¿Leire Díez, la “charo” que sabía demasiado? | Por Pedro Enrique Andarelli

Las libretas manuscritas de Leire Díez han pasado de ser una curiosidad mediática a convertirse en una de las piezas más comentadas del actual panorama político y judicial. A partir del debate emitido en Malas Lenguas Noche de La 2, esta tribuna reflexiona sobre el perfil de la exasesora socialista, el contenido de sus cuadernos y la facilidad con la que el debate público recurre a la descalificación personal para evitar afrontar preguntas incómodas.

Leire Díez durante una comparecencia pública antes de la polémica.
  • Reducir a Leire Díez a una caricatura impide analizar el verdadero alcance de unas libretas que siguen generando preguntas.
Pedro EnrIque Andarelli, Director de ALCALÁ HOY

El pasado sábado 13 de junio, en Malas Lenguas Noche de La 2, se vivió uno de esos debates que trascienden el habitual ruido mediático. El asunto: las libretas manuscritas de Leire Díez, la exasesora del PSOE investigada en el caso que algunos ya denominan “las cloacas de Ferraz”. Y lo más interesante no fue la consabida trifulca entre tertulianos, sino la evidencia que emergió con nitidez: Leire Díez no es la “charo” oportunista que algunos han querido pintar. Es, por el contrario, una mujer con acceso a determinadas fuentes de información, capacidad de análisis y, sobre todo, una agenda que refleja un conocimiento profundo de los entramados de poder.

Leire Díez causó baja voluntaria en el PSOE el 3 de junio de 2025. Hasta entonces militante socialista y exdirectiva de empresas públicas, su trayectoria inicial estaba marcada por un interés en desvelar las cloacas del PP: la Operación Kitchen, la policía patriótica y las tramas parapoliciales de la época de Mariano Rajoy. Ella misma y sus colaboradores han insistido en que su trabajo partía de una investigación periodística sobre esas supuestas irregularidades del anterior Gobierno. Sin embargo, las libretas y el sumario judicial han puesto el foco en otra dirección: anotaciones y acciones que, según la UCO, apuntarían a proteger ahora intereses del PSOE y su entorno.

Este contraste resulta revelador. De buscar las cloacas ajenas a verse envuelta en las propias. De investigadora a investigada.

El programa, conducido por Jesús Cintora, centró buena parte de su emisión en el contenido de esas libretas incautadas por la UCO. María Espínola fue especialmente precisa al desgranar las anotaciones: nombres de políticos, periodistas, empresarios, referencias a reuniones y operaciones que van más allá de meros cotilleos. No se trata de una agenda de bolsillo con recordatorios triviales. Son cuadernos llenos de detalles, conexiones y reflexiones que denotan método y constancia.

David Fernández fue uno de los que mejor lo expresó: hay anotaciones concretas, como la que relaciona “Ultrasur” con una empresa de hidrocarburos, que merecen ser investigadas con seriedad y no despachadas con ligereza. Esa intervención fue clave porque rompió la tentación de reducir todo a caricatura. Leire anotaba. Mucho. Y anotaba cuestiones que, de confirmarse, tendrían relevancia judicial y política real.

Desde el otro lado, Manuel Rico advertía con razón que existe el riesgo de mezclar hechos con meras suposiciones y ponerlo todo al mismo nivel. Es una observación pertinente y necesaria en cualquier Estado de Derecho. Sin embargo, esa cautela no puede servir de coartada para minusvalorar a la persona que generó esas anotaciones. Ahí radica el núcleo de esta tribuna: Leire Díez es mucho más que una “charo”.

Quien ha seguido el caso sabe que ella misma ha defendido que estaba recopilando material para escribir un libro sobre las cloacas del Estado. Las libretas parecen corroborar que no era una simple pose. Una persona frívola no acumula durante años ese volumen de datos, nombres y contextos. Una “charo” no dedica tanto tiempo a documentar reuniones, conversaciones y conexiones. Da igual que algunos se empeñen en relativizar referencias especialmente sensibles que aparecen en los cuadernos. El simple hecho de que determinadas iniciales, nombres o encuentros figuren reflejados en ellos revela que la autora los consideraba relevantes dentro de su investigación.

