Mariló Montero y el virus que Sánchez se guardó en el cajón para el 2027

La última teoría lanzada por Mariló Montero sobre una supuesta pandemia diseñada para evitar elecciones sirve a Pedro Enrique Andarelli para retratar, con ironía y retranca, un país atrapado entre la conspiración televisiva, la política convertida en espectáculo y una ciudadanía que ya apenas distingue entre sátira, realidad y delirio. En esta tribuna dominical, el autor utiliza el esperpento mediático para reflexionar sobre la desconfianza crónica que contamina el debate público español y convierte cualquier disparate en verosímil.

Mariló Montero y el país donde ya todo parece posible
  • Entre sarcasmos, pandemias imaginarias y tertulias incendiarias, la verdadera enfermedad retratada en esta tribuna es la desconfianza colectiva española.
Pedro Enrque Andarelli, Director de ALCALÁ HOY

Señoras y señores, abróchense los cinturones de seguridad moral porque Mariló Montero ha vuelto a pisar el acelerador de la tertulia sin frenos ni carné de conspiranoica. La periodista, esa mujer que parece haber nacido con un micrófono en la mano y una ceja permanentemente arqueada, soltó el otro día en Telemadrid la bomba del año: Pedro Sánchez sería capaz de inventarse una pandemia solo para no convocar elecciones en 2027. Así, como quien anuncia que va a llover el fin de semana.

Uno se imagina al presidente del Gobierno en la Moncloa, con bata de laboratorio, gafas de protección y un maletín lleno de probetas, murmurando: “Muajajá, esta cepa me va a dar cuatro años más de presupuesto”. Y mientras tanto, Mariló, con su voz de locutora de tragedia griega, se lo planta a Isabel Díaz Ayuso como quien le pasa la sal en la mesa.
Ayuso, presente en carne y hueso, todavía con la resaca mexicana revoloteándole en la mirada, no se limitó a esquivar el golpe. Se aprestó a avalar la estrafalaria teoría con un asentimiento indisimulado, casi un guiño cómplice, mientras el presentador Antonio Naranjo asentía con la cabeza como quien aprueba el postre después de una cena pesada.

Ese “el hecho de que nos lo planteemos ya dice mucho” sonó menos a prudencia y más a “pues tampoco es tan descabellado, ¿verdad?”. Traducción libre: “Si lo decimos en voz alta, quizá se convierta en verdad por ósmosis mediática”.

Y aquí estamos, queridos complutenses, en esa fina línea que separa la crítica política del guion de una serie de Netflix titulada House of Cards: Edición Ibérica. Porque si algo tiene Mariló es talento para convertir una tertulia en un aquelarre mediático. No dice que Sánchez sea malo. Dice que es capaz de fabricar el Apocalipsis con tal de seguir en el sillón. Y lo hace con esa naturalidad de quien comenta el tiempo, mientras la presidenta de Madrid y el conductor del programa le sostienen la escalera.

Permítanme una metáfora: la política española se ha convertido en un circo donde los leones ya no rugen, maúllan teorías. Y Mariló es la domadora que, en vez de silla y látigo, usa micrófono y sarcasmo fino. Cada vez que abre la boca, uno no sabe si va a salir un chiste, una verdad incómoda o un virus mutante. En este caso, optó por el comodín de la pandemia bis, con Ayuso de madrina y Naranjo de notario.

¿Es exagerado? Por supuesto. ¿Es delirante? También. Pero, amigos, el delirio es el nuevo mainstream. Vivimos en una era donde un tuit vale más que un informe de la OMS y donde una presentadora de televisión puede poner sobre la mesa, sin despeinarse, la posibilidad de que el jefe del Ejecutivo juegue a ser Dios con virus de diseño. Y lo más sorprendente es que nadie se cayó de la silla. Nos hemos acostumbrado tanto a lo extraordinario que ya ni parpadeamos cuando alguien sugiere que Sánchez podría provocar una catástrofe sanitaria para ganar tiempo, mientras una presidenta autonómica asiente con la solemnidad de quien firma un decreto.

