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Javier Bardón analiza el fariseísmo global: dictaduras sancionadas o blanqueadas según intereses, con geopolítica donde el negocio pesa más que los derechos.
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- Javier Bardón es profesor de Psicología Social, escritor y peatón»
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Por razones laborales, antes viajaba a muchos países. Sin lugar a duda, el más extraño de todos los que visité fue Arabia Saudí. Ya en el avión a Yeda compartí fila con un bigardo de dos metros por uno por medio —medidas bastante literales— vestido con un ihram, la prenda blanca a modo de túnica que usan los hombres en su peregrinación a La Meca. Se pasó todo el vuelo repitiendo versículos del Corán a media voz. Cuando tocamos tierra, me sonrió y agasajó con un Salam Aleikum. En sus ojos había una profunda emoción; probablemente aquel era el viaje de su vida.
Sugestionado como venía, no me hizo nada bien pasar por debajo de un cartel de aduanas que advertía: «Drug traffickers face death penalty», seguido de una serie de delitos que implicaban la pena capital. Recordé la manida leyenda urbana y no pude evitar pensar: «¿y si alguien metiera droga en mi maleta y me acusara luego de narcotraficante?». En seguida deseché la idea: para eso alguien tendría que querer quitarme de en medio y yo allí no tenía enemigos.
A la salida del aeropuerto me esperaba un colega para llevarme al hotel. Cuando íbamos por la autopista camino de la ciudad, un deportivo amarillo nos quitó las pegatinas. Le pregunté a mi colega si no había límite de velocidad. La respuesta me dejó estupefacto: «Sí, sí que lo hay, pero a los príncipes no les aplica». Luego me enteré de que allí consideran príncipe a todo aquel que desciende del rey Abdulaziz ibn Saud, que tuvo setenta hijos —siete cero— hasta que murió en el año 1953. Esos setenta hijos tuvieron otros setenta hijos y estos otros setenta, de modo que ahora hay miles de príncipes a los que no les aplica ley, salvo que exista una motivación política interna para eliminarlos, ejecutarlos. En ese caso, se les acusa de delitos vagos y elásticos, manteniendo la apariencia de legalidad: corrupción, blasfemia, amenaza al orden islámico y, por supuesto, tráfico de drogas.
Pienso en todo esto por la concurrencia de dos eventos aparentemente inconexos, aunque reveladores de las lógicas del mundo actual. Por un lado, la celebración de la Supercopa de fútbol en el país de los jeques; por otro, la detención de Nicolás Maduro en Venezuela, acusado de facilitar el tráfico de cocaína hacia los Estados Unidos. ¿Van atando cabos?
No se trata aquí de medir el sufrimiento causado por una u otra dictadura. pues no es materia sujeta al veredicto de una pipeta, si bien sospecho que una mitad de la población lo tendría bastante claro, pero en su día me resultó entrañable ver a ciertos personajes testosterónicos defender la «obligación moral de transformar las cosas desde dentro», obligación que casualmente conjugaba en género y número con la de su cuenta bancaria. Sportswashing le llaman a esa pingüe colaboración público-privada.
No puedo negar que a estas alturas de la vida a uno ya no le sorprende el fariseísmo de la política actual, ese que critica la paja del ojo ajeno obviando la viga en el propio y, sin embargo, no quiero cansarme de señalarlo, so pena de acabar aceptando no solo que hay dictaduras buenas y malas, sino que son buenas o malas en función de si son provechosas o improductivas. A unas se las sanciona y se las cita a conveniencia; a otras se las visita en comitiva para hacer negocios.
Arabia Saudí no es una excepción incómoda en el tablero global; Venezuela tampoco. Son el resultado de que el derecho internacional se parezca cada vez más a un contrato mercantil. Quizá por eso el verdadero escándalo no es que Maduro acabe esposado mientras los príncipes saudíes nos saludan desde un palco por la televisión, sino que a nadie le sorprenda la farsa, y es que, cuando la geopolítica depende de filias y fobias, o del crudo parné, el bien y el mal se relativizan y pasa a operar la ley del más fuerte.
«Pero… ¿acaso no condenas la dictadura de Nicolás Maduro?», preguntarán los de siempre, los custodios de la moral ajena. ¡Claro que sí, maldita sea! Condeno la dictadura chavista, el atentado de Hamás del 7 de octubre, el comunismo bolchevique, el estalinista, el maoísta y el africano, la invasión de la península ibérica por parte de romanos y musulmanes, y hasta el cisma religioso de Akenatón, que impuso el monoteísmo solar a sangre y fuego milenio y medio antes de Cristo. ¡Condeno todos los actos de inhumanidad e injusticia por los siglos de los siglos! ¿Puedo ya entonces hablar de las atrocidades cometidas por el monstruo naranja y sus aliados occidentales? Gracias.


















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