Conviene recordar además que el término “charo” no es una categoría política ni periodística. Es una etiqueta despectiva utilizada para ridiculizar a determinadas mujeres por su edad, apariencia o afinidades ideológicas. Convertir ese estereotipo en argumento equivale a sustituir el análisis por el prejuicio. Y cuando el prejuicio entra por la puerta, la verdad suele salir por la ventana.

En el debate del sábado quedó claro que las libretas no son un mero cuaderno de bitácora personal. Contienen trazas de una red de contactos que abarca diferentes partidos, medios y sectores económicos. Sarah Santaolalla recordó que aparecen nombres de todos los colores políticos, lo cual complica la narrativa simplista de que esto es solo una operación contra el PSOE. Es, más bien, un retrato incómodo de cómo funciona realmente el poder en España.

Jesús Cintora lo resumió con una pregunta incómoda: “¿Cuadernos que son bombas de relojería o hay mucho farol y poca realidad?”. La respuesta, como casi siempre en estos casos, probablemente se encuentre en algún punto intermedio. Puede haber exageraciones, interpretaciones o simples hipótesis personales. Pero también puede haber datos relevantes que merezcan ser contrastados. Y esa es precisamente la cuestión.

Esto no significa defender la inocencia de Leire Díez ni avalar todas sus acciones. Significa exigir rigor. Significa rechazar la tentación de descalificar al mensajero para no tener que analizar el mensaje. Porque si las libretas contienen información veraz, por muy incómoda que resulte para unos u otros, lo que procede es investigarla hasta el final, sin prejuicios partidistas. Y el contraste entre su supuesta cruzada inicial contra las cloacas del PP y su actual implicación en las presuntas cloacas del PSOE invita a reflexionar sobre la hipocresía de un sistema donde todos denuncian las alcantarillas… hasta que les toca nadar en las propias.

Actualmente, el procedimiento judicial se encuentra en fase de instrucción en la Audiencia Nacional, bajo la dirección del juez Santiago Pedraz. Tras el levantamiento parcial del secreto de sumario a principios de junio de 2026, Leire Díez figura como investigada junto a otros implicados por presuntos delitos relacionados con la trama analizada por los investigadores. Todavía no hay juicio ni sentencia. No sabemos si terminará siendo condenada, absuelta o testigo protegido, o si el procedimiento acabará revelando una realidad distinta de la que hoy imaginan unos y otros. Lo que sí sabemos es que reducirla a la categoría de “charo” constituye un error de análisis y, sobre todo, una falta de respeto a la inteligencia de los ciudadanos.

Porque las libretas existen. Contienen nombres, datos, conexiones, sospechas y líneas de investigación que deberán ser verificadas o descartadas. Pero, al menos, revelan algo indiscutible: quien las escribió dedicó años a recopilar información sobre los entresijos del poder político, económico y mediático español.

En un país donde la polarización ha convertido casi cualquier debate en una trinchera, el caso Leire Díez vuelve a poner sobre la mesa una cuestión esencial: ¿estamos dispuestos a aceptar que alguien a quien se tacha de “charo” pueda tener en sus manos piezas importantes del puzle? ¿O seguiremos aplicando el viejo truco de desprestigiar a la persona para evitar discutir las ideas y los hechos?

Las intervenciones de María Espínola y David Fernández en Malas Lenguas ayudaron a elevar el nivel del debate. Mostraron que, más allá de la bronca habitual, hay datos, hay nombres y hay preguntas que merecen respuesta. Leire Díez, con sus libretas, ha pasado de ser un personaje secundario a convertirse en un elemento central de una historia que todavía está por escribirse.

Quizá el verdadero escándalo no sea que Leire Díez escribiera aquellas libretas. Quizá el escándalo sea que una parte del debate público prefiera discutir quién las escribió antes que averiguar si lo que contienen es cierto. España necesita menos descalificaciones fáciles y más investigación seria. Las libretas de Leire Díez, y el debate que generaron el pasado sábado, son un buen punto de partida para recordarlo.

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