Es como si hubiéramos aceptado que la política ya no es el arte de lo posible, sino el arte de lo inverosímil. Sánchez, ese hombre que resucita cada lunes de sus propias cenizas electorales, convertido de repente en el Doctor Malo de una película de James Bond. Imagínenselo: en vez de espiar a sus rivales con Pegasus, ahora cultiva coronavirus en el sótano de Ferraz mientras tararea el Cara al Sol al revés. Y Ayuso, recién llegada de su particular tequila diplomático, le da oxígeno al argumento con una media sonrisa que dice más que mil discursos.

Aquí viene el giro sorprendente: quizá Mariló no esté tan equivocada en el fondo. No en lo de la pandemia, claro, que eso sería otorgarle a Sánchez poderes que ni el propio Maduro se atrevería a soñar. Pero sí en señalar que este país lleva años viviendo en estado de excepción permanente. Una crisis detrás de otra, un indulto por aquí, una amnistía por allá, un decreto-ley cada viernes. La excepción se ha convertido en la norma y la norma en un recuerdo borroso de cuando había presupuestos aprobados y no presupuestos eternamente prorrogados.

Sánchez no necesita fabricar una pandemia. Le basta con estirar la realidad como si fuera chicle. Y Mariló, con su intuición de tertuliana veterana, lo ha olido. Por eso su frase duele. No porque sea cierta en su literalidad, sino porque roza esa verdad incómoda de que la desesperación por el poder puede llevar a cualquiera a bailar con el diablo. O con el virus, según el guion. Y Ayuso, en lugar de poner cordura, optó por sumarse al baile con la resaca aún fresca.

Pero vayamos más allá. Lo realmente sabroso de este episodio no es la teoría conspirativa en sí, sino lo que revela de nosotros. Porque mientras Mariló lanza su granada verbal y Ayuso la recoge con guante de seda, media España se divide entre los que gritan “¡loca!” y los que susurran “pues a mí no me extrañaría”. Y en medio, los que, como yo, nos reímos con ganas. Porque el humor es la única vacuna que nos queda contra la solemnidad tóxica de la política actual.

Mariló Montero es, en el fondo, un personaje shakesperiano perdido en un plató de televisión. Capaz de convertir una entrevista política en un monólogo tragicómico donde el rey (o presidente) está desnudo y todos fingimos no verlo. Su sarcasmo no es gratuito; es terapéutico. Nos obliga a mirarnos al espejo y reconocer que hemos normalizado lo anormal. Que discutimos sobre si Sánchez crearía una pandemia mientras Ayuso asiente con la cabeza y el presentador asiente con el alma.

Y aquí, el segundo giro: tal vez la verdadera pandemia sea esta. La de las palabras huecas, las teorías sin fundamento y las certezas fabricadas en platós. Una pandemia de desconfianza que infecta más que cualquier virus porque ataca directamente a la razón. Mariló no inventa el virus; solo señala la jeringuilla. Ayuso la sostiene. Y Naranjo certifica el acta.

Al final, uno termina pensando que quizá lo que necesitamos no sea ni más Sánchez ni más Ayuso, sino más Marilós dispuestas a decir en voz alta lo que muchos piensan en voz baja, aunque sea con el riesgo de que les llamen conspiranoicas. Porque en un país donde la realidad supera a la ficción cada mañana, alguien tiene que ponerle voz al absurdo. Aunque esa voz venga envuelta en ironía y perfume de polémica, y aunque la presidenta madrileña decida sumarse al coro tras una noche de margaritas institucionales.

Así que bravo, Mariló. Sigue pinchando globos. Aunque a veces el globo sea tu propio argumento. Al menos nos haces reír mientras España se desmorona entre pandemias reales, imaginarias y políticas. Y en tiempos como estos, la risa es casi un acto de resistencia.O de supervivencia.

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