que es usted de Alcalá?
—Traigo el certificado de empadronamiento. Mire.
—No vale —dice la señora examinando el documento—. Eso solo acredita residencia administrativa, no arraigo.
—Normal que desconfíe —dice otra señora, dirigiéndose al interfecto—. Sepa usted que de Alcalá Alcalá es muy poca gente, y menos de su edad. A principios de los ochenta aquí vivían cuatro gatos y usted debe de ser del setenta para abajo.
—Le digo que soy de Alcalá.
—Demuéstrelo.
—Conozco a Toro Bravo y a la gitana del romero.
—¡Pues vaya mierda de argumento! A esos los conocen hasta los Erasmus. Tendrá que aportar pruebas más contundentes.
Otro hombre de la cola se decide a intervenir.
—A ver, rápido, tres bares míticos de la zona.
—El Giardino´s, la Chopera y el Torrejonero.
—Eso tampoco prueba nada —dice la señora enterada—. Lo podría haber mirado antes en internet. A ver, díganos, ¿dónde nació?
—En la Paz.
—¿Ve? Entonces no hay nada más que hablar. Usted no es alcalaíno, sino madrileño.
—Bueno, pero en mi DNI, que es lo que cuenta, pone que nací en Alcalá.
Otro colista, un señor con gafas de pasta, se mete en la conversación.
—¿Su madre y su padre eran de aquí? Es que, según tengo entendido, se exige que ambos progenitores sean también alcalaínos.
—Bueno, mi padre era en realidad de Pastrana, pero se vino aquí de pequeñito. Salió de extra en la película de Espartaco y todo.
—Entonces, técnicamente, no es usted alcalaíno viejo, sino de primera generación, así que… ¡a la cola!
El hombre de las gafas vuelve a tomar la palabra.
—Se me ocurre una pregunta definitiva para determinar el arraigo complutense de este señor.
—A ver.
—¿Cómo se llamaba antes el Carrefour?
—Pryca.
Se oyen murmullos de desaprobación.
—¡Error! La respuesta correcta es Simago. Definitivamente usted no es de Alcalá.
—Perdone, creí que se refería al Pryca de San Fernando de toda la vida.
Un chaval vestido con un hoodie, que acompaña a la señora enterada, pone cara de confundido.
—¿Simago? ¿Pryca?
—Ay, hijo, vosotros los jóvenes sí que no tenéis ningún tipo de arraigo —y, dirigiéndose al susodicho, sentencia—. Bueno, por esta vez le daremos el beneficio de la duda. ¿De qué barrio es usted?
—De la Garena.
—¿De la Garena? —pone una mueca despectiva— O sea que no estamos hablando de un alcalaíno del casco histórico de toda la vida, sino de alguien meramente circunstancial.
—A efectos legales es lo mismo.
—No es lo mismo —salta una señora mayor, que hasta entonces se había mantenido ajena a la conversación—. Los del Ensanche Garena llegaron, como quien dice, hace cuatro días.
Un señor anacrónico, con el Marca bajo la axila, se da por aludido y protesta.
—Oiga, señora, sin faltar, que yo llevo en el Ensanche desde el noventa y ocho y soy garrapiñado como el que más. Antes vivía en el Val.
—O sea, que fue usted de los primeros colonos.
—Efectivamente. Y le diré más: mi mujer nació en la mismísima calle Mayor.
—Entonces me callo; ha acreditado pureza sobradamente —y dirigiéndose al señor que pretendía colarse—. ¿Ve? Según su propia lógica, este señor merecería ser el primero de la cola tanto o más que usted.
En ese momento, Ivana, la pescadera, una mujer rubia, fornida, que lleva quince años atendiendo al puesto, suspira y grita:
—¿Van a comprar pescado o seguir discutiendo toda mañana? Aquí único criterio que funciona es vez, así que, ¿quién tiene vez?
Entonces, un señor bajito y moreno, con una camisa de hilo, que había permanecido callado hasta entonces, se acerca al mostrador:
—Yo.
—Qué te pongo, Mustafá.
—Cuarto y mitad de boquerones y dos doradas pequeñas para hacer en el horno.


















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Buen artículo sr. Bardón. Las derechas deberían leer más antes de lanzar imposiciones, claro que, no les importa si lo que quieren implantar es beneficioso para nadie, las derechas, con tal de armar camorra y hacer lo que les salga del pijo ¡tienen suficiente! y los demás ¡a la cola como dios manda!
El humor es el mejor antídoto contra los transgresores, y otros especímenes, que nos asedian. Gran final de artículo.
No es lo mismo la cola de un comercio que los servicios públicos que pagamos algunos (cada vez menos y más asfixiados).
En todo esto la peor parte la lleva la pescadera que tiene que pagar 300€ para tener derecho a gastar un pastón en poner un negocio ( local, empleados, mercancía) y entregar al estado más del 60% de lo recaudado entre impuestos directos e indirectos y gastos impuestos por el mismo.
Si no se prioriza en que los que pagan los servicios reciban las atenciones entonces nos dedicaremos a ser los hospitales del mundo con la excusa de la solidaridad hasta que nosotros mismos estemos en la absoluta miseria y nadie nos ayudará despilfarrando como nosotros hicimos con otros.
Estamos además nosotros para ayudar cuando ya se están pagando las pensiones con fondos europeos.
Que fácil es despilfarrar lo que no es de uno sino de todos.
Lectura recomendada: la tragedia de los comunes (The Tragedy of the Commons) de Garrett Hardin
Divertidísimo. La ironía y el humor suelen ser pedagogícamente eficaces contra cierta catetez que nos rodea. La pescadería evidentemente no es de las del defenestrado mercado municipal que ya hace años que cerraron, y que va camino de megagastrobar, sospecho.