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La indiferencia ante el sufrimiento humano y la negación climática avanzan juntas, normalizando la exclusión y vaciando de sentido la defensa del planeta y lo común.
Durante años se dio un consenso —aunque imperfecto y siempre insuficiente— sobre la necesidad de cuidar el planeta que nos acoge. Muchos asumían, con mayor o menor compromiso, que el deterioro ambiental nos afecta a todos, que la calidad de nuestra vida depende de la salud de la Tierra.
Ese mínimo acuerdo social se ha ido erosionando. Y no ha sido por casualidad: ha sido una consecuencia directa de la irrupción de la ultraderecha en el discurso político y cultural, una fuerza que no solo ha cuestionado la ciencia climática, sino que ahora avanza decididamente en deshumanizar la propia idea de humanidad.
Primero se atacó el consenso sobre el medio ambiente. El cambio climático fue convertido en un invento, una exageración, una molestia para el crecimiento económico o una obsesión de élites supuestamente desconectadas de la realidad. Defender el planeta dejó de ser una responsabilidad compartida para convertirse en una posición ideológica más. Pero ese ataque no era un fin en sí mismo. Era el primer paso para algo más profundo y peligroso: erosionar la idea de que existe un interés común, de que hay bienes —y vidas— que deben protegerse por encima del beneficio inmediato.
Cuando se rompe el consenso sobre el valor del planeta, lo siguiente es romper el consenso sobre el valor de quienes lo habitan.
Lo que está ocurriendo estos días lo ilustra con una crudeza difícil de ignorar. En Badalona, dos personas han muerto de frío tras ser desalojadas de un instituto abandonado donde se refugiaban. No murieron por una fuerza inevitable de la naturaleza, sino por decisiones políticas y administrativas que priorizan el orden, la imagen o la norma sobre la vida. Son muertes que apenas generan reacción porque encajan en un marco cultural que ya ha asumido que hay personas prescindibles, vidas que pueden perderse sin que nada esencial se vea alterado.
Ese mismo marco explica por qué historias como la del hombre que limpió zapatos durante treinta años en el Hotel Palace y terminó en la calle apenas provocan reflexión colectiva. Una vida entera de trabajo ya no garantiza dignidad ni protección. La ultraderecha no solo cuestiona derechos sociales; cuestiona la idea misma de responsabilidad colectiva, la noción de que una sociedad tiene obligaciones con quienes la han sostenido. El mensaje es brutalmente simple: vales mientras produces. Después, sobras.
La deshumanización no se detiene en lo local. En Venezuela, durante la operación militar estadounidense que culminó con la captura de Nicolás Maduro, los bombardeos provocaron la muerte de decenas de personas, entre ellas civiles que estaban en la calle o con sus familias.
Mientras esas muertes quedaban reducidas a cifras imprecisas, buena parte de la atención internacional se concentraba en la imagen del líder capturado, convertida en un trofeo político. La escena es reveladora: el espectáculo del poder eclipsando vidas humanas concretas que desaparecen sin duelo ni memoria. No se trata solo de indiferencia, sino de una inversión profunda de prioridades morales. Se acepta que unas vidas importan más que otras; se normaliza que ciertos sufrimientos no merezcan atención; y se acaba justificando la violencia —social, institucional o militar— como un daño colateral asumible.
Ese desplazamiento no surge de la nada: es el resultado de discursos que han ido erosionando la empatía, presentando la compasión como debilidad y la protección de los vulnerables como un error.
Aquí es donde la relación entre medio ambiente y humanidad se vuelve evidente. La ultraderecha niega la crisis climática del mismo modo que niega la interdependencia humana. Niega que nuestras acciones tengan consecuencias colectivas. Niega que exista una obligación moral de cuidar lo que es común, ya sean ecosistemas o personas. Todo se reduce a jerarquías, a fronteras, a quién merece ser protegido y quién puede ser descartado.
Además, la paradoja es evidente: quienes menos contribuyen a la destrucción del medio ambiente son quienes más sufren sus efectos. El deterioro ambiental golpea antes y con más fuerza a los pobres, a quienes viven en viviendas precarias, a quienes no pueden protegerse del frío extremo o del calor asfixiante, a quienes no tienen margen para escapar. La injusticia ambiental y la deshumanización social avanzan juntas, alimentándose mutuamente.
Por eso la pregunta “cómo va a importar el medio ambiente si ya no importan las personas” no plantea una disyuntiva, sino una advertencia. Cuando se pierde el consenso sobre el valor de la vida humana, el planeta se convierte en un simple recurso a explotar. Y cuando se trivializa la destrucción del entorno, se facilita también la trivialización del sufrimiento humano. Ambas cosas forman parte del mismo proyecto político y cultural.
Defender el medio ambiente hoy no puede separarse de defender la dignidad humana. Y defender la dignidad humana implica rechazar los discursos que normalizan la exclusión, la violencia y la indiferencia. Porque un planeta sin humanidad no es un futuro, es un paisaje vacío. Y una sociedad que acepta que algunas vidas no importan ya ha empezado a destruirlo todo, incluso antes de que suba la temperatura.

















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Excelente reflexión sobre el hombre y su entorno, en ese orden.
La reflexión que hace Nogués me parece interesante. Llevo tiempo comprobando como en nuestra ciudad aumenta la pobreza, la que es visible en la calle, porque la que hay dentro de las casas… ¡es otro mundo! El caso es que, si lo visible, el Ayto. no sabe cómo ejecutar medidas para que disminuya (no quiero ni pensar que hacieran algo similar a lo que hizo el alcalde Badalona) ¡de qué vale tanto triunfalismo de Piquet y su entorno? Lástima que esa faceta tenga tan poco valor para cierta parte de la sociedad (eso si, el Ayto. fomenta parafernalias con actos religiosos, como si toda la ciudad lo aprobase). En cuanto al medio ambiente… si nos preocupa lo que vemos directamente… ¿nos vamos a implicar en algo tan «etéreo»?