- Un viaje en Cercanías en Nochebuena revela contradicciones morales, nuevas familias elegidas y una España diversa que incomoda a quienes temen la convivencia.
Esta reciente Noche Buena, decidí ir en el ‘cercanías’ a Madrid, para la cena familiar; como siempre que viajo en transporte público, ya sea en la antigua ‘Conti’ o en el tren, los trayectos a Atocha o a la Avenida de América se convierten, para mí, en verdaderas lecciones de realidad y de vida; hay más de un poema, algún relato o algunos buenos fragmentos de algunas de mis novelas que proceden de esos viajes.
Esta vez, han sido varias las enseñanzas que he recibido. La primera es que, repasando las últimas noticias en el móvil, mientras esperaba la llegada del convoy, reparé en que los mismos que se aprestaban a celebrar el nacimiento de un niño inmigrante en un pesebre, ante el frío desprecio de los vecinos de un pueblo perdido de la vieja Palestina, niño que, años después, convertido en hombre, iba a morir, de mano de los poderosos de su tiempo, por la defensa y la dignidad de los más pobres y más desgraciados y agobiados de la Historia, esos mismos aplaudían la decisión de un alcalde bestia parda (nunca mejor dicho) de un pueblo de la periferia barcelonesa que había arrojado al frío y a la intemperie de las calles, la víspera de la celebración del nacimiento de ese niño inmigrante, hace dos mil veintitantos años, a más de una decena de familias pobres inmigrantes, sin tener en cuenta que, seguramente, entre ellas iba un niño o una niña que, acaso, morirá, de mayor, por la defensa y la dignidad, también, de los más pobres y más desgraciados y agobiados, cuya expulsión a la calle, por decisión de una bestia parda (nunca mejor dicho) de alcalde de la periferia barcelonesa, en pleno invierno, el año 2025, será recordada, quizás, al mismo tiempo que la expulsión, al frío de la noche invernal, de los padres migrantes de aquel otro niño palestino, nacido en un pesebre de una perdida aldea palestina.
Cómo son las cosas, ¿no? Los mismos que se aprestaban a celebrar el nacimiento de un inmigrante entre la mierda de mulas y vacas, hace poco más de dos mil años, en un destartalado pesebre, arrojaban a la calle o aplaudían esa expulsión a la intemperie de las calles invernales de cientos de personas, o se mostraban impasibles ante el genocidio de decenas de miles de niños palestinos en las ciudades cercanas a la que vio nacer a aquel otro niño palestino, hace dos mil veintitantos años.
Otra cosa de la que me di cuenta, ya dentro del vagón, era que un montón de jóvenes con bolsas llenas de bebidas y de pequeños regalos se dirigían a celebrar la noche con otros jóvenes, amigos suyos, a los que seguramente consideraban sus verdaderas familias. Esto es, esos jóvenes habían elegido, para celebrar esa ‘noche familiar’, a sus propias familias, en compensación, quizás, de unas familias biológicas y formales, que consideraban perdidas o inexistentes de facto.
En nuestro mundo, me dije, está claro que la vieja familia impuesta por la biología y la costumbre está en trance de ser sustituida, cuando no lo ha sido ya, por las múltiples y variadas formas que pueden adoptar las nuevas familias (no biológicas), caracterizadas por la libre elección y la ligazón voluntaria de mutuos afectos compartidos. Y consideré, por contra, frente a la alegría de esos jóvenes, la tristeza que presidiría muchas cenas navideñas de familias formales y biológicas obligadas por la costumbre a pasar el trago amargo de los saludos protocolarios, con las rencillas y las cuentas atrasadas acumuladas y, en el mejor de los casos, con la pesada e hiriente obligación de soportar la conversación de unos cuñados tan bestias pardas, como ese alcalde de la periferia barcelonesa.
