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Bardón convierte la actualidad política madrileña en un serial televisivo cargado de ironía, personajes recurrentes y preguntas todavía sin respuesta.
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- Javier Bardón es profesor de Psicología Social, escritor y peatón»
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Enganchado al culebrón del verano, aunque no lo echen por todas las teles, le pregunté a un amigo guionista cuánto costaba una de esas interminables telenovelas de sobremesa. Según me dijo, cada capítulo venía a costar, grosso modo, entre cincuenta y cien mil euros, dependiendo, como todo en esta vida, de las calidades.
Echando cuentas pensé que el serial de nuestra presidenta nos estaba saliendo hasta barato, localizaciones incluidas, a base de acumular episodios. Si no fíjense en lo que ya llevamos de historia:
La saga empezó allá por 2011 con un negocio familiar, muy al estilo Falcon Crest. El patriarca del clan, agobiado por las deudas, pidió un crédito a un banco con el aval de una empresa semipública. Las garantías eran una nave industrial en Sotillo de la Adrada, pueblo abulense evacuado por los recientes incendios —y que en capítulos ulteriores desataría las lágrimas de la protagonista—, y un piso en propiedad en el muy madrileño barrio de Chamberí.
Muy oportunamente, dos meses antes de que empezasen a girarles los recibos, el matrimonio donó a su hija la nuda propiedad del inmueble quedándose solo con el usufructo. No llegaron a pagar ni la primera letra. La empresa avalista intentó enajenar la nave industrial, pero tenía ciertos problemillas urbanísticos que complicaron su venta. El piso, obviamente, tampoco pudo ser embargado, pues ya no era propiedad de la pareja.
Por aquel entonces nuestra protagonista era apenas una asesora de comunicación de Esperanza Aguirre; suficiente para maniobrar con Avalmadrid —se filtraron varios correos suyos sobre el asunto—, pero no para condonarles la deuda, que acabamos pagando los madrileños a escote.
El padre murió sin ver (permítanme el modismo) campeonar a su vástaga, y la madre usufructuó de por vida el piso de Chamberí, sin saber que años después la propia CAM acabaría comprando, a la chita callando, el aticazo del portal de enfrente. Las típicas casualidades de la ficción.
Pero no adelantemos acontecimientos, que en aquellos años aún se sucedieron jugosas tramas intermedias. Isabel, que no destacaba precisamente por su expediente académico, gozaba sin embargo de las meritocráticas cualidades con las que medrar en la capital: amigos y una cara bonita. Para sorpresa de muchos, un tal Pablo Casado, al que luego los guionistas harían desaparecer de un día para otro, la eligió para sustituir a la cremada Cifuentes. Era la época en la que, en política, las caras jóvenes de Alberes, Pablos e Íñigos cotizaban al alza.
Los comienzos, como en toda telenovela que se precie, fueron difíciles. En sus primeras elecciones, Isabel apenas rascó el veinte por ciento de los votos, lejos del PSOE, el partido ganador. Pudo haber aprovechado la ocasión para reivindicar el mantra de su partido, aquello de que gobierne la lista más votada, pero prefirió formar gobierno con un Ciudadanos que por entonces le pisaba los talones.
Fue ahí cuando empezó a salir en la caja tonta. Donde muchos veíamos a una política poco preparada, errática, de verbo desprolijo, rayando en lo chabacano, otros veían a una persona cercana, espontánea, imperfecta, con la lágrima fácil y margen de crecimiento… Las típicas virtudes que enamoran a los fans de las telenovelas.
El serial empieza a ganar en actores secundarios con la irrupción del hermano, el amigo de la infancia y el novio, empresarios todos de éxito, a fuerza de hincharse a vender mascarillas cuatro o cinco veces por encima del precio de compra. Algunos recordamos aún la mítica escena pandemioapolíptica de la presidenta posando sonriente con un avión chino detrás. El business es el business y lo demás comunismo abyecto, ya saben.
La trama da un giro monumental cuando el novio —que antes de conocerla era un técnico sanitario, recién divorciado y residente en un barrio modesto de Madrid— decide evadir los impuestos de la comisión de las mascarillas y comprarse un Maserati y un piso en el barrio de mocedad de su chica. En un derroche de creatividad dadaísta, los guionistas acaban cargándole el mochuelo nada menos que al fiscal general del Estado, que pasaba por ahí. Desde el final de Los ricos también lloran no se había visto nada tan ingenioso.
Como en el milagro de los panes y los peces, al piso, un sexto, le sumaron el ático de la planta superior, casualmente propiedad de su asesor fiscal, casualmente amigo de Fernando Camino, un directivo de Quirón, empresa con la que trajinan novio y novia, que finalmente acabaría vendiéndoselo. Todo presuntamente legal.
Les confieso que fue justo ahí, con la historia del Fiscal, cuando me desenganché de la serie —no me gusta que los guionistas me tomen el pelo—, pero en estos últimos días he vuelto al bol de palomitas porque reconozco que los últimos capítulos están que arden (perdón por el humor negro) y tengo ganas de saber cómo se resuelven las preguntas que aún crepitan en el aire: ¿Cuánto nos costó el ático? ¿Es mera coincidencia que estuviera justo frente a la casa donde vive su madre, es decir, su casa? ¿Se mudará a trabajar allí la protagonista, aunque no cuente con licencia de oficina? ¿Romperá con el guaperas devenido en empresario después de que este publicara el antiguo ático en un conocido portal inmobiliario o simplemente lo hizo porque pensaban mudarse allí? ¿Se atreverá alguien del partido a criticarla o seguirán con la omertá para que no les hagan un Pablo Casado? ¿Sacarán los medios de la derecha alguna reseña del asunto o preferirán seguir con la serie de ficción de la mujer del Perro?
Parafraseando a cierto gurú televisivo: el que pueda (y quiera) ver, que vea.
















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