- Nuestro colaborador póstumo Pedro Gumiel y Gil de Ontañón convierte el viaje mexicano de Isabel Díaz Ayuso en una feroz sátira sobre colonialismo, populismo castizo y nostalgias imperiales.
Hay personas que viajan a México y regresan fascinadas por Teotihuacán, por Frida Kahlo, por la cocina poblana o por la inmensidad melancólica del Zócalo al atardecer. El 4 de diciembre de 1996 pasó a la historia como el primer acto oficial de Esperanza Aguirre siendo ministra de Cultura: un viaje a México. Sus asesores le aconsejaron cauterizar la prepotencia española, así que nada más aterrizar manifestó: «Gran cultura la precolombina, pero no conocían la rueda».
Su discípula y extutora de su difunto perro Pecas (q.p.d.), Isabel Díaz Ayuso, en cambio, aterriza en Ciudad de México y lo primero que hace es ponerse a discutir cómo se escribe el nombre del país. Eso es patriotismo cultural y lo demás son tonterías. Ramón María del Valle-Inclán decía que viajó a México porque se escribía con equis, pero Ayuso se empeña en escribirlo con jota, quizá porque considera que las consonantes indígenas son una amenaza separatista o porque sospecha que la letra equis contiene trazas de bolivarianismo.
La RAE recomienda escribir México con equis, entre otras cosas porque el nombre procede del náhuatl y recuerda al pueblo mexica o azteca. Pero Ayuso parece convencida de que México no lo fundaron los mexicas, sino Hernán Cortés en persona, probablemente una mañana después de desayunar café con leche y churros. Según esta versión de la historia, antes de la llegada de los españoles aquello debía de ser un solar vacío lleno de salvajes desorientados esperando a que apareciera un extremeño con espada, viruela y nociones básicas de urbanismo.
En esta cruzada filológica acompaña a Ayuso su inseparable amigo Fachinacho, autor de un musical sobre la Malinche que tiene el rigor histórico de un folleto de parque acuático. Fachinacho sostiene, con la solemnidad del cuñado que explica geopolítica entre gambas, cañas de Mahou y vermú, que menos mal que los españoles conquistaron América y no los ingleses, porque los ingleses habrían exterminado a los indígenas. Los españoles, en cambio, fueron muchísimo más considerados: apenas liquidaron a unos cuantos millones, esclavizaron a otros tantos y destruyeron civilizaciones enteras con esa cortesía tan castellana de quien entra en casa ajena diciendo “perdone las molestias, venimos a civilizar”.
La derecha española tiene una relación con Hernán Cortés parecida a la que algunos hombres maduros tienen con Top Gun: una mezcla de nostalgia adolescente y fantasía heroica. Lo evocan como precursor de la Hispanidad, como si el hombre hubiese desembarcado en Veracruz repartiendo becas Erasmus y jamón ibérico. Cortés, según esta visión, no conquistó un imperio mediante alianzas militares, masacres, enfermedades y terror, sino que llevó educación, universidades y quizá también un catálogo de Ikea.
Todo esto recuerda mucho a Ramiro de Maeztu y aquella Defensa de la Hispanidad de 1934 donde la colonización española aparecía descrita como una gigantesca obra benéfica. España, al parecer, había unido pueblos, eliminado diferencias étnicas y levantado una civilización gloriosa bajo la Cruz. La sangre, las epidemias, las encomiendas y las amputaciones debían de considerarse daños colaterales, como cuando haces una reforma en casa y manchas un poco el suelo del salón.
Lo extraordinario es cómo el ayusismo ha conseguido modernizar aquel discurso sin añadirle ni una sola neurona nueva. Antes se hablaba de Imperio y evangelización; ahora se habla de libertad, cañas y orgullo nacional, pero el mensaje sigue siendo idéntico: España no debe arrepentirse de nada porque, en el fondo, todo aquello fue una ONG gigantesca con armaduras.
Es verdad que la mayor parte de los indígenas murieron por enfermedades como la viruela o el sarampión, pero también es cierto que millones perecieron en masacres, trabajos forzados y sistemas de esclavitud encubierta. La población del México central pasó de unos veinticinco millones de habitantes a poco más de un millón en apenas un siglo. Una gestión demográfica espectacular. Si hoy ocurriera algo parecido, Ayuso lo llamaría “milagro económico”.
Y ahí aparece Hernán Cortés, héroe de opereta para tertulianos patrióticos. El hombre ordenó en 1519 la matanza de Cholula, donde fueron asesinados miles de civiles, incluidos niños y ancianos. Torturó a Cuauhtémoc con aceite hirviendo para arrancarle información sobre tesoros. Mandó ahorcarlo después con una excusa tan cutre que hasta algunos españoles se escandalizaron. Hay sospechas bastante serias de que estranguló a su esposa tras una discusión doméstica. Además, esclavizó a miles de prisioneros marcándoles la cara con hierro candente. Un currículum magnífico para presidir una asociación cultural o quizá para protagonizar un especial navideño en Telemadrid.