Finalmente, por ir cerrando estas reflexiones tomadas a vuelapluma, algo que me llevó a considerar la verdadera naturaleza de la Europa y la España actuales, tan diferentes de la Europa y la España en las que yo nací y me crie, es que, en un momento dado, yo era la única persona blanca que iba en el vagón, aunque tomadas las subidas y bajadas de viajeros entre Alcalá y Atocha, es cierto que no fui la única en todo el trayecto, aunque nunca sobrepasamos, las personas blancas, el diez por ciento de los viajeros, una constatación que, lejos de inquietarme, me llenó de alegría, considerando la riqueza de lenguas, de visiones del mundo y de culturas distintas que íbamos juntas, compartiendo dirección y destinos, simbolizado todo, de modo maravilloso, en el conjunto de unas jóvenes adolescentes que se subieron en Coslada, llenas de esa vida limpia e inocente que solo las niñas adolescentes expresan y encarnan, mirándose, coquetas en el oscuro espejo de los cristales de las puertas del vagón, hablando de la tarde noche que las esperaba y de los chicos con los que habían quedado en El Pozo, cada una de un color y procedencia distintas, una de ellas con su hiyab, ajustándoselo al óvalo de su rostro, más coqueta y orgullosa de su hermosura, acaso, que las otras, y que, en un momento dado les dice… “Jooo, tías, yo es que estoy por…”
Y, con una sonrisa en mis labios, pienso: ¡Qué maravillosa riqueza, qué inmensa suerte haberla podido conocer y vivir!… Yo, un niño, que solo había visto personas negras y con chilaba e hiyab en las películas, y que vio la primera persona negra real en su barrio, en Madrid, a los doce o trece años… ¡Cómo puede ser que esta maravilla de España, tan rica y diversa, le dé miedo a toda esa caterva de bestias pardas que dicen que van a celebrar el nacimiento de un niño palestino de hace poco más de dos mil años, arrojado a la intemperie invernal de un pesebre por gentes tan duras de corazón y tan miedosas, justamente, como ellas!…
- Matías Escalera Cordero, profesor, activista social y escritor firma este relato de Navidad.

















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Jesús no era palestino ni inmigrante. Era judío, antepasado de los actuales judíos entre los que habrá algún lejano pariente suyo, y vivía en su país, en su nación, la judía, en aquellos tiempos invadida por el Imperio Romano. Lo condenaron a muerte sus compatriotas por motivos políticos ejecutando la sentencia las autoridades romanas, pues eran las que eran competentes para ello.
Aquello que sucedió no tuvo ninguna relación con ningún dios, que ninguno existe, sino con las disputas entre poderes políticos y económicos.
El cuento de cómo nació Jesucristo es un invento de los que inventaron una religión, por cierto, profundamente judía.
Las religiones son medios de control social y de sometimiento económico. También, históricamente, de sometimiento de la mujer.
Lo que ahora se presenta como diversidad es manipulación del capitalismo que así cuenta, con la ayuda de personas con más arraigadas costumbres de obediencia a la autoridad política y religiosa, con poderosas herramientas, supuestamente de concesión divina, para mantener al pueblo en la pobreza.
El hiyad es una muestra exterior de sometimiento, como lo eran las mantillas que cubrían las cabezas de las mujeres en las iglesias, como lo era la separación por sexos ¿Queremos volver a lo mismo?
Unas puntualizaciones que pienso son importantes para las personas que continúen siendo verdaderamente de izquierdas.
Esos jóvenes con bolsas llenas de bebidas van a hacer «botellón», a embrutecerse consumiendo alcohol, algo que viene muy bien a los explotadores capitalistas, siempre fomentadores de las dependencias de la clase obrera de todo tipo de drogas para anular su espíritu de lucha e inducir abulia.
Frecuento el transporte público. Nunca he visto que haya minoría de personas blancas. Sí he visto muchas personas de los distintos países centro y sudamericanos, así como marroquíes, que étnicamente son blancos. Considerar lo contrario muestra un sorprendente sesgo racista.
La globalización y el cosmopolitismo son armas del capitalismo para borrar identidades, entre ellas la de clase, para mejor sometimiento a los intereses económicos de élites internacionales apoyadas por vasallos nacionales.
Hay varias dependencias que hay que erradicar del ser humano: de las drogas, de la religión (otra droga, «el opio del pueblo» ¿recuerdan?, y de considerar infalible a cualquier autoridad, sea esta intelectual, moral, ética, religiosa, política, cultural, etc.