Pero nada de eso parece preocupar a Ayuso. La verdad histórica nunca ha sido un gran obstáculo para el populismo. La historia, para esta gente, no es una disciplina académica sino una tienda de disfraces: se coge lo que queda bien en la foto y lo demás se tira. Por eso Ayuso insiste en escribir “Méjico”, porque alguien le explicó que hacerlo así equivale a reafirmar la españolidad del asunto, como si cambiar una consonante permitiera reconquistar medio continente desde un plató de televisión.
Y aquí es donde la historia se venga mediante la filología. Resulta que “México” viene del náhuatl y significa algo parecido a “en el ombligo de la Luna”. La equis representaba un sonido /sh/ que existía en el castellano antiguo. Alfonso X estableció que ese sonido debía escribirse con equis y los españoles del siglo XVI aplicaron esa norma a los topónimos indígenas. O sea, que la famosa equis que Ayuso detesta es precisamente una herencia del castellano clásico. Uno imagina el disgusto de la presidenta madrileña al descubrir que, sin saberlo, lleva años combatiendo contra Alfonso X el Sabio.
Más tarde aquel sonido desapareció del castellano y empezó a pronunciarse como jota. En 1815 la RAE intentó imponer la grafía “Méjico”, pero las nuevas repúblicas americanas, recién independizadas de España, mantuvieron orgullosamente la equis. La letra se convirtió en símbolo de emancipación frente al viejo imperio. Es decir: cuanto más insiste Ayuso en escribir “Méjico”, más parece una señora atrapada en una máquina del tiempo colonial.
Y sin embargo ahí la tenemos, viajando a México para dar lecciones históricas con la seguridad intelectual de quien cree que Moctezuma era un personaje secundario de El Cid Campeador. Antes ya había dado muestras de una curiosidad cultural devastadora. Con veintidós años descubrió estupefacta que en Ecuador hablaban español, noticia que debió de recibir como quien encuentra pingüinos en Cuenca. Ahora ha descubierto que en México también ocurre ese extraño fenómeno lingüístico. Según ella, gracias al trabajo de Toni Cantó al frente de la Oficina del Español. No sabemos si Toni Cantó llevó el idioma personalmente en una maleta o si lo fue repartiendo por América como un misionero del doblaje televisivo.
En su viaje diplomático, Ayuso llamó “narcoestado” a México y calificó a Claudia Sheinbaum de “dictadora de ultraizquierda”, lo cual es una manera estupenda de ganarse simpatías en el país anfitrión. Luego pretendía homenajear a Hernán Cortés y asistir a la ópera de Fachinacho, ese hombre empeñado en demostrar que el kitsch también puede cometer crímenes contra la humanidad.
Todo esto habría hecho las delicias de Valle-Inclán. España sigue siendo ese país esperpéntico donde los políticos confunden la historia con un desfile de carnaval y la diplomacia con una pelea de barra de bar. Un país donde una presidenta autonómica viaja al extranjero para reivindicar a un conquistador sanguinario mientras discute sobre consonantes indígenas con la misma pasión con la que otros discuten sobre el fuera de juego.
Al final, el verdadero misterio arqueológico no es la tumba de Alejandro Magno, sino el expediente académico de Isabel Díaz Ayuso. Ese documento legendario del que todo el mundo habla pero que nadie ha visto jamás. Quizá permanezca oculto en una cámara secreta junto al Santo Grial, el arca perdida y los apuntes de historia de Fachinacho.
Mientras aparece, convendría recordar algo elemental: México se escribe con equis porque así lo decidieron la historia, la lengua y los propios mexicanos. Lo demás son fantasías imperiales de gente que sigue creyendo que la conquista de América fue una mezcla de catequesis, zarzuela y reparto de bocadillos de calamares. Y quizá por eso el viaje de Ayuso ha provocado tanta hilaridad en México: porque contemplar a una dirigente española defendiendo a Hernán Cortés en pleno siglo XXI es como ver a alguien reivindicar con orgullo la peste bubónica o el cólera. Uno no sabe si reírse o llamar a un historiador.
















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Todos los males de México provienen de que no lograron impedir hace 500 años la inmigración ilegal de los españoles, la mayoría delincuentes ávidos de riquezas, que alteraron abrupta y criminalmente el pacífico desarrollo del pueblo mexica.
Mejor les hubiera ido con los ingleses, como lo demuestra la situación actual de EE.UU., Canadá, Australia y Nueva Zelanda, donde se desarrolló una política totalmente distinta respecto a los nativos y actualmente los niveles de vida son mucho más elevados y la presencia internacional de esos países y de su idioma más rotunda e imprescindible.
México precisa una intervención de EE.UU. como la de 1846 que incorporó a la Unión los territorios de los actuales estados de Texas, California, Arizona, Nuevo México, Utah y Colorado. Comparen la situación de esos estados hoy en día y la que tendrían de continuar perteneciendo a México, con pobreza, atraso cultural y narcotráfico.
La comparación entre los territorios colonizados por los ingleses y aquellos que cayeron bajo el dominio español y portugués debería causarnos vergüenza. Hay que reconocer que los ingleses los hicieron mucho mejor.
Eso, tu dale ideas a Trump … Es broma jejeje. Muy interesantes tus comentarios.